El historiador Carlos Aguiluz revela en su nuevo libro cómo los pueblos indígenas negociaron su fe frente al clero secular y rescataron tradiciones matriarcales en las cofradías coloniales salvadoreñas.
El historiador Carlos Aguiluz revela en su nuevo libro cómo los pueblos indígenas negociaron su fe frente al clero secular y rescataron tradiciones matriarcales en las cofradías coloniales salvadoreñas.

El historiador salvadoreño Carlos Aguiluz presenta su más reciente libro sobre los inicios del cristianismo en El Salvador (1524-1723), una obra que desmonta el mito de una evangelización puramente forzosa y unidireccional: El amanecer del cristianismo en El Salvador: El clero secular, organización y pueblos indígenas en la época colonial (1524-1723).
Apoyándose en valiosas fuentes como las Actas de las Visitas Pastorales del siglo XVIII y registros de cofradías, Aguiluz demuestra que las comunidades pipiles y lencas actuaron como agentes activos y negociadores frente al clero secular.
Entre sus hallazgos más insólitos destaca la prevalencia de advocaciones femeninas veneradas en hermandades masculinas, reflejo de una cosmovisión matriarcal que logró entrelazarse e imponerse sobre la estructura patriarcal europea.
El intelectual respondió preguntas a eldiariodehoy.com, en la que da más detalles sobre esta nueva publicación ya disponible en amazon.com, acá las compartimos en el marco del Día de la Hispanidad.
En el libro cuestionas la idea tradicional de una evangelización forzosa y unidireccional. ¿Qué hallazgos de investigación te permitieron sostener que los pueblos pipiles y lencas actuaron como agentes activos y negociadores frente al clero secular?
En la investigación, he podido comprobar que la versión de una evangelización puramente forzosa y unidireccional ignora que los pueblos indígenas sí pudieron sostener gran parte de su cultura. Esta supervivencia es innegable hoy en día al observar la permanencia de los idiomas nativos y los nombres de muchísimos pueblos (que ahora son distritos) y de algunos cantones. Esa visión tradicional suele ignorar que no se trató de una simple imposición, sino que, en el ámbito político, lo que ocurrió fue un drástico cambio de régimen.

