Las calles de Europa están experimentando una peligrosa metamorfosis. Lo que comenzó como una legítima y necesaria manifestación ciudadana por el encarecimiento de la vida y la imposibilidad de acceder a una vivienda digna, termina con frecuencia sepultado bajo el estruendo de los disturbios, adoquines volando y contenedores en llamas.
Los episodios vividos son el reflejo de una coreografía del caos que ya se representado en Francia, Italia, España, Albania, Bélgica y que responde a una mecánica tan antigua como efectiva: la táctica del bloque negro o “black bloc”. Esto pasa cuando los gobiernos miran para otra parte y la gente se desespera.
Es fundamental entender que el llamado bloque negro no posee unas siglas corporativas, carece de una sede física, no cobra cuotas de afiliación ni tiene un líder supremo. Nació en la Alemania Occidental de los años ochenta como un método puramente defensivo de activistas radicales que descubrieron que, si vestían uniformados de negro y se tapaban el rostro, impedían su identificación individual.
Cuarenta años después, esta herramienta se ha convertido en una franquicia global sin mandos centrales. Operan mimetizándose entre multitudes pacíficas y transversales para, en el momento preciso, desplegar violencia contra bancos, multinacionales, tiendas de lujo o fuerzas del orden. Sin embargo, la quema del ayuntamiento histórico de Limoges, en Francia, demuestra que esta práctica ha mutado hacia el caos por el caos, atentando contra los bienes públicos, comunes de los ciudadanos.
Lo verdaderamente alarmante de esta dinámica no es solo el daño material, sino su perversa efectividad psicológica descrita por los modelos de comportamiento colectivo de Mark Granovetter, quien postula que grupos pequeños y radicales pueden desencadenar un efecto de participación en cascada dentro de una multitud.
Al actuar en grupos reducidos y golpear primero, estos maestros del conflicto reducen a cero el umbral de contención de la multitud. Provocan un dilema envenenado en las fuerzas policiales, las que, al responder con cargas indiscriminadas para contener el foco violento, terminan radicalizando a los manifestantes moderados. Es un bucle perverso: la violencia institucional alimenta la rabia de la calle, justificando una nueva protesta con un perfil de asistentes mucho más tenso y propenso al choque directo.
A pocas semanas de citas electorales clave, en varios países europeos, este escenario de polarización resulta sumamente rentable para las cúpulas políticas. A la extrema derecha le permite victimizarse y consolidar su relato de orden frente al vandalismo radical. A ciertos sectores de la izquierda les sirve de resorte para movilizar a un electorado desencantado, sustituyendo el debate de la gestión económica por el discurso del miedo. Incluso a los gobiernos les otorga una cortina de humo ideal: mientras los informativos abren con sillas volando en las calles, nadie habla de las promesas incumplidas en materia de vivienda ni de los sueldos precarios de los jóvenes.
Pero el peligro real de alimentar el incendio callejero es el día después. Cuando una sociedad se harta del desorden crónico, acaba suplicando cualquier tipo de autoridad que le garantice la paz, soportando recortes drásticos a sus propias libertades.
Lo vivido en nuestro país, que pasó de tasas de homicidio espeluznantes a una tranquilidad patente bajo un régimen de excepción permanente, nos recuerda que el orden tiene un precio constitucional muy elevado.
Como destaca el analista Marc Vidal, quienes hoy prenden la mecha en Europa están pavimentando el camino para el control digital, las restricciones de reunión y la censura mañana.
Las leyes excepcionales que se diseñan para frenar a un encapuchado, o un terrorista tatuado, terminan aplicándose a cualquier ciudadano que decida alzar la voz. La calle y la protesta legítima, sostiene Vidal, pertenecen a quienes las defienden a cara descubierta. Ceder la indignación social a los profesionales del disturbio es el billete de ida hacia un estado de vigilancia del que rara vez se regresa.
Ingeniero/@carlosmayorare