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Colombia: desafíos y perspectivas de Abelardo de la Espriella

El presidente electo tendrá que negociar alianzas. En cualquier caso, su elección representa para una parte de la población la esperanza de una mayor seguridad y de una recuperación económica.

La victoria de Abelardo de la Espriella en las elecciones presidenciales colombianas de 2026 marca un punto de inflexión histórico en la historia reciente del país. El 21 de junio, este abogado y empresario de 47 años, candidato independiente bajo la bandera del «Movimiento Defensores de la Patria», derrotó por un estrecho margen al senador izquierdista Iván Cepeda, aliado del presidente saliente Gustavo Petro.

Con aproximadamente el 49,66 % de los votos (12.951.856 votos) frente al 48,70 % (12.703.886 votos) de su oponente, en una participación récord del 63,6 %, el resultado refleja una fuerte polarización y un rechazo a las políticas implementadas desde 2022, principalmente a la política de «paz total» del presidente saliente. Esta victoria, inesperada para alguien que era un «ajeno» sin experiencia política previa, representa tanto un castigo infligido a la clase política tradicional como una aspiración a un retorno al orden basado en la seguridad y una alineación con las tendencias hacia el restablecimiento de la autoridad estatal observadas en varios países latinoamericanos.


Para comprender la importancia de estas elecciones, es necesario repasar el contexto que las precedió. Gustavo Petro, el primer presidente de izquierda en la historia de Colombia, fue elegido en 2022 con la promesa de una «paz total» con los grupos armados, incluyendo la guerrilla del ELN (Ejército de Liberación Nacional), disidentes de las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, desmovilizadas tras el acuerdo de paz de 2016), el Clan del Golfo y grupos paramilitares, al tiempo que afirmaba querer implementar ambiciosas reformas sociales y una transición ecológica.

Cuatro años después, el mandato del presidente saliente se ha caracterizado por avances sociales, como el aumento del salario mínimo, pero también por importantes dificultades. La política de negociaciones con los disidentes de las FARC, el ELN y otras facciones se ha estancado, dando paso a un resurgimiento de la violencia en varias regiones. Escándalos, como el llamado «Nannygate», que involucró grabaciones comprometedoras en los más altos niveles del gobierno, o los relacionados con la primera dama saliente, erosionaron la confianza en la administración. La economía, enfrentada a una creciente deuda pública y a una inflación persistente, no logró satisfacer las expectativas de amplios sectores de la población.

Fue en este contexto que se desarrolló la campaña presidencial de 2026, mientras la violencia persistía. En agosto de 2025, el senador Miguel Uribe, del movimiento Centro Democrático, cercano al expresidente Álvaro Uribe, falleció a causa de las heridas sufridas en un atentado perpetrado dos meses antes en una plaza pública. Con los ataques a cuarteles llevados a cabo por grupos disidentes del ELN o de las FARC y los enfrentamientos en el este del país, la población anhelaba el retorno de la autoridad pública.

En la primera vuelta, el 31 de mayo, de la Espriella sorprendió a todos los pronósticos al imponerse con aproximadamente el 43,7 % de los votos, por delante de Cepeda, que obtuvo el 40,9 %. La candidata tradicional de derecha, Paloma Valencia, apoyada por el expresidente Álvaro Uribe, obtuvo apenas el 6,9 %, lo que evidenció el colapso de las estructuras tradicionales del sector.

La segunda vuelta enfrentó dos visiones radicalmente opuestas. Por un lado, Iván Cepeda, heredero del Pacto Histórico, abogaba por la continuación de las reformas sociales, la búsqueda de la paz y una diplomacia denominada «no alineada», marcada por un antiamericanismo paradójico para un país con el estatus de «principal aliado de Estados Unidos fuera de la OTAN». Por otro lado, Abelardo de la Espriella representaba una ruptura radical, con una retórica dura, antisistema y proestadounidense centrada en la seguridad.

La elección se desarrolló en un contexto de temor a la inseguridad, frustración económica y rechazo al sistema político establecido. La participación electoral, históricamente alta en la segunda vuelta, evidencia un fuerte compromiso cívico, pero también una sociedad fracturada donde cada bando movilizó intensamente a sus bases.

Abelardo de la Espriella, apodado «El Tigre», es una figura atípica. Nacido en 1978 en Bogotá, este abogado penalista se dio a conocer en casos de gran repercusión antes de incursionar en el mundo de los negocios. Posee doble nacionalidad colombiana y estadounidense y cultiva una imagen de hombre hecho a sí mismo, a menudo luciendo camisetas de selecciones nacionales de fútbol o gorras de béisbol.

