A las 4:00 p.m. muy pocos sectores del pequeño «Mágico» González estaban aún pendientes de ser llenados, azul y rojo, negro y naranja, por todos lados
A las 4:00 p.m. muy pocos sectores del pequeño «Mágico» González estaban aún pendientes de ser llenados, azul y rojo, negro y naranja, por todos lados

El itinerario comenzó en el colectivo rumbo al Estadio Mágico González. Varias unidades de transporte lucían copadas, parecía lunes por la mañana pero con mucha más luz y calor. Era el mediodía y el calor te abrazaba permanentemente, la brisa, muy de vez en cuando.

En el Barrio San Antonio, cerca de la parroquia homónima, se escuchó un barullo tremendo. Un autobús de la línea 201 iba repleto de hinchas del FAS, quienes iban tranquilos rumbo al «magic». Llevaban una bandera en el parachoques frontal que decía: «Vamos por la 20». Dos personas asomaban por la puerta de acceso del mismo debidamente identificados y sin temor alguno por silbidos, insultos y demás reacciones.

Mientras avanzábamos por la Vía-Shell, viendo que varios separadores de polímero ya dieron su vida útil, se veían otros vehículos «trigrillamente» señalados rumbo a la capital. En las inmediaciones de la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe el tráfico era fluido aunque pesado. Poco a poco se liberaba el resto del camino sahárico rumbo al recinto concerniente.
Ya en los alrededores del «magic» se veía el tremendo ambiente. El calor jamás fue excusa para nadie. Vendedores, personal de logística, seguridad, fanáticos de ambos equipos, las filas inmensas para ingresar a los sectores populares.

El «Castillo Venturoso» asomaba tímidamente con sus cinco puntas hacia el nororiente y también varias copas de árboles que sobreviven de la Colonia Flor Blanca. Más lejos aún la cúspide de la torre de la parroquia María Auxiliadora de Don Rúa, el imponente Monte San Jacinto y San Marcos se perdían en el sur desde un paisaje dominado por la intensa luz solar y temperaturas ideales para cocer un huevo, tostar una tortilla o purificar agua de la llave.

En el «Magic», el estadio partido a la mitad con ambas hinchadas, que se cargaban con cantitos, saltos y algún que otro baile en espacio redudido desde los graderíos. Reguetón, salsa, cumbia, merengue y hasta un poco de electrónica «amenizaban» a través de unos altavoces que hubiesen bien sido una tortura para el alemán Timo Werner, perjudicado hace años con un tema auditivo que le dificultó mantener su camino en el fútbol profesional.

El autobús de Águila llegó, apenas siendo identificado como tal, para hacer su estación final e ingresar al «Magic». «Eran unos cinco mil, sin contar mujered y niños», decía un pasaje del Santo Evangelio. Pues en lugar de hombres saciados eran agentes, dando seguridad al elenco más exitoso de Oriente, un auténtico ejército de hombres con la piel más requemada que las tierras más inhóspitas de Pasaquina, firmes y correctos en su devenir.

El ingreso, un poco caótico, fue finalmente concretado sin mayores aspavientos. El lugar de prensa estaba debidamente señalado y hasta ese momento no se reportaban incidentes ni tampoco vehículos mal estacionados. Según sus carnés, varios «Invitados Especiales» asomaban por doquier en las localidades adyacentes. Quién sabe qué corona tenían para que les calificaran así. Para mí el más importante es el gol, y pará de contar.

Los equipos saltaron al terreno de juego para hacer su respectiva «entrada en calor, una ironía total con casi 50 Celsius con la ausencia del astro rey iluminando. El engramillado lucía en aceptables condiciones, ni muy verde, pero tampoco como la del Barraza. Todo listo para que el balón ruede en una final con casi dos décadas de espera. ¡A vibrar con el mismísimo «Clásico Nacional»!

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