La escritora salvadoreña Mirella de Wollants, ganadora del Premio de Novela UCA Editores con «Azul Ventura», revela cómo la ficción rescata las voces excluidas e indígenas de la Independencia centroamericana.
La escritora salvadoreña Mirella de Wollants, ganadora del Premio de Novela UCA Editores con «Azul Ventura», revela cómo la ficción rescata las voces excluidas e indígenas de la Independencia centroamericana.

En el marco del mes de la Independencia, cuando la memoria colectiva de la región vuelve la mirada hacia las gestas patrias del siglo XIX, la literatura salvadoreña suma un nuevo título de ficción.
La escritora, médica cirujana, investigadora y abogada Mirella Schoenenberg de Wollants presenta oficialmente la edición impresa de su obra Azul Ventura, galardonada con el Premio Nacional de Novela «Ítalo López Vallecillos» 2025 de UCA Editores.
El reconocimiento no solo consolida la proyección intelectual de la autora —quien este año también fue destacada por la revista Forbes Centroamérica en su lista de las «50 Mujeres Poderosas» de la región—, sino que marca un antes y un después en las letras nacionales. ¿Por qué?
Porque De Wollants es la primera mujer en obtener este prestigioso premio, inscribiendo su nombre junto al de referentes como Manlio Argueta (Un día en la vida) y Horacio Castellanos Moya (La diáspora).

Lejos de los relatos monolíticos y las estatuas de bronce que suelen impregnar los discursos cívicos de septiembre, Azul Ventura se adentra en las zonas silenciadas de los acontecimientos de 1811.
Con una rigurosa investigación documental respaldada por su experiencia clínica y jurídica, la novelista reconstruye el pulso cotidiano de indígenas, mulatos, negros, mujeres, artesanos y sectores populares que también vivieron y moldearon el proceso independentista.
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A continuación, compartimos la conversación de eldiariodehoy.com con la autora sobre el trasfondo de su investigación, el equilibrio entre el rigor histórico y la creación literaria, y la emoción de entregar sus personajes al imaginario de los lectores.
Es la primera mujer en obtener el Premio Nacional de Novela de UCA Editores, uniéndose a una lista histórica junto a Manlio Argueta y Horacio Castellanos Moya. ¿Qué significado personal y profesional tiene para usted marcar este logro para las escritoras salvadoreñas, y qué emociones le genera tener finalmente la edición impresa de Azul Ventura en sus manos?
Ser la primera mujer en recibir este premio tiene para mí un significado muy especial. Me honra formar parte de una lista en la que aparecen escritores fundamentales de la literatura salvadoreña, pero también me alegra profundamente que una mujer se incorpore a esa historia. No quisiera verlo únicamente como un logro personal: cada espacio que conquista una escritora contribuye a que resulte más natural encontrar otras voces femeninas ocupándolo después.
Y tener finalmente Azul Ventura entre mis manos ha sido una emoción difícil de describir. Durante años fue investigación, documentos antiguos, personajes, dudas, correcciones y muchas horas de escritura. Después fue un manuscrito premiado. Ahora es un libro que alguien puede abrir, leer y hacer suyo. Hay algo profundamente conmovedor en esa transformación.

Mencionó anteriormente que la novela nació de la inquietud por rescatar los relatos y grupos que quedaron fuera de la historia oficial de la Independencia centroamericana. ¿Cómo fue el proceso de darles voz a esos sectores excluidos?
Comenzó con una pregunta bastante sencilla: ¿quiénes estaban allí? Cuando pensamos en noviembre de 1811 solemos recordar a un pequeño grupo de próceres cuyos nombres aprendimos desde niños. Pero aquellos acontecimientos ocurrieron en una ciudad habitada también por indígenas, mulatos, negros, mestizos, mujeres, artesanos, sirvientes, vendedores, esclavos, soldados y personas pobres. Ellos también vivieron ese momento histórico.
Entonces, comencé a buscar sus rastros. Muchas veces no aparecen como protagonistas en los grandes relatos, sino lateralmente: en procesos judiciales, declaraciones, expedientes, registros parroquiales o documentos administrativos. A veces la historia apenas conserva un nombre, un oficio, una condición social o una frase.
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Mi trabajo como novelista fue partir de esos hechos documentados y, donde el documento guardaba silencio, construir una vida posible alrededor de ellos. Siempre procurando distinguir para mí misma entre lo históricamente documentado y la hipótesis narrativa verosímil. La ficción me permitió entrar precisamente en esos espacios donde el archivo ya no puede responder.
¿Qué contradicciones o “zonas silenciadas” de la época le parecieron más fascinantes de abordar en la ficción?
Probablemente la mayor contradicción fue descubrir la distancia que puede existir entre la memoria colectiva y los documentos contemporáneos a los acontecimientos. La Independencia que recibimos como relato nacional fue construida posteriormente, 100 años después; y, como ocurre con muchas narrativas fundacionales, necesitó héroes, símbolos y episodios capaces de representar una nación.
Pero cuando uno regresa a los documentos de la época encuentra una realidad mucho menos ordenada: intereses económicos, conflictos entre grupos sociales, tensiones raciales, rivalidades entre criollos y peninsulares, demandas populares y personas que quizá no estaban pensando todavía en “independencia” en el sentido que nosotros damos hoy a esa palabra. Eso me fascinó.
También me interesaron muchísimo las mujeres. Estaban allí, aunque pocas veces ocuparan el centro del documento. Y me interesó particularmente la participación de los sectores populares, porque sus propias demandas revelan que aquellas movilizaciones no respondían necesariamente a una sola causa ni perseguían, todos, el mismo objetivo. Azul Ventura nace justamente dentro de esas contradicciones.
El jurado destacó que Azul Ventura cuenta con una documentación histórica profunda e informada con los debates historiográficos más recientes. Siendo médica cirujana, investigadora y abogada, ¿cómo dialogaron sus distintas facetas profesionales con el trabajo de archivo a la hora de estructurar la novela?
Creo que inevitablemente investigué la novela con las herramientas que esas profesiones me han dado. La Medicina me enseñó a observar, a buscar evidencias y a desconfiar de una conclusión cuando los datos no alcanzan para sostenerla. El Derecho me acostumbró a leer testimonios preguntándome quién habla, qué afirma realmente, qué puede demostrar y qué intereses pueden existir detrás de una declaración. Y la Investigación me enseñó algo indispensable: una fuente no necesariamente contiene toda la verdad simplemente porque sea antigua.

