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¿Valió la pena el invento de los mejores terceros en la Copa del Mundo FIFA 2026?

Una mirada sobre implementación de los mejores terceros clasificados en la Copa del Mundo FIFA 2026. ¿Estuvo a la altura de las expectativas esta variante reglamentaria o se redujo a una mera prolongación de lo inevitable para los países más rezagados? Las luces y sombras de un formato que llegó para quedarse

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Foto: AFP

Aun cuando han transcurrido algunos días desde la clausura de dicha instancia, resulta sumamente oportuno ensayar una mirada por el retrovisor para evaluar el bautismo de fuego de los mejores terceros en la Copa del Mundo FIFA 2026.

Conviene precisar que esta modalidad no constituyó un mero plan piloto, sino su instauración definitiva en la grilla de competencia, proyectándose incluso para las ediciones venideras.


Desde las páginas de El Diario de Hoy proponemos un somero balance sobre los aciertos y desaciertos que depararon estas virtuales medallas de bronce otorgadas en la fase de grupos en territorio norteamericano.

Corresponde comenzar por aquello que sembró las mayores desilusiones.

En los papeles, se conjeturaba que al menos la mitad de este pelotón de repescados —ocho escuadras en total— ofrecería una resistencia numantina o lograría colarse en los Octavos de Final.

Ello no perseguía el fin de validar el artilugio reglamentario, sino el de insuflarle al torneo esa dosis de rebeldía modesta que caracterizaba a los implicados: República Democrática del Congo, Suecia, Ghana, Ecuador, Bosnia y Herzegovina, Argelia, Paraguay y Senegal.

Empero, el hecho de que de ocho aspirantes solo uno lograra sortear con éxito la eliminatoria habla a las claras de las hondas asimetrías que gobernaron las llaves de los Dieciseisavos de Final.

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Foto: AFP

El contraste entre el rigor guaraní y el fiasco europeo

En este escenario, Paraguay pateó el tablero de forma soberbia al apear de la competición a Alemania, un combinado que había clausurado su liguilla en el primer escalafón, exhibiendo credenciales de oro pero con un funcionamiento interno sumamente endeble.

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La mítica garra guaraní se erigió, sin espacio para las dudas, en la más digna herencia de los terceros en discordia.

No obstante, si nos ceñimos a la frialdad de los resultados, el formato pareció estirar la agonía de elencos que carecían del fuste técnico necesario para dinamizar las etapas decisivas del campeonato.

Esa fue la faceta más opaca del experimento.

Más allá de las especulaciones matemáticas que sazonaron la última jornada de los grupos, resultó objetable la escasa rebeldía de cuadros como Ecuador, Ghana o Suecia.

Suecia, de hecho, firmó la producción más pálida de este lote en los Dieciseisavos de Final, sin oponer la más mínima resistencia a Francia.

El combinado galo dosificó energías y se conformó con un tres a cero que bien pudo haber sido una goleada de proporciones históricas de haber pisado el acelerador a fondo.

Quién lo diría: el estandarte más alto de los relegados llevó el cuño de la Conmebol y el orgullo sudamericano, mientras que la expresión más menesterosa corrió por cuenta de la UEFA, la confederación que presume de cobijar el mejor fútbol del planeta merced a la formidable maquinaria de mercadotecnia que despliega desde hace décadas.

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Foto: AFP

El veredicto: la hidalguía sobre las frías estadísticas

Frente a este panorama, cabe interrogarse qué elementos positivos se pueden rescatar de la iniciativa.

Desde una perspectiva estrictamente futbolística, ampliar las llaves de eliminación directa constituye un acierto flagrante frente a la opción de dilatar la fase de grupos.

Se trata de cotejos a todo o nada, de un dramatismo absoluto.

Si bien la mayoría de los emparejamientos resultantes reeditó la vieja lógica del león contra el ratón, aportando previsibilidad al certamen, la excepción a la regla provino del ya mencionado cruce entre paraguayos y germanos.

La inmensa mayoría de las naciones de menor linaje no dio la talla, pero es de estricta justicia señalar que representativos como República Democrática del Congo y Senegal vendieron sumamente caras sus derrotas, protagonizando dignísimas exhibiciones de hidalguía, coraje y entrega.

No todos los vencidos se marcharon humillados.

Por su parte, Argelia y Bosnia y Herzegovina transitaron por una suerte de medianía gris, exenta tanto de ribetes catastróficos como de destellos heroicos; no hicieron méritos para seguir viaje, pero tampoco naufragaron en el desastre absoluto.

En definitiva, ¿valió la pena el recurso de los mejores terceros? La respuesta es afirmativa.

Dicho artificio ha servido para otorgarle una segunda oportunidad a quienes, en ocasiones, no se ven fielmente representados por la rigidez matemática, ponderando un carácter y una gallardía que escapan a las frías estadísticas.

Cuántas veces el fútbol fue testigo de eliminaciones injustas por un mero detalle fortuito en el cierre de un grupo; esta variante mitiga esa orfandad, aun cuando algún estratega ultraconservador logre colarse en las instancias definitivas de forma un tanto espuria.

Hubo más tela para cortar y espacio para la hazaña, un desafío que Paraguay asumió con hondo orgullo para luego plantarle cara con fiereza a los franceses, visiblemente fastidiados por esa impronta áspera y copera que propusieron los guaraníes, forajidos e incómodos hasta el último suspiro.

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