Su incursión en la política en 2025, primero a través del Movimiento de Salvación Nacional y luego con su propio movimiento, Defensores de la Patria, se basó en un credo simple: el país está en peligro y solo un líder fuerte, ajeno al sistema, puede salvarlo. Se proclamó enviado por Dios en esta misión, combinando retórica religiosa, populismo y provocación.

El apoyo explícito de Donald Trump, quien lo describió como un «líder inteligente, fuerte y tenaz» capaz de contrarrestar a un «marxista radical de izquierda», fue clave en su ascenso. Donald Trump lo veía como un aliado para restablecer las relaciones bilaterales que se habían tensado bajo el mandato de Gustavo Petro, particularmente en temas de migración, lucha contra las drogas y asuntos venezolanos.

El programa de de la Espriella se estructura en torno a tres pilares: seguridad, economía y reforma institucional. En materia de seguridad, promete una línea dura inspirada en Nayib Bukele y Álvaro Uribe, quienes implementaron el concepto de «seguridad democrática» durante sus mandatos (2002-2006 y 2006-2010). Ha anunciado planes para construir diez «megacárceles», reanudar la fumigación aérea masiva con glifosato para erradicar los cultivos de coca, que se han triplicado desde 2022 —actualmente más de 315.000 hectáreas—, y recuperar el control efectivo del territorio nacional.

Rechaza las negociaciones de «paz total» impulsadas por Gustavo Petro y quiere devolver al Ejército y a la Policía un papel más destacado. En economía, aboga por una drástica reducción del 40 % del tamaño del Estado, la eliminación de cientos de miles de puestos de la administración pública, la simplificación administrativa para atraer inversiones y la revitalización de los sectores de hidrocarburos y minería. Se inspira explícitamente en Javier Milei y en su enfoque económico radical.

En política internacional, busca fortalecer los lazos con Estados Unidos, restablecer las relaciones con Israel —interrumpidas por Gustavo Petro en los meses posteriores a los atentados terroristas del 7 de octubre de 2023— y adoptar una postura firme frente a Venezuela y Cuba. También ha mencionado la posibilidad de sumarse a iniciativas como el «Escudo de las Américas» promovido por Donald Trump.

Esta victoria significa principalmente un rechazo a las políticas de Gustavo Petro, aunque el margen entre ambos candidatos en la segunda vuelta fue estrecho. Los votantes, cansados de la persistente inseguridad en zonas rurales y urbanas, de la lentitud de las reformas y de los escándalos, optaron por el cambio radical prometido por de la Espriella.

Esta elección se inscribe en la ola de una «nueva derecha» latinoamericana, donde líderes con estilos novedosos y rupturistas frente a la política tradicional están ganando terreno. Refleja el cansancio democrático ante las promesas incumplidas, un anhelo de orden y de «mano dura», así como una creciente desconfianza hacia las élites de todo tipo.

La campaña, sumamente polarizada, marcada por los insultos y la ausencia de debate directo, exacerbó las divisiones. Por un lado, los partidarios de Gustavo Petro e Iván Cepeda denuncian una deriva autoritaria; por otro, los de de la Espriella la consideran una liberación y una oportunidad de renovación nacional.

Sin embargo, esta victoria no se traduce en un mandato claro e indiscutible. El Congreso elegido en marzo de 2026 permanece fragmentado. El Pacto Histórico conserva una sólida posición en el Senado con 25 escaños, mientras que el Centro Democrático obtiene 17. En la Cámara de Representantes, la distribución es igualmente dispersa, sin que ningún bloque ostente la mayoría absoluta.

Por lo tanto, el presidente electo tendrá que negociar alianzas. En cualquier caso, su elección representa para una parte de la población la esperanza de una mayor seguridad y de una recuperación económica. El éxito dependerá de la capacidad del nuevo presidente para transformar sus promesas de campaña en políticas realistas, construir consensos más allá de su base electoral y preservar los equilibrios democráticos en un país aún marcado por décadas de conflicto.

Los colombianos, tras expresar su deseo de cambio en las urnas, esperan ahora resultados tangibles. Colombia se encuentra en una encrucijada: entre la promesa de un orden restaurado y los peligros de una creciente polarización.

Para muchos, estas elecciones serán recordadas como el momento en que el pueblo colombiano optó por desafiar el statu quo, con todas las incertidumbres y esperanzas que ello conlleva para el futuro de la nación.

Politólogo francés y especialista en temas internacionales.

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