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Haití: cuatro soldados desaparecidos, cuatro familias que claman a Dios y una nación que debe reflexionar

La desaparición de cuatro militares salvadoreños y el despliegue anunciado de hasta 200 efectivos para reforzar su búsqueda constituyen acontecimientos que merecen nuestra atención, solidaridad y reflexión

Jaime Ramírez Ortega

Hay cuatro familias salvadoreñas que hoy no esperan una medalla, un reconocimiento militar ni un discurso político. Esperan algo infinitamente más valioso: escuchar nuevamente la voz de sus seres queridos y verlos regresar vivos a casa.

Mientras nosotros continuamos nuestras actividades cotidianas, esas familias viven una angustia difícil de describir. 

Cada llamada telefónica puede despertar una esperanza; cada hora de silencio prolonga la incertidumbre. 

Sus seres queridos partieron hacia Haití para cumplir una misión internacional, sin imaginar que terminarían desaparecidos en medio de uno de los escenarios de violencia criminal más peligrosos del continente.

La desaparición de cuatro militares salvadoreños y el despliegue anunciado de hasta 200 efectivos para reforzar su búsqueda constituyen acontecimientos que merecen nuestra atención, solidaridad y reflexión. 

Hasta este 26 de octubre de 2026, no existe confirmación pública verificable de que hayan sido encontrados con vida o de que hayan fallecido. 

Por respeto a sus familias, debemos evitar las especulaciones y mantener viva la esperanza.

Haití atraviesa una tragedia que no comenzó ayer. Décadas de inestabilidad política, pobreza, corrupción, desastres naturales y debilitamiento institucional han permitido que organizaciones criminales sometan comunidades enteras. 

Miles de familias viven amenazadas por pandillas que asesinan, secuestran, extorsionan y desplazan a personas inocentes.

Pero Haití no es solamente violencia.

Estamos hablando de una nación que en 1804 protagonizó una de las gestas más extraordinarias de la historia, convirtiéndose en la primera república negra independiente del mundo moderno. 

Es una tierra de extraordinaria riqueza cultural, de música, literatura, pintura y profundas tradiciones. 

Es también un pueblo trabajador, donde innumerables familias sueñan con algo tan elemental como vivir sin miedo.

Desde nuestra perspectiva cristiana, existe además una realidad espiritual que merece examinarse con seriedad.

Haití conserva una importante tradición vinculada al vudú, una religión que incorpora elementos de espiritualidad africana y que, en determinados sectores, convive con prácticas de invocación de espíritus y ceremonias que resultan incompatibles con la enseñanza bíblica. 

Sin embargo, no sería correcto atribuir la criminalidad de las pandillas a todos los practicantes de esa religión, ni afirmar sin pruebas que sus integrantes mantienen pactos satánicos.

La propia realidad religiosa haitiana demuestra su diversidad. 

Según una encuesta de 2017 recogida en informes internacionales, aproximadamente el 87 % de la población se identificaba con distintas expresiones del cristianismo, incluyendo católicos y protestantes. 

También existen comunidades que practican el vudú y otras creencias. Estas identidades pueden superponerse, por lo que las cifras no reflejan completamente la complejidad religiosa del país.

Desde la fe cristiana conservadora, creemos que la maldad posee una dimensión espiritual. 

Sin embargo, las Escrituras nos enseñan a combatir el mal sin convertir a los seres humanos en enemigos de nuestra compasión.

El apóstol Pablo escribió:

«Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes». Efesios 6:12.

Este pasaje no pretende sustituir la responsabilidad humana ni explicar automáticamente cada crimen mediante fuerzas espirituales. 

Nos recuerda que el creyente debe permanecer firme frente al mal, sin abandonar la verdad, la justicia y el amor al prójimo.

En Haití también existen iglesias, pastores, misioneros y familias cristianas que oran diariamente por la paz. t

Muchos de ellos sufren persecución, desplazamiento y pobreza. No podemos confundir a quienes padecen la violencia con quienes la producen.

Haití necesita ayuda, pero El Salvador también necesita ser atendido.

Aquí debemos introducir una reflexión necesaria, sin apasionamientos políticos ni desconocer el valor de la cooperación internacional.

