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Vivir en Las Colinas: entre resistencia y recuerdos de una tragedia

Han pasado 25 años del terremoto que se llevó a su esposa y su casa. Ahora Juan Hernández pasa los días en una edificación de dos niveles que él mismo construyó, como desafiando a la historia.

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Juan Hernández conserva un ejemplar de la noticia que dio seguimiento a la problemática de los terrenos tras el deslizamiento que soterró a las viviendas. Foto EDH / Miguel Lemus

Es fin de semana y Juan Hernández se despierta temprano. Aunque no hay prisas, cumple una rutina que parece religiosa: sale por el periódico, camina entre los recuerdos de lo que alguna vez fue una colonia de pasajes bulliciosos y de paso se queda a escuchar misa. Al terminar, regresa a su lugar de residencia, no es solo su casa, según sostiene: es un acto de resistencia.

En la primera planta, los tonos grises y el olor a grasa dominan el ambiente. Es un taller donde varios carros esperan a ser atendidos por Juan. En el segundo nivel, una serie de cuartos se sostienen sobre una estructura metálica que él construyó. Habitaciones solitarias sobre los cimientos de lo que siempre fue su hogar.

Juan llegó aquí a mediados de los años ochenta junto a su esposa, María Teresa Gamero de Hernández. En ese momento el proyecto de la colonia Las Colinas era la promesa de un futuro tranquilo y con frescos vientos en las faldas de la Cordillera del Bálsamo.

Hoy la mayoría de los vecinos lo saludan al pasar, aunque casi ninguno es de los originarios. Le reconocen por ser el único que volvió luego de la tragedia. La mayoría de los que habitaban este pasaje aquella mañana de enero de 2001 ya no está. Algunos huyeron del trauma; otros; amigos y conocidos, más de 600, quedaron bajo la montaña.

Según algunas fotografías del archivo histórico de El Diario de Hoy se puede ver a Juan sobre una incipiente estructura de metal, justo al siguiente mes de la tragedia, con el terreno desolado y las casa a medio destruir. Este hombre ya había iniciado su labor de reedificar su actual casa.

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Juan muestra un mapa que conserva tras la tragedia. Foto EDH / Miguel Lemus

La cicatriz verde

En el lugar, el recuerdo del sábado 13 de enero de 2001 parece haber sido borrado por el tiempo. La Cordillera del Bálsamo ya no muestra la herida abierta y cafesosa que sepultó a más de 250 casas. La naturaleza, con una vegetación persistente se ha encargado de colorear de verde lo que alguna vez fue un derrame de tierra en el horizonte, sólo una pequeña hendidura en la cima del cerro delata el desprendimiento.

Pero la cicatriz en la memoria de Juan Hernández no hay vegetación que la oculte. Su hogar guarda recuerdos de todo tipo sobre el devenir de los acontecimientos de ese día.

El acceso a su espacio privado se hace por medio de unas escaleras envueltas por la oscuridad, cada escalón se debe subir despacio asegurando no tropezar con cada paso, mientras tanto él no necesita luz; aunque su caminar es pausado, conoce cada pulgada de la estructura que él mismo elaboró. 

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La vegetación cubre la zona donde antes existieron varias viviendas, la cuales fueron soterradas con el deslave. Foto EDH/Miguel Lemus

Situados en el cuarto principal varios artículos son una reunión del tiempo, calendarios grandes de diversos años, planos de la distribución de la colonia, leyes, decretos, demandas, libros de historia, una biblia grande, la virgen de Guadalupe en la pared junto a un mapa de El Salvador y varios papeles antiguos que son parte de la lucha legal después del terremoto.

Juan saca un disco y lo proyecta en la televisión. La imagen es granulada, pero nítida en su dolor. Un hombre camina con dificultad, hundiendo los pies en un mar de lodo, señalando la nada. «Ese soy yo», dice Juan. El video fue grabado por él y su hijo apenas unos días después de la tragedia. Documentaron la muerte mientras buscaban a María Teresa Gamero, su esposa, cuyo cadáver Juan sacó personalmente de entre los escombros cuatro días después del sismo.

Juan proyecta en su televisor un video de hace 25 años en el que se le observa caminando con dificultad entre tierra y escombros. “Ese que sale ahí soy yo, esta cinta la hizo mi hijo, unos días después del terremoto”, comenta Juan, y agrega que una semana previa a la filmación había encontrado el cuerpo de su esposa en una de las calles aledañas a la colonia. 

