En San Antonio Abad, esta centenaria madre celebra con la danza que enfrenta a Moros y Cristianos en el patio de su casa.
En San Antonio Abad, esta centenaria madre celebra con la danza que enfrenta a Moros y Cristianos en el patio de su casa.

Rodeada de una gran familia, entre hijos, nietos, bisnietos y hasta descendencia que ha cruzado el mundo desde Australia para festejarla, Leandra Vázquez de Pérez, conocida cariñosamente como “Mamá Leandra”, celebró más de un siglo de vida con la lucidez de quien aún se siente joven, libre y con ganas de bailar.
Desde el centro de San Antonio Abad, una localidad al noroeste de San Salvador, ubicada en las faldas del volcán, el sonido de los cohetes, el redoble de un tambor y el viento de una flauta anuncian la llegada de Los Historiantes. Durante las festividades importantes estos tradicionales personajes van bailando por los contornos del pueblo y sus recorridos se reservan solo para eventos de suma importancia cultural.

Sus coloridas máscaras y trajes anuncian una historia que comenzó hace 102 años, un 26 de febrero de 1924, para rendirle homenaje a la mujer que alguna vez fue la Capitana de las festividades locales, uno de los cargos más importantes en torno al resguardo de las tradiciones religiosas y culturales en localidades con fuertes raíces ancestrales y, para el caso, “Mamá Leandra” cumplió esa función en su juventud.
Un siglo de historia y arraigo
Hija de los antiguos agricultores de la zona, sus padres también eran los dueños de la mayoría de los terrenos que hoy son residenciales y comercios en la colonia Miralvalle. Leandra ha vivido entre los surcos de rábano, verduras y frutas que su esposo sembraba en el cerro, «y ella salía a venderlos al mercado», recuerda su hija, Ana Lilian Pérez de Ciudad Real, describiendo una vida de trabajo arduo que siempre fortaleció el espíritu de su madre.

Aunque el tiempo ha transformado los terrenos familiares en iglesias y talleres, la esencia de Leandra permanece intacta. Su paso como segunda capitana de San Antonio Abad es una de sus memorias más preciadas. «Siempre se dice que sus fiestas fueron las mejores, con más música y más cohetes», comenta Ana Lilian entre risas. Ese orgullo es el que trajo este año a los «historiantes» y a los «viejos descalzos» hasta el patio de su casa, cumpliendo el deseo de la centenaria de ver bailar a los personajes que marcaron su juventud.
El amor, la libertad y Australia
Con una lucidez asombrosa, Leandra reflexiona sobre su cumpleaños, «Me siento joven otra vez y libre de salir a bailar, a las fiestas y a ‘chopinear'». Tras enviudar, Leandra decidió no volver a casarse. Incluso recuerda entre risas su estancia en Australia, país al que migró parte de su familia debido a la guerra civil: «Allá sobraban los señores solos y querían casarse conmigo, pero yo ya no quería marido», agrega, mientras sus familiares alrededor escuchan atentos sus palabras.

Hoy, esa rama australiana de la familia ha regresado a El Salvador para abrazarla. Algunos de sus hijos han vuelto para unirse a los nietos, bisnietos y tataranietos que, según Leandra, tiene «hasta para poner en el piso».
Luces y sombras de una larga vida
No todo ha sido celebración. La historia de Leandra también está marcada por el dolor del conflicto armado salvadoreño. Procreó a 12 hijos, pero perdió a dos, “uno aún desaparecido cerca de Don Rúa y otro sacado de su casa por la fuerza, su cuerpo apareció al día siguiente”, comenta su hija. Esas cicatrices son parte del tejido de una mujer que, pese a todo, agradece a Dios por cada día.
Su salud es envidiable, a sus 102 años camina sin asistencia, no padece enfermedades crónicas y, según cuenta su hija, tiene sus gustos claros: “la televisión, ella no se pierde los programas de peleas de toros ni los casos de «Rocío», también le gusta mucho la música, disfruta de las rancheras de Vicente Fernández y Pedro Infante y a veces pide su cervecita, la que disfruta sin que le afecte la salud”, agrega Ana Lilian, con mucha tranquilidad.

Cuidar a una persona de más de un siglo no es tarea sencilla. Ana Lilian, quien también es madre, costurera y emprendedora de pupusas los fines de semana, aprovecha para enviar un mensaje a otros hijos: «dedíquenles tiempo y tengan paciencia, a veces tienen un carácter fuerte o hacen travesuras, pero que se nos permita tenerles durante mucho tiempo es una gran bendición», finaliza.
Mientras tanto “Mamá Leandra” disfruta de su cumpleaños apreciando la danza de Moros y Cristianos; con la sabiduría que solo dan los años comenta: “yo le doy gracias a nuestro padre por tener una familia así muy agradable, sentirse uno viejo y sentirse joven siempre por el cariño, aquí estamos con mucha familia, amigos que vienen a saber desde dónde”, finaliza con gratitud.
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