Nuestro país enfrenta sus propias dificultades económicas y sociales. Hay familias que apenas logran sostener sus hogares, jóvenes que necesitan oportunidades laborales, comerciantes que sobreviven bajo el peso de las deudas y comunidades que reclaman mejores condiciones de salud, educación y vivienda.

Por consiguiente, la solidaridad internacional debe ejercerse con prudencia, transparencia y responsabilidad. 

Ayudar a una nación hermana es un acto noble; comprometer recursos humanos y económicos exige valorar cuidadosamente los riesgos y las necesidades de nuestra propia población.

El apóstol Pablo también nos recuerda, en Primera de Timoteo 5:8, la obligación de proveer para los nuestros. 

Aunque el pasaje trata directamente sobre la responsabilidad familiar, contiene un principio moral que invita a reflexionar sobre el deber de cuidado hacia quienes dependen de nosotros.

Esto no significa abandonar a Haití. Significa comprender que la verdadera solidaridad no debe convertirse en descuido de nuestras responsabilidades nacionales.

Hoy, sin embargo, existe una prioridad que debe unirnos por encima de cualquier diferencia política: la vida de nuestros cuatro compatriotas.

No son números dentro de un informe militar. Son seres humanos. Son salvadoreños. Son hijos de nuestra tierra, y sus familias merecen todos los esfuerzos legítimos para conocer su paradero y lograr su regreso.

Y precisamente porque creemos en el poder de la oración, quiero concluir elevando una súplica al Señor Jesucristo.

Señor Jesucristo, Hijo del Dios viviente, hoy venimos delante de tu presencia con el corazón conmovido por nuestros cuatro compatriotas desaparecidos en Haití.

Señor, Tú conoces dónde se encuentran. Ningún lugar está oculto delante de tus ojos. Si están cautivos, abre las puertas de su liberación; si están heridos, fortalécelos; si están rodeados de peligro, extiende sobre ellos tu mano poderosa y misericordiosa.

Te suplicamos especialmente por sus madres, sus padres, sus esposas, sus hijos y todos sus seres queridos. 

Visita sus hogares en estas horas de angustia. Donde hay lágrimas, derrama tu consuelo; donde existe desesperación, renueva la esperanza; y donde el temor amenaza con vencerlos, permite que tu paz sostenga sus corazones.

Concede sabiduría a quienes participan en las operaciones de búsqueda. Protégelos de toda emboscada y de todo peligro. 

Permite que las autoridades actúen con prudencia, humanidad y determinación, y que nuestros compatriotas puedan regresar sanos y salvos a los brazos de sus familias.

También te pedimos por Haití. Ten misericordia de sus niños, de sus ancianos, de sus iglesias y de tantas familias inocentes que sufren bajo el dominio de la violencia. 

Que la justicia prevalezca sobre la criminalidad y que tu Evangelio continúe llevando esperanza a quienes viven en medio de la oscuridad.

Señor Jesús, que ninguna familia salvadoreña tenga que recibir la noticia que más teme. Que estos hogares, hoy llenos de incertidumbre, puedan volver a llenarse de abrazos, lágrimas de alegría y gratitud por el regreso de sus seres queridos. 

En tu santo nombre oramos. Amén.

La Escritura declara: «Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones». Salmo 46:1.

Que estas palabras sean el refugio espiritual de las familias que hoy esperan noticias.

Porque, al final, las operaciones militares podrán medirse por sus resultados, las decisiones gubernamentales podrán ser examinadas por la historia y las políticas internacionales podrán ser objeto de debate. 

Pero hay algo que jamás debemos perder de vista: ninguna misión internacional, ninguna estrategia política y ningún interés de Estado valen más que la vida de un ser humano.

Hoy no pedimos victorias militares ni celebraciones políticas. Pedimos cuatro vidas a salvo, cuatro familias reunidas y cuatro compatriotas regresando a la tierra que los vio nacer.

Que Dios tenga misericordia de Haití, que proteja a El Salvador y que el Señor Jesucristo nos conceda pronto la bendición de ver regresar con vida a nuestros cuatro hermanos salvadoreños.

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