Al desaparecer las grandes entidades e instituciones capitales a las que muchos pueblos tributaban (como el Señorío de Cuscatlán), las reacciones fueron diversas: algunos poblados se mantuvieron neutrales, mientras que otros fueron sumamente pragmáticos y decidieron integrarse paulatinamente a este nuevo régimen religioso, cultural, político y social.
Muchos mantuvieron una resistencia de forma pacífica y otros la transformaron, integrando sus antiguas creencias en las nuevas prácticas cristianas. Después de todo, es ilógico pensar que unos cuantos cientos de guerreros hispanos, apoyados por algunos miles de indígenas aliados de otras etnias, podrían haber conquistado el actual territorio salvadoreño sin enfrentar resistencias, pero sobre todo, sin recurrir a profundas negociaciones, diálogos y una posterior integración en la nueva sociedad.
Un hallazgo fascinante del estudio que demuestra esta negociación se encuentra en los registros de las cofradías y hermandades a lo largo de la provincia. Por ejemplo, al explorar el Curato de San Pedro Moncagua en la visita de 1719, noté algo extraordinario: de sus diez entidades religiosas, abundaban las advocaciones femeninas. Incluso dentro de las hermandades (que tradicionalmente eran agrupaciones exclusivas de hombres), se veneraba a figuras femeninas como Santa Lucía.
Sostengo como hipótesis que la fuerte tradición y cosmovisión de linajes de influencia matriarcal de los pueblos originarios logró sobreponerse y entrelazarse con la estructura patriarcal europea. Aunque esto requiere de más análisis para profundizarse, sí es una tendencia innegable que se observa en la mayor parte del territorio. Las cofradías no eran solo lugares de rezo, sino verdaderos centros de cohesión comunitaria donde los indígenas preservaban su forma de organización social y protegían su herencia cultural bajo el manto del catolicismo.
«… es ilógico pensar que unos cuantos cientos de guerreros hispanos, apoyados por algunos miles de indígenas aliados de otras etnias, podrían haber conquistado el actual territorio salvadoreño sin enfrentar resistencias…».
Carlos Aguiluz
A diferencia de las órdenes religiosas, como los franciscanos o dominicos, ¿cuál fue el papel específico del clero secular en la estructuración de la vida cotidiana, económica y social de los pueblos de indios entre 1524 y 1723?
A diferencia de los frailes (clero regular), que a veces tenían un enfoque más protector, el clero secular fue el verdadero arquitecto de la institucionalización del territorio, de buena parte del control social y hasta administrativo en las provincias de San Salvador y Sonsonate, es decir, lo que hoy es El Salvador.
Para entender su inmenso peso como institución, hay que recordar que muchas funciones burocráticas que hoy vemos como algo normal en las alcaldías —el manejo del registro civil, los libros de nacimientos (bautismos), matrimonios, defunciones (entierros), y hasta las estadísticas y estudios territoriales— eran realizadas por la Iglesia a su manera durante este periodo. Este control de la vida ciudadana y administrativa solo les fue quitado mucho tiempo después, posterior a la independencia, con la llegada de los políticos y militares republicanos y liberales.
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A través de este poder, estructuraron la vida diaria dividiendo el país en curatos, vicarías y «medios-curatos». Por ejemplo, la inmensidad del Curato de San Salvador obligó a crear el «Medio-Curato Rectorado de San Jerónimo Nejapa» en 1723 para poder administrar eficientemente pueblos como Apopa, Guazapa, Paleca y Quezaltepeque.
Además, documentaron y formalizaron la convivencia interétnica: en las indagaciones sobre Santa Ana (1714) y Zacatecoluca (1720), los registros muestran cofradías divididas estrictamente entre «indios» y «ladinos». En Santa Ana, los ladinos controlaban cinco cofradías, lo que nos da indicios sumamente reveladores: la Iglesia reconoció y administró el surgimiento de los grupos ladinos, así como su cultura y religiosidad, con mucha más fuerza y mucho antes de que lo hiciera el propio gobierno de la Corona imperial española (que en un principio ni siquiera los reconocía legalmente en las Leyes de Indias).

De esta manera, al darles un espacio formal, los curas seculares gestionaron el creciente mestizaje en los centros urbanos, moldeando las clases sociales y las dinámicas poblacionales de la época.
Como investigador con amplia trayectoria en paleografía y exdirector del Archivo General de la Nación, ¿a qué tipo de documentos coloniales poco explorados recurriste para reconstruir este periodo y cuáles fueron los mayores desafíos para descifrarlos?
El mayor desafío fue enfrentarme a lo que denomino «tenebras historiae» (oscuridad histórica) para los siglos XVI y XVII. Esta dificultad es enorme en nuestro país debido a la tragedia de la pérdida del acervo histórico documental de San Salvador en un incendio a finales del siglo XIX, lo que redujo nuestra memoria local al llamado Fondo Quemado del Archivo General de la Nación.
Para reconstruir esta historia desde las cenizas, tuve que ampliar horizontes y recurrir a maravillosas fuentes externas. Una de ellas es la Memoria Eclesial Guatemalteca, que es verdaderamente una obra increíble y extraordinariamente profesional elaborada por investigadores de la UNAM de México. También acudí a los vastos registros del Archivo General de Centroamérica en Guatemala y del Archivo General de Indias en España, apoyándome por supuesto en los invaluables libros de célebres historiadores y eruditos de nuestra historia.
Las joyas de esta investigación son las Actas de las Visitas Pastorales del siglo XVIII. Documentos como los impulsados por el obispo fray Juan Bautista Álvarez de Toledo, y ejecutados minuciosamente a lomo de mula por comisionados como el licenciado don Joseph Sánchez de Las Navas (1719-1720), son invaluables. Descifrar estos expedientes me permitió registrar pueblo por pueblo, revelando el estado de las iglesias, la demografía y las dinámicas internas de lugares recónditos que de otra forma habrían quedado en el olvido.