«En un ratito»

¿Entonces usted no estaba en la casa cuando tembló? -le pregunto.

Juan descansa su espalda sobre el respaldo de la silla, con la punta de sus dedos golpea como tambor la mesa, al tiempo que su mirada se pierde con una sonrisa de añoranzas antes de recordar. “Hace unos días había regresado de Estados Unidos con dos carros y uno tenía el asiento roto, no sé por qué se me ocurrió ir a cotizar donde un chero tapicero”, comenta sobre unos minutos pasadas las 11 de la mañana del 13 de enero.

“Ella me dijo que me esperara, que la sopa ya iba a hervir y que solo iba por las tortillas”, relata Juan, “vos te quedás platicando con la gente, y yo solo voy a ver cuánto me cobran”, comenta que le respondió y entre risas los dos se fueron apurados, cada quien por su lado. “Además, en ese tiempo los fines de semana no había trabazón, yo sabía que iba y venía rápido a comer con ella”, recuerda. 

Cuando Juan intentó regresar a la colonia donde había hecho su vida había desaparecido bajo toneladas de tierra. “Tomé un pedazo de duralita y con eso comencé a escarbar hasta que llegué al fondo, era como si un cuchillo hubiera pasado rebanando mi casa”, agrega también que sus hijos se salvaron porque decidieron ir a trabajar en el bus de la familia ese sábado en lugar del domingo, como lo hacían regularmente.

El archivo de la perseverancia

Un viejo mueble custodia cientos de hojas, cartas, solicitudes y decretos. Menciona que a finales del siglo pasado los vecinos se organizaron para tomar acciones y protestar en contra de una serie de construcciones que podrían debilitar la colina, pero las autoridades de turno los ignoraron.

Parte de los archivos que conserva muestran estudios de carácter ambiental que en la década de los años 90 ya advertían sobre el peligro de una serie de cortes en la montaña para una residencial privada. 

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Panoramica de Las Colinas, en la celebracion del segundo aniversario, con poca asistencia de familiares y visitantes. foto digital Herbert Saravia

Tras el terremoto, llegaron una serie de acciones legales. Primero, un decreto de expropiación para realizar un parque memorial. Luego, un segundo que permitía conservar los terrenos pero prohibía construir. Juan desafió la legalidad, aplanó su pedazo de tierra y con sus propias manos levantó una galera de lámina. Durante muchos años fue el único punto en medio de una plancha de tierra blanca.

«Aquí se trabaja más por el pudiente», denuncia. Mientras a él le restringen la construcción por ser, «zona de riesgo», señala hacia la cima de la cordillera donde nuevas residencias y proyectos se levantan.

La lucha por el papel

Hernández había gestionado su vivienda, una propiedad de aproximadamente 200 metros cuadrados, valorada en 75,000 colones, equivalentes a más de 8,500 dólares, mediante una entidad bancaria que, pese a que el inmueble contaba con un seguro contra riesgos habitacionales pagado por el dueño, terminó desentendiéndose de las pérdidas ocasionadas.

Poco después del sismo, unos individuos se presentaron como representantes de la Fundación Tecleña Pro Medio Ambiente (Futecma), bajo el argumento de brindar ayuda a las familias damnificadas. Sin embargo, la supuesta asistencia ocultaba un engaño cuyo objetivo era despojarlos de sus escrituras.

Denunció que la fundación encargada de gestionar los terrenos y los gobiernos de turno, desde Francisco Flores hasta las alcaldías de Óscar Ortiz, lo dejaron en un limbo jurídico.

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Juan Hernandez, construye sus vivienda frente a las Colinas, Santa Tecla. Foto Digital Felipe Ayala

«Nos hacían firmar papeles en blanco diciendo que eran donaciones de Taiwán, pero luego resultaba que los terrenos aparecían a nombre de la fundación», explica con la precisión de quien ha tenido que aprender leyes a fuerza de golpes. 

Según él se negó a vender su historia por una reubicación, comenta que vive sobre el suelo donde alguna vez desayunó con su esposa por última vez. 

Juan vuelve a sus documentos, periódicos y crucigramas (el Sudoku es su favorito). Se queda ahí, en su estructura de metal, frente a la montaña que sostiene, “me lo ha quitado todo”.

Datos del sismo

13 de enero de 2001
Magnitud 7.6
Se reportan 944 fallecidos, 1155 edificios públicos dañados, 108,261 viviendas destruidas, 19 hospitales dañados, 405 iglesias dañadas, 445 derrumbes.

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