Difícilmente el gobierno socialista puede remontar esta curva inesperada. No hay retórica que valga a pocas semanas de unas elecciones generales en las que muchos votantes acudirán a las urnas hastiados e indignados
Difícilmente el gobierno socialista puede remontar esta curva inesperada. No hay retórica que valga a pocas semanas de unas elecciones generales en las que muchos votantes acudirán a las urnas hastiados e indignados
La política es como la vida: está llena de sorpresas que pueden cambiar inesperadamente el rumbo de los acontecimientos. O, quizás, es que la política no es nada más que un reflejo de los golpes del azar que determinan nuestra existencia. El trágico accidente ferroviario que acaba de sacudir España nuevamente es la prueba de que, en la agenda de la política, y de la vida misma, no hay nada escrito en piedra.
Mientras los españoles acompañan en el duelo a las familias que han perdido seres queridos por la colisión entre dos trenes rápidos que se ha cobrado la vida de al menos 69 personas más un saldo elevado de heridos, el gobierno socialista, presidido por Pedro Sánchez, no sabe cómo encajar este último noqueo después de una accidentada gestión de ocho años. El desgaste es incuestionable por los escándalos de corrupción que salpican a la cúpula socialista; la pésima gestión de la avalancha de inmigrantes en el enclave autonómico de Ceuta; y una crisis de vivienda, combinada con los bajos salarios, que afecta a gran parte de la juventud española. Pese a todo, el bloque de la izquierda ha confiado, al menos hasta hace unos días, en la movilización contra el avance imparable de la derecha, capitaneada por el dirigente del Partido Popular, Alberto Núñez Feijóo, quien con casi toda seguridad podría imponerse en las elecciones programadas para el 29 de noviembre. Es verdad que todo apunta a que tendrá que gobernar en coalición con el partido de ultraderecha Vox, lo que desanima a cualquier liberal moderado. Paralelamente, el discurso progresista de los socialistas ya no puede contrarrestar la mala imagen de un gobierno que no solo no ofrece soluciones a cuestiones acuciantes, sino que es percibido como gravemente negligente.
Hace nueve meses toda España se conmocionó con la colisión entre dos trenes de alta velocidad en el trayecto Madrid-Sevilla. En esa ocasión hubo que lamentar medio centenar de muertes por un aparente desperfecto en las vías y la investigación permanece abierta. En ese momento el actual ministro de Transportes, Oscar Puente, defendió la labor de su ministerio, pero admitió que había que mejorar las supervisiones de las infraestructuras. España fue pionera en el mundo cuando en 1992 se inauguró el primer trayecto de trenes de alta velocidad, precisamente el que salía de la Estación de Atocha, en Madrid, y culminaba en la Estación de Santa Justa, en Sevilla. Durante más de tres décadas ha sido motivo de orgullo por un funcionamiento estelar debido a la puntualidad, modernidad y comodidad del sistema ferroviario. Tanto para locales como turistas, un trayecto en AVE era rápido, placentero y conveniente.
Todo se empañó con el accidente de Adamuz hace casi un año, ya que quedaron al descubierto el descuido en el mantenimiento y en la inversión del entramado de unas redes ferroviarias que cada vez cuentan con más usuarios y que están necesitadas de renovación. Hubo promesas de mejora y se aseguró que un suceso con consecuencias tan graves no podía repetirse. Un segundo siniestro (en el mismo trayecto hacia el sur) en cuestión de meses y con más víctimas mortales echa por tierra todas las palabras vertidas. Son días en que el gobierno, en plena pre campaña electoral por los comicios que se celebrarán el 29 de noviembre, vuelve a hablar de promesas y de una revisión del sistema ferroviario. El propio presidente del gobierno ha declarado que dos accidentes de tal magnitud en tan poco tiempo es algo “inasumible”. También desde la Administración se cargan las tintas sobre los posibles fallos humanos de los controladores ferroviarios que pudieron dar coordenadas erradas a los maquinistas de los dos trenes siniestrados (uno de ellos murió y otro ha sobrevivido), pero los expertos señalan que todo depende del fallo general en las capas de un sistema de seguridad que colapsó. Por si fuera poco, hace tres semanas el consejero delegado de Iryo, una de las dos empresas implicadas en este terrible accidente, advirtió de los problemas que últimamente daba el sistema automático de seguridad. Por el momento, el ministro de Transportes no contempla dimitir. Esta nueva investigación no ha hecho más que comenzar mientras las familias lloran a sus muertos y los españoles sienten que las instituciones no están a la altura.
Difícilmente el gobierno socialista puede remontar esta curva inesperada. No hay retórica que valga a pocas semanas de unas elecciones generales en las que muchos votantes acudirán a las urnas hastiados e indignados por una segunda tragedia que podría haberse prevenido. La consigna oficial es la del atrincheramiento ideológico. En política, los guiones suelen encajonarse en el dogma, pero en cuestión de instantes la vida hace añicos las verdades más absolutas. [©FIRMAS PRESS]
Gina Montaner (La Habana, 1960). Periodista y escritora. Desde hace más de cuatro décadas publica una columna semanal en el Nuevo Herald y en diversos periódicos en América Latina. Sus libros más recientes son No esperes por mí mañana (Planeta 2026) y Deséenme un buen viaje. Memorias de una despedida (Planeta 2024). En 2009 publicó la novela La mala fama (Plaza y Janés) y en 2006 coordinó y prologó Un día sin inmigrantes (Grijalbo).
*Twitter: ginamontaner
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