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¿Y usted irá a enflorar?

El cementerio de mi pueblo se llena de gente. Además de recordar a quienes fallecieron, encontramos amigos y conocidos. Nos saludamos, preguntamos por las familias y evocamos tiempos compartidos

Cada 2 de noviembre recordamos a nuestros difuntos. La conmemoración católica de esa fecha se remonta al año 998, cuando san Odilón, abad de Cluny, en Francia, dispuso que los monasterios bajo su autoridad dedicaran esa jornada a orar por los fallecidos. La costumbre se extendió gradualmente por Europa y por toda la Iglesia católica, llegando después a otros continentes.

La humanidad, sin embargo, recuerda a sus muertos desde mucho antes. Cada cultura ha encontrado maneras de expresar respeto, gratitud y esperanza. La UNESCO reconoció en 2003 las fiestas indígenas mexicanas dedicadas a los muertos, incorporadas en 2008 a su Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Ese reconocimiento contribuye a salvaguardar una tradición; no equivale a establecer un día mundial de los difuntos.

El año antepasado, durante una visita a un buen amigo mexicano, excelente consultor en gestión del vapor, me explicó cómo celebran estas fechas en su país. Limpian con esmero la casa y preparan altares con fotografías de sus familiares fallecidos y los manjares que les gustaban. Según la tradición que me describió, sus difuntos regresan a visitarlos y a disfrutar de lo que les han preparado. Me conmovió aquella forma de recibirlos nuevamente en casa.

Durante aquella visita también presencié un alegre desfile en honor a la Catrina por el Paseo de la Reforma, en la Ciudad de México. La muerte aparecía representada con elegancia, color y humor. En Japón, durante el Obon, las familias visitan las tumbas y, en algunas localidades, despiden simbólicamente a los antepasados con faroles sobre el agua. En las comunidades chinas, el Qingming reúne a las familias para limpiar sepulturas y presentar flores, incienso y alimentos.

Cuando llegué a Alemania me sorprendió otra costumbre: después del entierro de un familiar, se invitaba a los asistentes a tomar café con pastel en un restaurante. Era una manera de agradecer su acompañamiento. En nuestros cementerios, algunas familias llevan músicos para escuchar las canciones preferidas de sus difuntos. Una melodía puede devolvernos una voz, una celebración o una tarde compartida.

En El Salvador hay dos palabras que cobran vida cuando se acerca noviembre: coronar y enflorar. «Tengo que ir a San Vicente a coronar a mis padres y a Tecoluca a mis abuelos», escuchamos decir. Durante un almuerzo me recordaron que antes se preparaban coronas con ramitas de ciprés. Hoy también se dice «enflorar», porque se llevan flores naturales y artificiales, algunas elaboradas por artesanos que las enceran para que duren.

El cementerio de mi pueblo se llena de gente. Además de recordar a quienes fallecieron, encontramos amigos y conocidos. Nos saludamos, preguntamos por las familias y evocamos tiempos compartidos. El domingo pasado visité la tumba familiar donde descansan mis padres, tías y hermanos. Allí van llegando los parientes que se nos adelantan. Yo digo, en broma, que con mucho gusto les cedo el paso.

Durante años hice ese recorrido con mi amigo Mundo. Íbamos juntos a visitar las tumbas de nuestros padres. Él falleció hace más de un año. Ahora también lo recuerdo a él.

Hace tiempo leí que la verdadera democracia está en el cementerio. Aunque las tumbas sean distintas, los cargos, las fortunas y los títulos no cambian el destino que compartimos.

Recuerdo que en los años sesenta era común que las viudas vistieran de negro durante un año. Me parecía ingrato que, además de perder a su compañero, soportaran esa exigencia bajo el calor de mi pueblo. Algunas encontrarían consuelo; otras sentirían su peso. El cariño y la pena no se miden por la ropa. Cada persona merece vivir su duelo con libertad.

Hace muchos años yo le temía a la muerte, pero una escena de la película Forrest Gump cambió mi perspectiva: su madre, enferma, le explica serenamente que morir forma parte de la vida. Aquella sencillez me ayudó a aceptar nuestra condición. Como católico, encuentro consuelo en rezar por nuestros difuntos y en la esperanza de volver a encontrarnos cuando emprendamos el camino hacia la eternidad.

Deseo que este año les vaya bien a las familias que preparan coronas, flores y adornos, a quienes ofrecen sus servicios en los cementerios y a quienes venden comida y golosinas típicas frente a sus puertas. Con su trabajo nos ayudan a expresar cariño y agradecimiento a nuestros seres queridos. Esta tradición también sostiene muchos hogares. Merecen nuestro reconocimiento y una remuneración justa.

¿Y usted va a ir a enflorar? Ojalá que la visita le regale paz, recuerdos y algún encuentro entrañable. Que encuentre flores preparadas con esmero y pueda disfrutar alguna golosina de nuestra tierra. Y que, al regresar, dedique tiempo a alguien querido. Algún día otros irán a visitarnos. Hoy todavía podemos escuchar, agradecer, pedir perdón y abrazar a quienes comparten nuestro camino. También podemos decirles, sin esperar una fecha especial, cuánto significan para nosotros.

Pedro Roque

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