El turismo en la Puerta del Diablo oculta un ritual insólito de 1972, cuando un cura intentó rebautizar este histórico cerro de Los Planes de Renderos como Puerta de Los Ángeles. Hasta María de Baratta estuvo involucrada
El turismo en la Puerta del Diablo oculta un ritual insólito de 1972, cuando un cura intentó rebautizar este histórico cerro de Los Planes de Renderos como Puerta de Los Ángeles. Hasta María de Baratta estuvo involucrada

La Puerta del Diablo es, sin duda, uno de los destinos de turismo más emblemáticos y visitados de El Salvador. Miles de salvadoreños y hermanos de la diáspora suben cada semana a Los Planes de Renderos para disfrutar del clima fresco, las pupusas y las impresionantes vistas panorámicas que ofrece este abismo natural.
Sin embargo, muy pocos de los que hoy se toman selfis entre sus majestuosas peñas conocen el insólito episodio de realismo mágico que ocurrió allí hace más de medio siglo, cuando el lugar fue formalmente exorcizado para expulsar a Satanás y rebautizarlo como la “Puerta de Los Ángeles”.
Era la mañana del miércoles 3 de mayo de 1972. Los archivos históricos de El Diario de Hoy relatan cómo el párroco de Los Planes, Bonicio Morín, lideró una comitiva eclesiástica y civil hacia la cumbre del cerro El Chulo.
Su misión era radical: borrar el nombre del maligno de la geografía salvadoreña. Armado con agua bendita, fe y una enorme cruz de madera, el sacerdote arremetió contra las leyendas oscuras que pesaban sobre el sitio.

El detonante de este ritual católico no fue el simple capricho religioso, sino la profunda conmoción social por la trágica y misteriosa muerte de Morena Celarié, la legendaria embajadora del folclor salvadoreño, cuyo cuerpo había sido encontrado sin vida al fondo del abismo poco tiempo antes. Para los habitantes y el clero de la época, el paraje parecía estar maldito por el demonio.
Durante el exorcismo, el padre Morín no se guardó nada. Según las crónicas de EDH publicadas el jueves 4 de mayo de 1972, el religioso proclamó a viva voz que él, como sacerdote, poseía la única autoridad legítima para maldecir al Diablo y expulsarlo definitivamente de aquel mirador.
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En un arranque de peculiar humor y fervor localista, el párroco hizo votos solemnes para que el demonio se marchara lejos, decretando que se fuera «no para el lado de Panchimalco, porque allí hay gente buena», sino hacia otros rumbos. Acto seguido, clavó la cruz de madera a escasos metros de donde cayó la recordada bailarina folclórica y declaró el nacimiento de la «Puerta de Los Ángeles».
Al acto asistieron figuras notables, como el entonces alcalde de Panchimalco, Nolberto Benítez, y la célebre compositora María de Barata. Esta última reveló a los presentes que el deseo de cambiarle el nombre al sitio era un proyecto antiguo; incluso detalló que en el pasado se barajó la opción de llamarle “Puerta al Cielo”.

A pesar del despliegue místico y del entusiasmo de los feligreses que cargaron la cruz, el desesperado intento de exorcizar el nombre del parque no fructificó. La iniciativa provocó una inmediata y férrea resistencia en diversos sectores de la sociedad salvadoreña.
Intelectuales, políticos, estudiantes universitarios y los propios jóvenes de la zona se opusieron rotundamente a que se borrara la identidad del imponente accidente geográfico.
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EL ARGUMENTO DEL INTELECTUAL
La estocada final contra el nuevo nombre la dio el célebre cineasta, publicista y promotor cultural Alejandro Cotto.
A través de una apasionada carta enviada a la redacción de El Diario de Hoy, Cotto defendió la riqueza histórica de la toponimia nacional: «Muchas veces he tratado de entender el porqué de esa tendencia nuestra de cambiar los nombres sonoros, hermosísimos, testimoniales…», lamentó el intelectual salvadoreño.
Para salvar el nombre del sitio, Cotto desenterró antiguos archivos y registros parroquiales de Santa Cruz de Panchimalco que demostraban que la verdadera historia de la Puerta del Diablo estaba ligada al dolor de la naturaleza y no a mitos satánicos.


Los documentos evidenciaron que el cerro original, llamado Chulo (la que hoy conocemos como Puerta del Diablo), sufrió dos terribles tragedias geológicas provocadas por temporales inclementes.
La primera ocurrió la noche del viernes 8 de octubre de 1762, cuando un gigantesco deslave soterró al pueblo de Panchimalco y arrastró víctimas hasta las costas marinas. El segundo desastre ocurrió en septiembre de 1906, cuando el cerro volvió a desgajarse con ruidos infernales, modificando para siempre la silueta de las peñas.
Fueron esos espantosos estruendos de la tierra, la destrucción y la posterior campaña de promoción turística en la década de los años 50 lo que consolidó popularmente el nombre de Puerta del Diablo.
Al final, el alcalde de Panchimalco desestimó el acto del párroco, la cruz de madera desapareció con el tiempo y el diablo retuvo su propiedad nominal sobre Los Planes de Renderos, legándonos una de las crónicas más insólitas de nuestra identidad cultural.
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