En definitiva, la nueva estrategia de Trump hacia Irán apuesta por que la presión económica, combinada con un bloqueo naval, logre lo que los ataques militares no consiguieron plenamente: forzar una rendición política y en materia de seguridad.
En definitiva, la nueva estrategia de Trump hacia Irán apuesta por que la presión económica, combinada con un bloqueo naval, logre lo que los ataques militares no consiguieron plenamente: forzar una rendición política y en materia de seguridad.

La nueva estrategia de Donald Trump hacia Irán se enmarca en un contexto de conflicto abierto que comenzó el 28 de febrero de 2026 con ataques conjuntos estadounidenses e israelíes dirigidos contra las instalaciones nucleares, las capacidades balísticas, la marina y las fuerzas de mando de la República Islámica. Estas operaciones iniciales, que provocaron la muerte del líder supremo Ali Jamenei y de varios altos mandos militares en las primeras horas, tenían como objetivo declarado degradar de forma irreversible el programa nuclear iraní, neutralizar los misiles balísticos y los drones, destruir la capacidad naval que pudiera amenazar el estrecho de Ormuz y debilitar duraderamente las redes de fuerzas interpuestas (proxies) en la región.
Con el paso de los meses, el discurso presidencial osciló entre llamamientos a la rendición incondicional, amenazas de destrucción total de las infraestructuras y declaraciones afirmando que el cambio de régimen no era el objetivo oficial, al tiempo que se constataba que la desaparición de los dirigentes históricos había provocado, de facto, dicho cambio. Tras el fracaso del memorando de entendimiento firmado a mediados de junio de 2026, que contemplaba un alto el fuego de sesenta días, la reapertura del estrecho de Ormuz, el levantamiento gradual de ciertas sanciones y negociaciones sobre el programa nuclear, la Casa Blanca dio un giro radical.
El pasado 19 de agosto, Trump anunció en su red «Truth Social» el lanzamiento de «la operación económica más demoledora jamás emprendida contra un país», calificada como un «Día D económico», con el objetivo de aislar completamente a Teherán y cortar todos los salvavidas financieros restantes. Este enfoque combina el bloqueo naval ya vigente en los puertos iraníes con una campaña de sanciones secundarias de una magnitud sin precedentes, amenazando con terribles repercusiones económicas a cualquier Estado, institución financiera, empresa, aeropuerto o entidad gubernamental que siguiera ofreciendo el más mínimo apoyo comercial o monetario a Irán.
Scott Bessent, secretario del Tesoro, precisó que el objetivo era «cortar toda línea vital económica que sustenta al régimen tiránico hasta dejar a Teherán completamente solo», afirmando que Estados Unidos entraba en la fase final del conflicto y que la combinación del bloqueo y de las sanciones más severas de la historia provocaría el colapso del régimen.
Las medidas anunciadas apuntan explícitamente al contrabando de petróleo, a las líneas de intercambio de divisas, a las transferencias de fondos, a las casas de cambio, a los registros de buques y a las empresas pantalla. Cualquier país que permitiera a sus instituciones mantener tales flujos se expondría a sentir «todo el peso» del Tesoro estadounidense. China, principal comprador de petróleo iraní, se encuentra implícitamente en el centro de esta presión, al igual que otros socios comerciales que históricamente han eludido las sanciones.
La administración estadounidense presenta este enfoque como un «doble golpe decisivo»: el bloqueo naval impide las exportaciones legales y gran parte del contrabando, mientras que las sanciones secundarias asfixian los circuitos de financiación restantes.
Las autoridades estadounidenses señalan que la moneda iraní ha alcanzado mínimos históricos frente al dólar, que la inflación supera el 80 por ciento y que el producto interior bruto se contrae. Estiman que el «dolor económico» acabará obligando a las élites vinculadas al Cuerpo de la Guardia, que controlan una parte importante de la economía, a aceptar concesiones en materia nuclear y sobre el estrecho.
Trump afirmó que Irán se estaba «desmoronando por completo» y que sus fuerzas convencionales habían quedado reducidas a la nada. No obstante, esta estrategia plantea importantes interrogantes sobre su eficacia y sus consecuencias. Irán ha sobrevivido a décadas de sanciones internacionales y ha desarrollado sofisticadas redes para eludirlas, especialmente a través de China, Rusia y circuitos informales.
