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El afecto toma la ciudad: 29ª Marcha del Orgullo LGBTIQ+ en El Salvador

La marcha número veintinueve del Orgullo LGBTIQ+ comenzó a descender desde el Masferrer la tarde del 27 de junio. Atravesó el Paseo General Escalón, siguió por la Roosevelt y llegó hasta la 25 Avenida Sur.

Desfile del Orgullo en San Salvador el 27 de junio de 2026
Vista panorámica del Desfile del Orgullo número 29, en San Salvador, el sábado 27 de junio. Foto cortesía de Light by Will

En el Redondel Masferrer, antes de que la marcha empezara, había una claridad extraña para estos días. El cielo limpio, sin nubes, parecía colocado ahí para que nada pudiera esconderse. El sol caía con esa fuerza del trópico que más que iluminar hace crujir cuerpos, pavimento y árboles. Llegamos cuando el punto de encuentro todavía era una promesa dispersa. Había banderas arcoiris dobladas sobre los hombros, maquillajes a medio terminar, botellas de agua tibia, cuerpos buscando sombra, saludos cruzados. Poco a poco la multitud empezó a inventarse.

Me llamó la atención la cantidad de jóvenes. No solo su número, sino su forma de estar ahí: menos clandestina, menos obligada a pedir permiso para existir.


Del otro lado, algunas trans y travestis terminaban de arreglarse. Pelucas, pestañas, brillos, tacones, abanicos, vestidos que parecían pelearle al calor una batalla imposible. Me detengo en la palabra travesti no como insulto, sino como archivo. Como una palabra con polvo de calle, con memoria de esquina, con clase, con noche, con violencia encima, pero también con una inteligencia feroz para sobrevivir. Hay palabras que la respetabilidad quisiera sacar de agenda porque le recuerdan demasiado el barro del que venimos. Pero en esa palabra hay una genealogía que no cabe en el vocabulario limpio de las oficinas ni en la versión institucional de la diversidad. La travesti lleva consigo una historia de cuerpos que no esperaron a que el mundo fuera amable para inventarse una presencia, para estar aquí, para revolucionarlo todo.

Desfile del Orgullo en San Salvador el 27 de junio de 2026
Momentos previos al inicio del Desfile del Orgullo número 29 por las calles de San Salvador. Foto cortesía Light by Will

La marcha número veintinueve del Orgullo LGBTIQ+ comenzó a descender desde el Masferrer. Atravesó el Paseo General Escalón, siguió por la Roosevelt y llegó hasta la 25 Avenida Sur. La ciudad, acostumbrada a mirarnos de reojo o a no mirarnos nunca, tuvo que detenerse un momento frente a esa multitud. Era una manera de decir: seguimos aquí.

Mientras avanzábamos, las voces de Gloria Gaynor, Diana Ross, Cher y tantas otras divas flotaban sobre la marcha como si hubieran aprendido desde hace mucho el camino de regreso a nuestros cuerpos. Nos educaron sentimentalmente cuando todavía no teníamos derechos; nos prestaron una voz cuando la casa, la escuela, la iglesia o el Estado preferían nuestro silencio. Quizá por eso sus canciones siguen sonando como himnos, como pequeñas liturgias para quienes aprendimos a sobrevivir bailando.

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Con ellas llegaron a mi memoria quienes ya no estaban. Los que el VIH/SIDA se llevó cuando el virus caminaba de la mano del desprecio. Los asesinados por la guerra y por el odio. Quienes hicieron del sexilio una segunda patria, empacando no solo la ropa, sino también la voz, los gestos y el miedo de que hasta la manera de caminar pudiera delatarlos. Marchábamos también por ellos. Por los nombres que no aparecen en los monumentos, por las vidas que apenas dejaron un rumor, por quienes siguen sosteniendo la dignidad allí donde el país insiste en producir olvido.

