La verdad es simple: cuando no ponemos límites, los demás ponen los suyos sobre nosotros. Y ahí quedamos, aplastados bajo las expectativas ajenas. Decir “no” no es egoísmo: es un acto de higiene emocional. Una especie de “lavado de manos” de situaciones que no te pertenecen. Porque, sorpresa número dos: no todo te corresponde.