Los dirigentes iraníes han indicado que están dispuestos a soportar más sufrimiento del que Estados Unidos pueda imponer, apostando a que la perturbación en el estrecho de Ormuz seguirá afectando a los mercados energéticos mundiales y a la opinión pública estadounidense.
Los aliados del Golfo, aunque generalmente partidarios de debilitar a Irán, temen las repercusiones económicas y de seguridad de una confrontación prolongada. Los Emiratos Árabes Unidos suspendieron sus relaciones comerciales con Irán tras las amenazas con misiles, pero otros actores podrían dudar a la hora de alinearse plenamente con las sanciones secundarias estadounidenses.
En el ámbito militar, Estados Unidos ha reducido la intensidad de los ataques de gran envergadura desde finales de julio de 2026, en parte debido a la preocupación por las reservas de municiones de defensa aérea, concretamente los interceptores Patriot.
La administración ha señalado que el bloqueo naval sigue plenamente vigente y que las minas marinas han sido neutralizadas, si bien Irán ha cuestionado tales afirmaciones. Trump ha declarado que el estrecho de Ormuz está abierto y operativo, al tiempo que mantiene la presión para forzar una reapertura total y permanente.
La estrategia económica busca reducir la necesidad de volver a operaciones a gran escala, aunque Scott Bessent ha precisado que dicha opción sigue abierta «por el momento».
En el plano internacional, la campaña estadounidense busca sumar a los aliados y aislar a los socios de Irán. Trump ha instado explícitamente a los aliados a unirse al esfuerzo para «aislar y derrotar la amenaza iraní».
China, que absorbe más del 80 por ciento de las exportaciones petroleras iraníes por vía marítima, es un objetivo prioritario. Pekín ha respondido que las sanciones y la presión no ayudan a resolver el problema y ha abogado por soluciones diplomáticas. La India y otros compradores tradicionales también podrían verse afectados.
La administración estadounidense considera que la reapertura del estrecho favorecería los intereses energéticos de China, país que depende en gran medida del petróleo del Golfo, y que esto podría incentivar a Pekín a cooperar.
Las implicaciones para la estabilidad regional son considerables. El conflicto ya ha afectado al Líbano, donde los enfrentamientos entre Hezbolá e Israel han continuado a pesar del memorando, así como a otros escenarios donde operan los grupos interpuestos de Irán.
Un Irán económicamente debilitado podría tener menos capacidad para apoyar a dichos grupos. Los Estados del Golfo, que se han beneficiado del deterioro de las capacidades iraníes, se muestran cautelosos ante los riesgos de una confrontación prolongada.
Arabia Saudita y los Emiratos han reforzado sus vínculos de seguridad con Washington, al tiempo que intentan evitar verse arrastrados directamente a un conflicto de mayor envergadura. La estrategia estadounidense busca tranquilizarlos demostrando que la presión económica puede dar resultados sin necesidad de una ocupación o un despliegue militar indefinido.
Por parte de Irán, la respuesta fue una mezcla de desafío y cálculo. Las autoridades desestimaron las amenazas económicas, calificándolas de maniobra de distracción ante las propias dificultades de Estados Unidos, en particular la deuda y los costes de los intereses.
Afirmaron que el estrecho permanecería bajo control iraní mientras Estados Unidos no respetara los términos del memorando, especialmente el desbloqueo de activos y el levantamiento efectivo de las sanciones.
En definitiva, la nueva estrategia de Trump hacia Irán apuesta por que la presión económica, combinada con un bloqueo naval, logre lo que los ataques militares no consiguieron plenamente: forzar una rendición política y en materia de seguridad.
Esta estrategia se basa en el previo deterioro de las capacidades militares iraníes, en el aislamiento financiero y en la convicción de que el tiempo y el sufrimiento económico jugarán a favor de Estados Unidos.
Que este enfoque conduzca a un acuerdo duradero, al colapso del régimen o a una prolongación indefinida de la confrontación dependerá de la resiliencia iraní, de la disciplina de los socios internacionales y de la capacidad de la administración estadounidense para mantener el rumbo a pesar de los costes económicos y políticos.
Politólogo francés y especialista en temas internacionales.
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