Durante el encuentro en La Habana, al nieto de Raúl no se le escapó el mínimo detalle. Ha sido bien entrenado. Pero, ¿cómo decirle a su abuelo que ya no tienen garras ni para arañar a su viejo adversario?
Durante el encuentro en La Habana, al nieto de Raúl no se le escapó el mínimo detalle. Ha sido bien entrenado. Pero, ¿cómo decirle a su abuelo que ya no tienen garras ni para arañar a su viejo adversario?

El régimen castrista se presentó hace muchos años como un tigre indomesticable y dispuesto a ser el rey de la selva jugando a la revolución dentro y fuera de casa. Nunca les fue suficiente a los hermanos Fidel y Raúl Castro imponer en Cuba su experimento comunista, con la antigua Unión Soviética como mentora y a cargo de subvencionar económicamente a su satélite en el Caribe. El hermano mayor de los Castro, insensato y megalómano, exportó su “épica” a otras partes de Latinoamérica con participación activa en guerrillas, complots y hasta actos terroristas. Era tan desmesurada su ambición, que envió a África jóvenes soldados cubanos para librar guerras en tierras lejanas donde perdieron la vida o regresaron con graves secuelas físicas y psicológicas.
De Fidel sólo queda el polvo y su hermano menor hoy es un nonagenario que desde su retiro supervisa el ocaso de una dictadura tan arcaica como él. Al cabo de casi 70 años, ha llegado el momento de desmontar el desastre nacional, y no por voluntad propia, sino porque desde hace meses el asedio del gobierno del presidente Donald Trump toca a la puerta de la inmensa cárcel que es Cuba y lo hace con mayor o menor fuerza; abriendo y cerrando los grifos del combustible; emitiendo mensajes que pasan de los consejos a las amenazas. Largos meses en los que las conversaciones entre Washington y La Habana han sido susurros al oído que ya nadie puede ignorar, ni negar, ni tapar. El propio “Gobierno Revolucionario” se adelantó a comunicar que el director de la CIA, John Ratcliffe, se reunió este jueves en la capital cubana con el ministro del Interior y jefe del espionaje cubano, Lázaro Álvarez Casas. También estuvo presente Raúl Guillermo Castro Rodríguez, nieto de Raúl y pieza clave en unas negociaciones que posiblemente se han llevado a cabo antes, durante y después de la caída en Venezuela del gobernante Nicolás Maduro. Nadie mejor que “Raulito”, así lo llama cariñosamente su abuelo, para ser los ojos, oídos y emisario de una dinastía que busca una salida al callejón sin salida que sus patriarcas construyeron para encerrar a los cubanos en la pobreza y la desesperanza. La única otra escapatoria ha sido el exilio. Ahora el clan de los Castro busca su propia balsa, con la posible imputación del ex presidente cubano por el derribo en el Estrecho de la Florida de las avionetas de la organización Hermanos al Rescate, radicada en Miami, una acción terrorista ejecutada por la Fuerza Aérea de Cuba en 1996.
El “Gobierno Revolucionario” anuncia que le han asegurado a Ratcliffe que actualmente el régimen “no alberga, no apoya, no financia ni permite organizaciones terroristas o extremistas”. Afirma, también, que “nunca ha apoyado ninguna actividad hostil contra EE. UU”. Es una aseveración con una verdad a medias y una mentira. Ciertamente, Cuba no puede permitirse apoyar ni financiar organizaciones terroristas como lo hizo hasta hace poco. Le quedaban la Nicaragua del matrimonio Ortega-Murillo y la Venezuela chavista como franquicias del modelo castrista. Poco más. Dos aliados que por las presiones de la administración Trump han dejado de lado a sus amigos de La Habana, sobre todo en una Venezuela post Maduro que aparentemente sigue la hoja de ruta marcada por el secretario de Estado Marco Rubio con sus tres fases: estabilización, recuperación y transición.
El “Gobierno Revolucionario” también enfatiza la voluntad de “cooperación bilateral”, que incluye la aceptación de 100 millones de dólares en ayuda humanitaria que Washington, con la intermediación de la Iglesia Católica, le brinda a la desahuciada nación cubana, sumida en continuos apagones mientras la población protesta con cacerolazos y disturbios en las calles. Y es en medio de estas conversaciones donde radica el quid de lo que los castristas, con Miguel Díaz-Canel haciendo del celador a la espera de órdenes para abrir el cerrojo, ponen sobre la mesa con el fin de que el inevitable desbordamiento sea menor, si es que a estas alturas eso es posible. ¿Hablamos de reformas profundas antes de un “cambio de régimen” que los lleve por la senda de un Vietnam comunista con economía de mercado que mantiene las mejores relaciones con Washington? ¿Cuántos presos políticos de los más de un millar que continúan encerrados acabarán por ser liberados? ¿Acaso Ratcliffe les explicó a los cubanos el cronograma de la estabilización, recuperación y esa ansiada transición, cuya fecha en el calendario la marcan los americanos hasta para fijar la entrada de la oposición en el exterior?
Son muchas las piezas en el rompecabezas de una Guerra Fría que nunca se apagó en la separación de 90 millas entre la isla y las costas de Miami, el corazón del exilio cubano. Tantas, que mientras el jefe de la CIA hablaba con el jefe de la inteligencia cubana, en China Trump y Rubio negociaban amistosamente con Xi Jingping (él también es un dictador) los flecos sueltos entre dos potencias que se disputan quién es Atenas y Esparta, a la vez que intentan sortear la “trampa de Tucídides”. Durante el encuentro en La Habana, al nieto de Raúl no se le escapó el mínimo detalle. Ha sido bien entrenado. Pero, ¿cómo decirle a su abuelo que ya no tienen garras ni para arañar a su viejo adversario? Afuera, la oscuridad y el ruido de las cacerolas invaden la asfixiante noche habanera. [©FIRMAS PRESS]
Gina Montaner (La Habana, 1960). Periodista y escritora. Desde hace más de cuatro décadas publica una columna semanal en el Nuevo Herald y en diversos periódicos en América Latina. Su libro más reciente es Deséenme un buen viaje. Memorias de una despedida (Planeta 2024). En 2009 publicó la novela La mala fama (Plaza y Janés) y en 2006 coordinó y prologó Un día sin inmigrantes (Grijalbo).
*Twitter: ginamontaner
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