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Benitín conquista El Salvador

Benitín nos hacía reír porque su fachada terminaba por desmoronarse. La diferencia es que, en la vida real, cuando el relato cae, no hay carcajadas: hay pacientes esperando, cirugías postergadas y familias ajustando su presupuesto para sobrevivir.

Todos los domingos esperaba con ansias el periódico. No existían redes sociales y la televisión ofrecía una programación infantil limitada, así que mi ventana al entretenimiento eran las caricaturas. Entre ellas estaba Benitín y Eneas. Confieso que muchas veces no lo entendía; probablemente no estaba dirigido a alguien de mi edad. Con el tiempo comprendí que el humor no era ingenuo. En buen salvadoreño, Benitín era “fechento”: aparentaba lo que no era, imitaba el estilo de quienes tenían mayor estatus y se vestía —literal y simbólicamente— con ropas que no le pertenecían.

Benitín no era rico; era aspiracional. Vivía del relato. Su identidad descansaba en parecer, no en ser. Y Eneas, su contraparte, representaba ese escepticismo incómodo que aterriza la fantasía.

Hoy, décadas después, pareciera que Benitín dejó la viñeta y conquistó el país. Vivimos inundados de “influencers” que exhiben estilos de vida inaccesibles para la mayoría. El problema no es aspirar, sino cuando el relato sustituye al dato.

Según la CEPAL, más del 50% de los salvadoreños vive en condiciones de pobreza multidimensional, reflejo de privaciones simultáneas en educación, vivienda, empleo y servicios básicos. A esto se suma que, de acuerdo con el Banco Mundial, alrededor del 9% de la población vive en pobreza extrema. Esa es la base material del país real. Sin embargo, el discurso dominante insiste en que somos el país más seguro del mundo, el de mayor crecimiento o el que posee el mejor sistema de salud. Como se dijo en una sesión plenaria: dato mata relato.

Me detendré en salud, porque es mi área de competencia. ¿Somos el país con el mejor sistema sanitario del mundo? Indicadores globales como el Índice de Progreso Social ubican a El Salvador en posiciones intermedias (alrededor del puesto 60–70 a nivel mundial), lejos de los estándares más altos en bienestar.

¿Y en términos estructurales? El país invierte aproximadamente entre 6% y 7% de su PIB en salud, según el Banco Mundial, por debajo de sistemas más robustos de la región. En cuanto a disponibilidad de recurso humano, El Salvador cuenta con cerca de 1.6 a 1.8 médicos por cada 1,000 habitantes, una densidad inferior a la recomendada por la OPS para garantizar cobertura adecuada. Estos no son relatos; son límites objetivos.

La narrativa triunfalista contrasta con la experiencia cotidiana: tiempos de espera para consulta con especialistas que pueden extenderse entre seis y doce meses, rezagos quirúrgicos acumulados y reportes recurrentes de desabastecimiento de medicamentos esenciales, documentados en sistemas regionales de monitoreo. La brecha entre discurso y realidad no es ideológica; es operativa.

¿Es un problema de presupuesto? El Ministerio de Hacienda ha reflejado históricamente desafíos en la ejecución del gasto en salud. Esto convive con atrasos en pagos a proveedores y personal sanitario, mientras se anuncian nuevos préstamos para fortalecer la red hospitalaria. La pregunta técnica es inevitable: ¿faltan recursos o falla la gestión?

¿Falta personal? Informes del BID y la OPS advierten sobre la migración de talento humano en salud en América Latina, fenómeno que también impacta a El Salvador. A ello se suman decisiones institucionales que han afectado la estabilidad laboral del personal, en paralelo a contrataciones que no siempre corrigen los cuellos de botella del sistema.

Probablemente, a pocos meses de elecciones, veremos inauguraciones con la pompa necesaria. Volveremos a escuchar que somos ejemplo mundial, quizá galáctico. Pero un sistema de salud no se mide por discursos, ni por inauguraciones, ni por renders: se mide en tiempos de espera, en cobertura efectiva, en acceso real y en desenlaces clínicos.

Benitín nos hacía reír porque su fachada terminaba por desmoronarse. La diferencia es que, en la vida real, cuando el relato cae, no hay carcajadas: hay pacientes esperando, cirugías postergadas y familias ajustando su presupuesto para sobrevivir.

Y entonces la pregunta ya no es si creemos el relato.

La pregunta es más incómoda: ¿cuánto tiempo más estamos dispuestos a vivir en un país que prefiere parecer antes que ser?

Tesorero Colegio Médico de El Salvador.

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