No esperemos perder a alguien para descubrir cuánto significaba. Abracemos hoy, perdonemos hoy, visitemos hoy y amemos hoy
No esperemos perder a alguien para descubrir cuánto significaba. Abracemos hoy, perdonemos hoy, visitemos hoy y amemos hoy

Hay una verdad de la vida que conmueve profundamente: mientras unos darían todo lo que poseen por recuperar cinco minutos de su pasado, otros tenemos todavía la oportunidad de disfrutar aquello que ellos perdieron para siempre. A veces, sin darnos cuenta, vivimos tan pendientes de lo que nos falta que dejamos de apreciar las bendiciones que Dios ha colocado frente a nuestros ojos.
Pensemos en algo sencillo. Hay personas que tienen un empleo y, entre las preocupaciones y la rutina, han perdido el entusiasmo por su trabajo. Mientras tanto, un padre desempleado recorre las calles buscando una oportunidad para llevar alimento a sus hijos. Lo que para uno se ha convertido en una carga, para otro representa una respuesta a sus oraciones.
Hay quienes todavía tienen a su madre o a su padre con vida, pero las ocupaciones les impiden visitarlos con frecuencia. Mientras tanto, alguien permanece frente a una tumba, recordando aquellas conversaciones que parecían interminables y deseando escuchar nuevamente una voz que jamás volverá a responderle. Qué hermoso sería comprender, mientras todavía podemos, que una visita inesperada puede significar más que cualquier regalo costoso.
Algo parecido sucede en el matrimonio. A veces, las responsabilidades económicas, los hijos y el cansancio van dejando poco espacio para los pequeños detalles. Sin embargo, hay personas que han perdido a su compañero de vida y darían cualquier cosa por compartir una cena sencilla, caminar tomados de la mano o escuchar nuevamente aquella pregunta cotidiana: «¿Cómo te fue hoy?».
También ocurre con la salud. Quien puede caminar, trabajar y levantarse cada mañana pocas veces piensa en el extraordinario privilegio que representa hacerlo sin dolor. En cambio, quien enfrenta una enfermedad comprende cuánto vale aquello que antes parecía tan natural. Cuidarnos también constituye una manera de agradecerle a Dios por la vida.
La libertad merece una reflexión semejante. Mientras algunos la arriesgan por decisiones impulsivas, hay personas privadas de ella que sueñan con volver a sentarse alrededor de una mesa familiar. Incluso nuestro hogar, por sencillo que sea, representa una bendición que muchas familias anhelan tener.
Pero quizá donde esta reflexión adquiere mayor profundidad es en nuestra relación con los hijos. Cuántas veces hemos respondido: «Ahora no puedo, estoy ocupado». Y ciertamente, trabajar y cumplir nuestras responsabilidades es necesario. Sin embargo, los hijos crecen silenciosamente. Un día dejan de pedirnos que juguemos con ellos, no porque hayan dejado de necesitarnos, sino porque aquella etapa de su infancia terminó.
No escribo estas palabras para señalar culpables. Todos, de alguna manera, hemos permitido que las preocupaciones nos distraigan de lo verdaderamente importante. La intención es recordar que todavía estamos a tiempo de cambiar nuestras prioridades.
Por eso, si nuestros padres viven, visitémoslos. Si tenemos hijos, escuchémoslos. Si compartimos la vida con alguien que nos ama, cuidemos esa relación. No reservemos las flores para los funerales ni las palabras hermosas para los discursos de despedida. El amor necesita expresarse mientras existen oídos que puedan escucharlo y brazos que todavía puedan corresponder a nuestros abrazos.
Trabajemos, estudiemos, emprendamos y procuremos prosperar. Nada hay de malo en alcanzar metas legítimas. Pero ningún éxito profesional debería costarnos la familia, ni ninguna fortuna compensará los años de afecto que dejamos de compartir.
La Escritura nos recuerda en el Salmo 49:17: «Porque cuando muera no llevará nada, Ni descenderá tras él su gloria».
Y el Señor Jesucristo nos confronta con una pregunta todavía más profunda: «Porque ¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma?» (Marcos 8:36).
La vida terrenal es breve y la eternidad es real. Por eso necesitamos ordenar nuestro corazón delante de Dios, amar a nuestra familia y administrar sabiamente el tiempo que Él nos concede.
Que cuando llegue el momento de despedirnos de esta tierra, nuestros seres queridos no tengan que preguntarse cuánto los amábamos, porque se lo demostramos mientras estuvimos juntos.
No esperemos perder a alguien para descubrir cuánto significaba. Abracemos hoy, perdonemos hoy, visitemos hoy y amemos hoy. Porque las flores más hermosas no son las que adornan una tumba, sino las que entregamos con amor a quienes todavía pueden recibirlas.
Abogado y teólogo.
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