Eso fue particularmente importante trabajando con procesos judiciales y documentos oficiales. Una declaración de 1811 es extraordinariamente valiosa, pero sigue siendo la declaración de una persona concreta, pronunciada bajo determinadas circunstancias y ante una determinada autoridad.
Después aparecía la novelista, que hacía otra pregunta: ¿cómo pudo haber vivido esto un ser humano?
Allí comenzaba la imaginación. Pero procuré que esa imaginación nunca contradijera deliberadamente aquello que podía comprobar documentalmente.
¿Qué balance o equilibrios tuvo que hacer para que el dato histórico no ahogara el ritmo narrativo de los personajes y sus emociones?
Ese fue uno de los mayores desafíos. Una novela histórica puede convertirse fácilmente en un libro de historia disfrazado de ficción, y yo no quería eso. El lector no necesita saber todo lo que investigó el autor. Necesita saber aquello que afecta a los personajes. Por eso traté de hacer que la información histórica entrara en la novela a través de la experiencia humana: alguien tiene hambre porque escasea un alimento; alguien teme una epidemia; una mujer sabe que determinada conducta puede destruir su reputación; un hombre se indigna porque debe pagar un tributo; otro teme pronunciar determinadas palabras porque pueden llevarlo a prisión.
Cuando el dato histórico modifica la vida del personaje, deja de sentirse como dato. Se convierte en conflicto. Y allí está, para mí, el equilibrio entre historia y literatura.

Con la novela ya impresa y disponible al público, ¿qué preguntas o reflexiones le gustaría que se plantee el lector salvadoreño tras cerrar la última página de Azul Ventura?
Me gustaría que el lector cerrara el libro con más preguntas que respuestas. Que se preguntara cuánto de aquello que creemos conocer del pasado ocurrió exactamente como nos lo contaron. Quién decidió qué personajes merecían ser recordados y cuáles podían desaparecer. Qué ocurrió con las mujeres, los indígenas, los mulatos, los negros, los mestizos y la gente común que también participó en aquellos acontecimientos.
Pero hay otra pregunta que para mí es todavía más importante: ¿qué sucede cuando dejamos de mirar a nuestros personajes históricos como estatuas y volvemos a verlos como seres humanos?
Tenían intereses, contradicciones, miedos, ambiciones, afectos y prejuicios. Algunos realizaron actos extraordinarios y también pudieron equivocarse. No creo que revisar críticamente nuestra historia disminuya a El Salvador. Al contrario. Creo que conocerla en toda su complejidad nos permite comprendernos mejor.
¿Qué siente ahora que va materializada esta historia ganadora del premio de UCA Editores?
Siento una mezcla de felicidad, gratitud y también una especie de desprendimiento.
Durante mucho tiempo estos personajes fueron solamente míos. Vivían conmigo mientras investigaba y escribía. Yo sabía cómo hablaban, qué temían, qué deseaban, qué escondían. Ahora el libro existe y dejan de pertenecerme exclusivamente. Miriam y todos los personajes de Azul Ventura pasan a la imaginación de cada lector.
Quizá esa sea una de las experiencias más hermosas de publicar una novela: comprender que uno escribió la narración, pero que a partir de ahora serán los lectores quienes le den nuevas vidas.
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