Haga el ejercicio de recordar los hábitos que le enseñaron en su infancia.
El domingo pasado visité Juayúa y, mientras esperaba la comida en un restaurante, presencié una escena que duró apenas 45 segundos. Pero esos 45 segundos dijeron mucho más que muchos discursos. En estos tiempos de prisa, en los que todo sucede a gran velocidad, 45 segundos parecen una eternidad.
Entró al restaurante un grupo de cinco adultos, entre cuarenta y cincuenta años, y una señora mayor de unos setenta años. Conversaban con naturalidad. El camarero se adelantó y les indicó tres zonas donde había mesas para seis personas. El grupo permaneció junto a la señora mayor y guardó silencio. Ella observó los tres espacios y, tras unos instantes —los 45 segundos que dan título a este artículo—, indicó cuál prefería. Nadie la interrumpió. Nadie mostró impaciencia. Permanecieron en silencio mientras decidía. No era un silencio incómodo. Era un silencio respetuoso. Cuando señaló el lugar, caminaron juntos hacia la mesa. Esperaron a que ella se sentara. Luego, uno a uno, ocuparon su lugar y retomaron la conversación con naturalidad.
En otra mesa cercana, estaba una familia de cuatro personas —padres alrededor de 45 años y dos jóvenes, varón y hembra, de unos 16 o 17 años—. Permanecieron más de veinte minutos, mientras esperaban la comida, absortos en sus pantallas. No conversaban. No se miraban. No había conflicto visible, pero tampoco interacción. Un silencio distinto, casi sepulcral. Ni siquiera cruzaban miradas.
Dos escenas. Dos maneras de convivir. Dos escalas de hábitos.
La primera familia eran personas sencillas. Sin embargo, mostraban orden, respeto, jerarquía natural y cohesión. Eso no se improvisa. Se aprende en casa desde jóvenes.
Si se preguntan: ¿de dónde nacen esas conductas? No dependen del nivel académico. No dependen del nivel económico. No dependen de modas. Dependen de hábitos incorporados desde hace años, pequeños hábitos que se construyen en la convivencia diaria y mediante el buen ejemplo.
La diferencia entre una sociedad ordenada y una sociedad improvisada no está en las leyes escritas, sino en las conductas observables.
Lo que vi en esos 45 segundos fue el resultado de que, hace años, alguien enseñó que se espera, que se respeta, que no se interrumpe y que primero se observa y luego se decide; que la jerarquía no es imposición, sino referencia. Esos hábitos permanecen. No hacen ruido, no salen en redes sociales, no generan aplausos, pero sostienen la sana convivencia.
Mientras tanto, en otros espacios, el hábito dominante era el bullicio y la distracción permanente, la inmediatez y el «yo primero». Y eso, repetido durante años, termina moldeando el carácter de las personas.
La verdadera transformación conductual no empieza con grandes reformas. Empieza con pequeños comportamientos repetidos miles de veces: con 45 segundos de silencio cuando corresponde; con esperar a que otro termine de hablar; con no sacar el teléfono en medio de la conversación; con asumir la responsabilidad del respeto mutuo. Lo que se repite se convierte en cultura. Y la cultura es la suma de nuestras conductas diarias.
Quizá deberíamos reflexionar más sobre esos pequeños gestos que parecen insignificantes. Porque en ellos se decide, silenciosamente, el tipo de sociedad que estamos construyendo. Tal vez el futuro no se juegue en grandes debates, sino en esos 45 segundos que elegimos respetar. Si quiere, haga una pausa de 45 segundos para sentir cuánto duran…
Si usted tiene hijos o nietos entre siete y catorce años, se encuentran en la etapa en la que se enseña y se aprende lo que servirá para toda la vida, porque no se olvida. Haga el ejercicio de recordar los hábitos que le enseñaron en su infancia, en esa ventana decisiva de los 4 a los 14 años, cuando el cerebro memoriza tanto los buenos hábitos como los menos buenos. Porque, al final, nos comportamos como nos enseñaron y aprendimos, pero lo bueno es que, si se quiere, se pueden adquirir nuevos hábitos.
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