Entonces aparecieron las cachiporristas. Resulta imposible imaginar la marcha del orgullo en San Salvador sin ellas. Vienen de distintos rincones del país con sus bastones, lentejuelas, plumas y coreografías, convirtiendo lo popular en una forma de orgullo. Y de pronto sonó Juan Gabriel. Bastaron unos acordes para que el maquillaje recordara a las madres, a las cantinas, a los amores perdidos, a los cuartos donde alguna vez aprendimos a cantar bajito para que nadie escuchara. Durante unos minutos el orgullo dejó de ser solamente fiesta y se volvió melodrama. La marcha entera parecía borracha de canción, como si también la tristeza necesitara bailar para no quedarse sola.

Desfile del Orgullo en San Salvador el 27 de junio de 2026
Las cachiporristas no se hicieron esperar y fueron de los grandes atractivos. Foto Foto cortesía Light by Will

Mientras caminábamos, volví a pensar en la palabra comunidad. Basta mirar la marcha para comprender que una comunidad no es un cuerpo uniforme, sino una constelación de vidas distintas que, por unas horas, hacen de la calle un espacio compartido. Hay jóvenes y viejos, lesbianas, gays, personas bisexuales, trans, travestis y no binarias; familias enteras, activistas de décadas y quienes asisten por primera vez. Una diversidad de cuerpos, trayectorias y formas de habitar el mundo que encuentra en ese recorrido algo más que una celebración.

La comunidad quizá no sea una identidad sino un momento. Ese instante en que miles de personas distintas descubren que avanzan en la misma dirección. Jóvenes que marchan por primera vez y quienes llevan casi treinta años regresando a esta cita. Travestis, lesbianas, personas trans, gays, bisexuales, familias enteras, amigos, niños, viejos. La calle hace algo extraño con todos nosotros y deja de ser un lugar de paso para convertirse en un lugar de encuentro. Durante unas horas el miedo pierde terreno y el afecto encuentra dónde quedarse.

Desde afuera todavía hay quienes confunden el orgullo con un espectáculo. Pero basta caminar unas cuadras para comprender que aquí se defiende algo mucho más sencillo y mucho más difícil: la posibilidad de vivir una vida cualquiera, caminar sin miedo, tomar una mano, besar a quien se ama, volver a casa. Hay derechos que caben en una Constitución y otros que apenas caben en un gesto. La marcha vuelve cada año para recordarnos que seguimos luchando.

Todavía hay quienes preguntan para qué sirve una marcha. La respuesta estaba frente a mis ojos. Se marcha porque los derechos nunca han caído del cielo y porque el cuerpo presente desmiente la ficción de que no existimos. Se marcha porque hubo quienes caminaron antes con más miedo, con menos protección y con más pérdidas, y porque quienes vienen detrás necesitan saber que esta historia no empezó hoy. Cada paso recuerda que la alegría también puede ser una forma de resistencia y que ocupar la calle sigue siendo una manera de disputar el derecho a vivir.

Mientras el recorrido llegaba a su fin volví a aquella consigna del Frente de Liberación Homosexual de Argentina: «Amar y vivir libremente en un país liberado». Han pasado más de cincuenta años y esas palabras todavía interpelan nuestro presente. También aquí, en El Salvador, donde tantas veces el amor ha debido esconderse y la vida ha sido negociada con el miedo. Quizá el horizonte siga siendo ese: construir un país donde nadie tenga que elegir entre ser quien es o pertenecer; donde amar deje de ser un acto de valentía para convertirse, simplemente, en una forma de vivir.

Al terminar, el asfalto todavía caliente guardaba el eco de las voces, el brillo del maquillaje mezclado con el sudor, los papelitos de colores pegados a la acera. La ciudad parecía la misma, pero ya no lo era. Algo había quedado suspendido entre el Masferrer y la 25 Avenida Sur. Como esas canciones que seguimos tarareando cuando la música ha terminado. Un eco terco, travesti, sudado y luminoso. El rastro de miles de cuerpos recordándole a este país que el amor también sabe marchar.

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