¿De qué manera la organización parroquial y las dinámicas de adaptación cultural del periodo colonial temprano siguen modelando la identidad sociocultural y las tradiciones de El Salvador actual?
Al leer la obra, es evidente que el mapa y la identidad de El Salvador actual fueron dibujados por estas dinámicas parroquiales. Las tradiciones y nombres de nuestros pueblos nacieron allí. Por ejemplo, vemos cómo la gente moldeó su propia identidad desafiando los registros oficiales: el pueblo de San Antonio de Padua en Sonsonate pasó a llamarse San Antonio del Monte simplemente por la fuerza de la costumbre popular indígena. Observamos también cómo el antiguo San Miguel Techoncho se convirtió en San Miguel de Mercedes, o cómo Santa Isabel Sapotán es hoy Ishuatán.
Asimismo, la orografía y la organización parroquial dictaron el nivel de aislamiento de muchas comunidades. El Curato de Santo Tomás Tejutla, por ejemplo, tenía solo un pueblo anexo (Citalá) debido a lo montañoso del terreno. Esto provocó que su forma de vida y sus tradiciones se mantuvieran casi estáticas y puras hasta la década de 1980, lo que forjó la fuerte y particular identidad cultural de la zona norte de nuestro país.
La obra abarca dos siglos clave de la historia colonial y ahora se encuentra disponible en Amazon. ¿Qué impacto esperas que tenga esta publicación tanto en la historiografía académica regional como en los lectores interesados en rescatar la memoria histórica salvadoreña?
Espero que este libro, en conjunto con la obra Conquista y Evangelio: Las órdenes religiosas en la historia cristiana de El Salvador (1524-1770), sirva verdaderamente como un pilar historiográfico para el estudio de la historia cristiana de nuestro país. Al estar enfocado en el clero secular —que es quien institucionalizó gran parte del control territorial colonial hispano— la obra permite acceder a nuevos elementos de análisis que han sido muy poco estudiados en El Salvador. Y mi compromiso no termina aquí: continuaré mis investigaciones al concluir el periodo colonial y abarcaré la llegada de otras denominaciones cristianas, que merecen también que sus historias sean contadas.

Para los lectores interesados en nuestra memoria, espero que este libro sea una invitación irresistible. En sus páginas también se encuentran historias y anécdotas, convirtiéndolo en un libro lleno de miles de miles de datos que lo vuelven un verdadero referente de consulta, pues permite reconocer y validar nuestra historia. A través de él, podrán descubrir la historia de la próspera Villa de San Vicente de Austria y Lorenzana, el impresionante caso del Curato de San Pedro Caluco con sus 22 cofradías, o la tragedia de San Antonio Ateos, que perdió su preeminencia tras ser sepultada por un aluvión en 1762.
Además, me emociona mucho compartir que este conocimiento está al alcance de todos: la obra no solo la encuentran en Amazon, sino también en grandes librerías mundiales reconocidas como Barnes & Noble y Strand Books, así como a través de grandes intermediarios como AbeBooks y Bubok, con presencia en casi toda Latinoamérica.
En el fondo, este trabajo nos invita a reconocer que el cristianismo es parte viva de nuestro país. Leer este libro es buscar tu propio apellido o el nombre de tu municipio, pero sobre todo es un llamado a reconocernos, a entendernos, a aceptar que venimos de las mismas raíces y a convencernos de que nos merecemos mejores tiempos que los duros tiempos que les tocó vivir a nuestros ancestros.
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