Que nuestra firma abra el camino a la justicia, que nuestra influencia proteja al débil y que nuestra voz llegue a tiempo
Que nuestra firma abra el camino a la justicia, que nuestra influencia proteja al débil y que nuestra voz llegue a tiempo

Hay una forma de empobrecerse mientras se asciende: ganar autoridad y perder sensibilidad. El apóstol Juan lo advirtió al describir a Diótrefes como alguien «al cual le gusta tener el primer lugar entre ellos» (3 Juan 9). La frase descubre una inclinación del corazón cuyas consecuencias padecía toda una comunidad: aquel hombre había llegado a considerar su posición más importante que el bienestar de sus hermanos.
¿Quién era Diótrefes? La carta no identifica su cargo ni reconstruye su historia. Lo conocemos por sus actuaciones: rechazaba la intervención de Juan, desacreditaba a sus colaboradores, impedía recibir a los hermanos y expulsaba de la congregación a quienes deseaban hacerlo. Su influencia era considerable; su disposición a rendir cuentas, bastante menor.
En aquel tiempo, los obreros que viajaban anunciando el evangelio dependían de la hospitalidad de otros creyentes. Recibirlos significaba cooperar con la verdad. Diótrefes obstaculizaba esa colaboración y castigaba a quienes la practicaban. Una ironía dolorosa: en una iglesia reunida alrededor del Señor que recibió a los pecadores alguien se había especializado en cerrar puertas a los hermanos.
Juan identifica el problema: amaba el primer lugar. No debemos atribuirle motivaciones que desconocemos, pero sus acciones muestran cómo esa ambición gobernaba sus relaciones. Quería decidir quién entraba, quién permanecía y quién podía ayudar. Había convertido su influencia en un mecanismo para someter la voluntad ajena.
El Señor Jesucristo enseñó: «El que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor» (Marcos 10:43). Pedro exhortó a cuidar del rebaño sin enseñorearse de él. La autoridad bíblica entraña responsabilidad ante Dios y cuidado hacia las personas. Por eso, cuando alguien emplea su posición para humillar, intimidar o impedir el bien, corresponde examinar su conducta, aunque conserve intactos el cargo y las buenas maneras.
Los Diótrefes del siglo XXI aparecen donde una persona puede decidir sobre otra. Pudiendo orientar, confunden; pudiendo ayudar, hunden; pudiendo extender la mano, añaden peso sobre quien ya está caído. Algunos atropellos llegan mediante una amenaza. Otros llevan firma, sello y una explicación impecablemente administrativa.
El poder puede enfermar el juicio y esclavizar el corazón cuando quien lo ejerce deja de aceptar límites. Entonces escuchar parece debilidad, rectificar se vuelve una ofensa y el sufrimiento ajeno termina reducido a una molestia. Conviene recordar que ninguna investidura vuelve infalible a su titular, y ningún procedimiento debería servir para desentenderse de una injusticia.
Esta reflexión alcanza también nuestra realidad salvadoreña. La tranquilidad recuperada frente a la violencia de las pandillas merece reconocimiento. También merecen atención diligente las denuncias de detenciones arbitrarias y los casos de personas inocentes privadas de libertad. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos ha expresado preocupaciones sobre estas denuncias; el Estado ha rechazado la existencia de una política de graves violaciones y destacado los resultados de seguridad. El examen individual de los casos permite esclarecer hechos y responsabilidades. (oas.org)
Nadie debe anticipar culpabilidades ni declarar inocencias sin conocer las pruebas. Pero escuchar a una familia, examinar documentación, garantizar defensa y corregir un error son deberes que reclaman diligencia. Cuando está en juego la libertad, la indiferencia tiene consecuencias que otros pagan con años de vida.
La respuesta de Juan tampoco fue el silencio: anunció que señalaría las obras de Diótrefes y exhortó a Gayo a perseverar en el bien. Su ejemplo nos recuerda que respetar la autoridad incluye pedir que se ejerza responsablemente. Hablar con verdad, documentar un abuso y acompañar al indefenso son formas de cuidar a la comunidad.
Todos estamos llamados a alzar la voz frente al abuso y al manejo irresponsable del poder, cada uno desde su responsabilidad, con prudencia y firmeza. La exhortación comienza en nuestra propia conciencia: ¿qué hacemos cuando ayudar está a nuestro alcance? ¿Y qué hacemos cuando vemos que alguien utiliza su posición para perjudicar?
El día que estemos frente a una persona caída, nuestro cargo importará menos que nuestra respuesta. Que nuestra firma abra el camino a la justicia, que nuestra influencia proteja al débil y que nuestra voz llegue a tiempo. Porque hay silencios que dejan al indefenso demasiado solo, y una autoridad que merece respeto también debe saber escucharlo.
Abogado y teólogo.
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