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¿Cómo se llena los bolsillos la FIFA y en qué dice gastar su fortuna?

Una mirada estadística desapasionada, tomando como recurso los propios balances oficiales del ente rector del fútbol mundial para desentrañar su realidad financiera. Entre sospechas, lujos y millones, esto es lo que sostiene la «transparente» organización sobre sus arcas de cara al cierre de este ciclo de la Copa del Mundo de la FIFA 2026. ¿Les creemos?

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Foto: AFP

Para el ciclo comprendido entre 2023 y 2026, un periodo dorado marcado a fuego por la fiebre del nuevo Mundial de Clubes, los torneos juveniles, el fútbol femenino y, sobre todo, la mastodóntica Copa del Mundo 2026, la FIFA proyectó un presupuesto revisado de nada menos que 13 mil millones de dólares.

Semejante torta de «pistacho» merece ser desmenuzada con lupa para entender de dónde sale tanto billete.


El gran motor de esta recaudación sideral son, sin lugar a dudas, los derechos de tevé, un rubro que le reporta a las arcas de la entidad la escalofriante cifra de 5.3 mil millones de dólares, lo que equivale al 41 por ciento de la torta total.

Esto significa que la mayor parte del sustento corporativo proviene de facturarle a cadenas, plataformas de streaming y operadores desesperados por transmitir los partidos en cada rincón del planeta.

El segundo gran flujo de circulante aparece en el glamoroso mostrador de la hospitalidad, los derechos comerciales y la venta de entradas en ventanilla, un apartado que le arrima otros 3.6 mil millones de dólares a la cuenta, representando el 28 por ciento de los ingresos.

Aquí es donde entran los codiciados paquetes VIP, las experiencias exclusivas para magnates y los boletos que los mortales comunes pagan a precio de oro.

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Pisándole los talones, en el tercer escalón del podio, se ubican los derechos de marketing con 3.3 mil millones de dólares, equivalentes al 25 por ciento del presupuesto global, dinero fresco que llega gracias a los generosos acuerdos de patrocinio con marcas multinacionales que pagan fortunas por asociar su nombre al logotipo de la entidad.

Para cerrar el grifo de los ingresos, encontramos los derechos de licencias, que inyectan 400 millones de dólares, un 3 por ciento, gracias a la explotación comercial de videojuegos, indumentaria y mercancía autorizada, idéntica cifra y porcentaje que se anota en el cajón de sastre denominado otros ingresos menores.

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Foto: AFP

El misterio de los bolsillos rotos

Ahora bien, una vez que la plata está bien guardada en el banco, llega el momento de revisar en qué se gasta semejante fortuna, una cuestión que siempre despierta el escepticismo de la tribuna popular.

El desembolso más voluminoso se lo lleva, lógicamente, la organización de competiciones y eventos, un colosal apartado que devora 7.6 mil millones de dólares, es decir, el 58 por ciento del presupuesto total.

En esta bolsa entran desde la logística pesada, los premios deportivos para las federaciones y la seguridad, hasta las estructuras temporales de los estadios mundialistas.

El segundo destino del dinero es el romántico rubro de desarrollo y educación, al que se le asignan 3.9 mil millones de dólares, un 30 por ciento del total, supuestamente destinado a financiar canchas, infraestructura y capacitación en las federaciones menos favorecidas del globo.

La burocracia interna y el aceitado funcionamiento de la propia corporación no se quedan atrás, ya que el área de gobernanza y administración le cuesta al fútbol mundial unos 900 millones de dólares, llevándose un generoso 7 por ciento de la recaudación para financiar reuniones cumbre, sueldos ejecutivos y la estructura institucional en Suiza.

Por su parte, la producción audiovisual y la gestión comercial de las transmisiones demandan unos 300 millones de dólares, cerca del 2 por ciento, apenas un escalón por encima de los 200 millones de dólares, otro 2 por ciento, que se destinan al arbitraje y la integridad, un fondo reservado para la capacitación de los jueces, la tecnología del VAR y el control ético para evitar el fantasma de los amaños de partidos.

Finalmente, tras este gigantesco reparto de billetes, las planillas oficiales acusan un simpático superávit de 100 millones de dólares, apenas un 1 por ciento que queda como excedente neto en el bolsillo del pantalón de los dirigentes.

La moraleja del billete de cien

Para entender el juego con la claridad de un mostrador de barrio, la matemática de la FIFA se puede resumir en una escala simple de cien unidades.

De cada 100 dólares que ingresan a la corporación, 41 provienen directamente de la televisión, 28 se recaudan por entradas y palcos de hospitalidad, 25 llegan por contratos de marketing con patrocinadores, 3 corresponden a las licencias de videojuegos y los 3 restantes se rascan de otros ingresos menores.

En la otra vereda, de cada 100 dólares que salen de la caja, 58 se queman en la organización de los torneos, 30 se derivan a programas de desarrollo y educación, 7 se esfuman en la administración de la casa central, 2 se gastan en el arbitraje y la integridad, otros 2 van a parar a las áreas comerciales y de transmisión, dejando un solitario dólar como saldo a favor en concepto de «superávit».

Resulta verdaderamente difícil de digerir que semejante corporación global camine por el mundo manejando miles de millones para terminar quedándose con: monedas en el bolsillo.

Sin embargo, en este pintoresco feudo donde la pelota rueda y los millones vuelan, no existe ningún tribunal externo ni ente auditor verdaderamente independiente que pueda meter las narices para revisar la veracidad de esos números.

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