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Opinión/“El sarampión no entró por sorpresa: lo dejaron pasar por la puerta de la desidia…”

“El sarampión no entró por sorpresa: lo dejaron pasar por la puerta de la desidia, y en período de vacaciones, triste y peor aún, con un factor de riesgo altísimo”

Experto en epidemiología y salubrista, Ricardo Lara. Foto EDH/Miguel Lemus
Experto en epidemiología y salubrista, Ricardo Lara. Foto EDH/Miguel Lemus

Hubo un tiempo en que la salud pública se medía por su capacidad de anticiparse al dolor. Hoy, en cambio, pareciera que la hemos reducido al triste oficio de contar casos una vez el daño está hecho. El error no fue la llegada del sarampión; el verdadero fracaso fue haber esperado, casi con resignación técnica, el momento exacto en que ese caso apareciera para entonces activar protocolos, mensajes y controles que debieron existir mucho antes.

Cuando una enfermedad prevenible vuelve a tocar la puerta de un país, no estamos ante un accidente epidemiológico, sino frente a la radiografía de nuestras debilidades institucionales. El sarampión no es un enemigo nuevo ni desconocido. Sabíamos de su avance regional, de las brechas de vacunación, de la movilidad humana creciente y de la fragilidad de los cordones sanitarios. Sabíamos que podía llegar. Y, precisamente por saberlo, resulta más grave la lentitud con la que se respondió.

La salud pública no puede darse el lujo de actuar desde la reacción. Su esencia es la prevención, la vigilancia silenciosa, la comunicación temprana y la preparación territorial. Esperar el primer caso para reforzar puestos fronterizos, revisar esquemas de vacunación, emitir alertas o insistir en campañas comunitarias equivale a cerrar la compuerta cuando el agua ya inundó la casa.

Más preocupante aún es el mensaje que se transmite a la población: que las medidas nacen del susto y no de la planificación. Esa lógica erosiona la confianza ciudadana, debilita la credibilidad técnica y convierte cada brote en una crisis evitable. La prevención no debe depender de la confirmación de laboratorio, sino de la lectura inteligente del riesgo.

Las recomendaciones puntuales son tan claras como urgentes. Primero, establecer una vigilancia epidemiológica permanente en fronteras, escuelas, unidades de salud y comunidades con baja cobertura vacunal. Segundo, impulsar campañas intensivas de vacunación de barrido, especialmente en la niñez y la población móvil, sin esperar nuevos contagios. Tercero, fortalecer la comunicación pública con mensajes transparentes, pedagógicos y constantes, lejos del triunfalismo y cerca de la evidencia. Cuarto, coordinar con Educación, municipalidades e iglesias para identificar focos de vulnerabilidad inmunológica. Y quinto, evaluar con honestidad técnica por qué las medidas llegaron tarde, porque sin autocrítica no existe aprendizaje institucional.

La salud pública madura no se felicita por reaccionar rápido después del primer caso; se distingue porque evita que ese primer caso ocurra. Ahí está la diferencia entre administrar crisis y gobernar riesgos.

Hoy el país enfrenta una lección severa: las epidemias no esperan burocracias, no respetan discursos y no perdonan improvisaciones. El sarampión ha vuelto a recordarnos que la prevención tardía es apenas una forma elegante del fracaso. Como salvadoreño y como salubrista, hay personas con experiencia que podemos ayudar; y si no soy yo, hay muchos. Ante una epidemia como esta no hay ideología: lo que hay es urgente necesidad de expertos, no de fieles y serviles ocultadores de fenómenos epidemiológicos evidentemente incontrolables.

“Cuando la prevención llega después del contagio, ya no es prevención: es la confesión pública de que el Estado llegó tarde».

Médico.

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