En su ópera prima «Flores desarmadas», la periodista Morena Azucena entrelaza la memoria familiar con el rescate de las tradiciones populares e identidad urbana que definen la cultura colectiva salvadoreña.
En su ópera prima «Flores desarmadas», la periodista Morena Azucena entrelaza la memoria familiar con el rescate de las tradiciones populares e identidad urbana que definen la cultura colectiva salvadoreña.

En el marco de la conmemoración del Día de los Difuntos, festividad arraigada en el mapa cultural mesoamericano, la literatura salvadoreña suma una obra imprescindible para la preservación de la memoria histórica y cotidiana.
La periodista, docente e investigadora Morena Azucena promueve su ópera prima, Flores desarmadas, publicada bajo el sello editorial Ojo de Cuervo, en su colección Casandra, con un cuidado diseño de carátula realizado por Jimena Pons Ganddini.
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El libro trasciende el relato intimista para convertirse en una cartografía de la identidad nacional. A través de una narrativa que fusiona el rigor periodístico con la ficción y pinceladas fantásticas, la autora rinde homenaje a las generaciones de mujeres de su familia —su madre, sus tías y sus abuelas—, cuyos oficios, luchas y saberes marcaron la vida en barrios y espacios emblemáticos del San Salvador de mediados del siglo XX.
Entre pasajes cargados de nostalgia urbana y dignidad cotidiana, la obra rescata tradiciones en riesgo de extinción, tales como la elaboración artesanal de flores de papel para enflorar las tumbas el 2 de noviembre y los huevos chimbos o cascarones pintados.

El impacto pedagógico y cultural del libro ha trascendido las páginas impresas. Tras la presentación del ejemplar este 2026 y su difusión en espacios como La Hora del Niño, la obra ha servido de base para talleres literarios y de memoria en diferentes lugares del país, conectando a jóvenes y adultos con sus propias raíces familiares.
En la siguiente conversación vía mensajería con eldiariodehoy.com, Morena Azucena profundiza sobre el tránsito de la prensa escrita a la libertad narrativa, el valor simbólico de desarmar y volver a armar los recuerdos, y la vigencia de los oficios artesanales en la construcción de la identidad salvadoreña.
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Esta obra nace del deseo de documentar la vida de las mujeres que la precedieron. ¿Cómo fue el proceso de indagar en esos recuerdos familiares e intimidades para transformarlos en un tributo colectivo a las mujeres salvadoreñas?
Fue duro, pero a la vez liberador. Duro porque era tratar de explorar las facetas internas de mi mamá, tías, abuelas, quienes tuvieron limitaciones y pocas oportunidades para desarrollarse. Mi mamá y mi abuela lograron contar con una profesión, pese a las discriminaciones que vivían las mujeres a la mitad del siglo XX. Mis tías y mi abuela paterna fueron artesanas y comerciantes. A todas ellas las admiro por su valentía y carácter para sobrellevar cargas, carencias y luchas no solo personales sino sociales que tuvieron que enfrentar en épocas convulsas.
Muchos de los episodios están basados en lo que me contaron, pero hay mucha ficción y magia para evitar caer en lo obvio. Me he encontrado con gente que me dice: «Mi mamá era costurera, o mi abuela hacía flores» y eso me es grato, porque son mujeres con un común denominador que las mías. Estoy satisfecha de haber logrado una reacción entre los lectores.

Con una amplia trayectoria en el periodismo y la docencia, la obra combina la investigación rigurosa con la ficción y el toque fantástico. ¿En qué momento sintió que el formato periodístico tradicional se quedaba corto y necesitó acudir a la narrativa de ficción para contar estas historias?
Era necesario dar el salto. El periodismo es algo que me ha rodeado siempre y que me motiva y me fascina a buscar historias; pero la literatura me llena el espíritu y me complementa. La pirámide invertida se queda corta cuando escucho a la gente hablar en los buses en la calle, en las colonias o barrios, porque ahí están los episodios personales y cotidianos de la gente.
Esa riqueza narrativa a veces no se puede alcanzar con una entradilla o lead, todo ello debe ser narrado de otra manera, por eso, decidí probar con otros formatos, sin perder el sentido humano e incluyendo lo fantástico.
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El libro recorre barrios, calles y espacios públicos en constante cambio dentro del país. ¿De qué manera la geografía urbana de El Salvador actúa como un personaje más en las narraciones y qué valor tiene la nostalgia para reconstruir la historia nacional?
Hay lugares que han cambiado y que quedarán solo en la memoria de algunos. Mis antecesoras mencionaban plazas, edificios o sitios de San Salvador que ya no están y que ahora están plasmadas únicamente en postales y fotografías de anticuarios. Por eso, quise indagar en esos sitios que fueron escenarios de momentos cruciales a nivel familiar y nacional.
Entonces, darle al valor a los sitios en los que nuestros antepasados se movieron hacen que recobraran vida y movimiento, casi como locaciones para una película. Mis tías, por ejemplo, quienes fueron artesanas de flores de papel y líderes sindicales, hablaban con entusiasmo de almacenes como “El París Volcán”, “El Chumelito”, la Plaza Zurita o el mismo Mercado Central, este último es un lugar tan fantástico porque además de ir a comprar el queso duro blando o el chocolate de tablilla que era revendido en la tienda “Victoria”, – nuestro negocio familiar que sobrevivió casi los 30 años-, me era como un imán, como un lugar muy aparte de la ciudad con esos puestos coloridos y ruidosos, especialmente, donde vendían las especies, flores y enseres para los rezos y ritos tradicionales. Esos relatos e imágenes me marcaron mucho en mi infancia.

¿A qué «oficios o ritos olvidados» de las mujeres salvadoreñas busca darle voz a través de estas páginas?
A las artesanas de flores de papel y cascarones de huevos o huevos “chimbos”, dos manifestaciones populares muy nuestras que deben ser valoradas y conocidas entre las nuevas generaciones. Todos los noviembres mi casa estaba rodeada de pétalos de colores, alambres, me era muy lindo ver cómo las mujeres de mi familia se unían para hacer los arreglos florales que luego decoraban las tumbas para el 2 de noviembre. Ya era toda una tradición.
Y los cascarones de huevo, pues era una artesanía que hacía mi tía abuela Dolores, a ella la comparo como la mamá Coco, de la película de Pixar, porque era bien linda, portaba vestidos de manta, chales con tejidos chapines, con trencitas y sus huellas digitales remarcadas intensamente por la pintura de anilina. La tía Dolores, que vivió en un mesón en Soyapango hasta su fallecimiento, siempre andaba buscando cascarones entre las vecinas para pintarlos y rellenarlos con papel de colores. Por ello, decidí incluirla entre mis narraciones para darle un tributo a su legado artesanal.
Siendo su ópera prima y publicada bajo la colección Casandra de la editorial Ojo de Cuervo, ¿qué metáfora engloba el título Flores desarmadas y qué representa para usted dar el paso de periodista a autora de su propio libro?
Sí, el título del libro y del cuento es una metáfora, sin duda. Un día soñé con mis tías y las vi armando sus flores, pero, cuando desperté, pensé en la figura de desarmarlas para volverlas a armar, tal vez así, perdurarían esos momentos tan bonitos que viví en mi infancia junto con ellas. Además, es como dar paso a un renacimiento. Con los problemas uno se desarma, pero se vuelve a armar, a florecer, pese a las dificultades de la vida uno debe tratar de armarse de valor y de fe.

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