El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, ha situado el programa nuclear iraní en el centro de su retórica bélica y de sus acciones militares desde el inicio del conflicto abierto con Teherán. Las amenazas actuales, reiteradas en los últimos días, forman parte de una escalada ya en curso: repetidos ataques estadounidenses, la reanudación de las hostilidades tras el fracaso del memorando de entendimiento alcanzado el pasado mes de junio y numerosas declaraciones en las que afirma que Irán «nunca tendrá un arma nuclear».
El presidente estadounidense señaló explícitamente la instalación subterránea de Kolang, apodada Pickaxe Mountain («Montaña del Pico»), cerca de Natanz, como un objetivo potencial inminente, al declarar que Estados Unidos la atacaría «muy pronto» y «con gran contundencia». Asimismo, vinculó cualquier ataque contra buques en el estrecho de Ormuz con represalias dirigidas contra infraestructuras civiles iraníes, como puentes o centrales eléctricas, incluidas aquellas situadas en las proximidades de Teherán.
Estas declaraciones se acompañan de una retórica más amplia que promete «consecuencias inimaginables» o «el infierno» si Irán avanza hacia la obtención de armas nucleares. La credibilidad de estas amenazas no puede reducirse a un simple sí o no; depende de las acciones previas de Donald Trump, de las capacidades militares reales de Irán, del contexto político estadounidense y de las limitaciones técnicas y diplomáticas que implica atacar un programa nuclear desarrollado durante años bajo un estricto nivel de secretismo.
Las amenazas de Trump no son meramente verbales. Durante su primer mandato retiró a Estados Unidos del acuerdo nuclear de 2015, el Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA), también conocido como el Acuerdo de Viena sobre el programa nuclear iraní, suscrito entre Irán, los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (Estados Unidos, Rusia, China, Francia y el Reino Unido), Alemania y la Unión Europea. El presidente estadounidense calificó ese acuerdo de «desastroso» e impulsó una política de «máxima presión» mediante severas sanciones económicas.
En 2025, durante su segundo mandato, Estados Unidos e Israel llevaron a cabo ataques contra instalaciones clave, entre ellos la operación Midnight Hammer («Martillo de Medianoche»), dirigida contra complejos estratégicos como Natanz, Fordo e Isfahán. Según las evaluaciones de Estados Unidos e Israel, esas operaciones redujeron de forma significativa la capacidad iraní de enriquecimiento de uranio.
El conflicto se reanudó en 2026 tras el colapso del alto el fuego de junio, con sucesivas noches de bombardeos dirigidos contra las capacidades iraníes de misiles, drones y control marítimo. Donald Trump ha ordenado ya ataques concretos y ha reiterado que el objetivo principal sigue siendo impedir que Teherán adquiera armas nucleares. Esa coherencia entre sus palabras y sus acciones confiere credibilidad a su postura: cuando afirma que Estados Unidos está «lejos de haber terminado» con Irán o que sigue de cerca el movimiento de materiales nucleares, los precedentes demuestran su disposición a actuar.
Desde un punto de vista militar, la amenaza resulta técnicamente creíble, aunque presenta importantes limitaciones. Estados Unidos dispone de bombas de penetración profunda y de capacidades de ataque de precisión capaces de alcanzar instalaciones subterráneas. Sin embargo, se estima que Pickaxe Mountain está construida a mayor profundidad que Fordo, cuenta con túneles reforzados y mantiene una intensa actividad de construcción detectada mediante imágenes satelitales.
Incluso si las centrifugadoras hubieran sido trasladadas a ese complejo, el propio Trump reconoció que, sin reservas significativas de uranio enriquecido, el impacto militar sería limitado. Los ataques anteriores dañaron el programa nuclear iraní, pero no lograron eliminar las reservas de uranio altamente enriquecido ni impedir su eventual reconstrucción.
Los expertos consideran que Irán necesitaría varios años para recuperar plenamente sus capacidades. No obstante, la percepción de un permanente estado de amenaza podría acelerar el desarrollo de programas clandestinos. Al mismo tiempo, las amenazas de atacar infraestructuras civiles plantean interrogantes jurídicos y estratégicos, pues podrían extender el conflicto a toda la región mediante la intervención de actores interpuestos (proxies), como los hutíes y otros aliados no estatales de Teherán.
Trump ya ha demostrado estar dispuesto a ordenar ataques contra infraestructuras estratégicas. Sin embargo, una escalada hacia un ataque masivo —aunque en ocasiones se presente como inminente— tropieza con importantes limitaciones operativas y con elevados costes humanos, económicos y políticos.
En el plano interno, el contexto político estadounidense también aconseja prudencia. Una guerra prolongada con Irán resulta impopular, el coste del conflicto asciende ya a decenas de miles de millones de dólares y las fuerzas estadounidenses han sufrido bajas. Con las elecciones legislativas de mitad de mandato en el horizonte, Trump tiene interés en proyectar una imagen de firmeza, pero también en alcanzar una salida negociada que le permita presentar una victoria en la cuestión nuclear.
En ese contexto, sus declaraciones públicas funcionan igualmente como un instrumento de presión. Las amenazas de ataques masivos o de responsabilizar a Irán por las acciones de los hutíes buscan forzar concesiones sin necesidad de comprometer la totalidad del poder militar estadounidense.
Por su parte, Irán responde con amenazas de represalias contra los intereses de Estados Unidos y de sus aliados en la región, alimentando una dinámica de acción y reacción que incrementa el riesgo de una escalada difícil de controlar.
En consecuencia, las amenazas de Trump respecto al programa nuclear iraní resultan creíbles en cuanto a la voluntad política y a la capacidad de infligir daños importantes. Sin embargo, no garantizan la eliminación definitiva del programa nuclear iraní ni la prevención de graves consecuencias regionales. La retórica presidencial cumple así una doble función: ejercer presión sobre Teherán y, al mismo tiempo, disimular la complejidad de alcanzar una victoria decisiva.
Mientras Irán conserve reservas de uranio enriquecido y mantenga la capacidad de reactivar su programa nuclear y mientras Estados Unidos continúe inmerso en una costosa guerra de desgaste, las amenazas seguirán siendo un instrumento permanente de presión: creíbles por su potencial destructivo, pero inciertas en cuanto a su capacidad para ofrecer una solución duradera al problema nuclear.
Ya comienzan a percibirse algunos efectos geopolíticos. Estados Unidos contempla una posible cooperación nuclear con Arabia Saudita para contrarrestar el riesgo estratégico que representa Irán y reforzar su alianza con uno de sus principales socios en Oriente Medio.
Entretanto, la capacidad de disuasión de Israel continúa siendo una realidad consolidada; un factor de enorme peso estratégico, aunque siga siendo un tema tabú en la región.
Politólogo francés y especialista en temas internacionales.