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Cuando la justicia pierde la sensibilidad, los inocentes también sufren

Mateo 25:35-40 (Reina-Valera 1960)

«Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí.

Entonces los justos le responderán diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te sustentamos, o sediento, y te dimos de beber?

¿Y cuándo te vimos forastero, y te recogimos, o desnudo, y te cubrimos?

¿O cuándo te vimos enfermo, o en la cárcel, y vinimos a ti?

Y respondiendo, el Rey les dirá: De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis».

Jaime Ramírez Ortega

Hay dos cosas que una buena parte de los salvadoreños hemos ido perdiendo: la empatía y la sensibilidad humana frente al dolor ajeno.

Mientras yo tenga comida, poco me importa quien se acuesta con hambre. Mientras tenga un techo, olvido a quienes duermen en las calles. Mientras mi familia esté bien, parece que el sufrimiento de los demás no es asunto mío. Y mientras ninguno de los míos esté encarcelado, tampoco me preocupa demasiado saber si detrás de aquellos muros hay personas inocentes.

Esa indiferencia resulta todavía más dolorosa cuando hablamos de personas privadas de libertad, acusadas de pertenecer a pandillas sin que necesariamente haya pruebas suficientes para demostrarlo.

Y mientras sus madres lloran, sus hijos esperan y sus familias suplican justicia, muchos empresarios guardan silencio, sectores de la Iglesia guardan silencio, organizaciones sociales guardan silencio, profesionales guardan silencio, centros de pensamiento guardan silencio y quienes tienen autoridad para escuchar y actuar también guardan silencio.

Nadie quiere regresar a los tiempos en que las pandillas sembraban terror en El Salvador. La seguridad alcanzada debe protegerse. Pero defenderla no significa cerrar los ojos ante posibles injusticias. No estamos hablando de liberar delincuentes, sino de revisar con responsabilidad los casos de quienes podrían estar encarcelados siendo inocentes.

La Sagrada Escritura declara:

«La misericordia y la verdad se encontraron; la justicia y la paz se besaron». Salmo 85:10.

¡Qué extraordinaria enseñanza! La verdadera paz no necesita sacrificar la justicia, y la autoridad no pierde fortaleza cuando reconoce un error; por el contrario, demuestra grandeza cuando tiene la sensibilidad y la valentía de corregirlo.

Por eso, a quienes tienen en sus manos la conducción de nuestro país, les hacemos un llamado desde el respeto y la esperanza: escuchen a esas madres, atiendan a esas familias, impulsen una revisión seria de las detenciones cuestionadas y permitan que quienes sean inocentes recuperen su libertad. Detrás de cada expediente existe una vida humana que merece justicia.

La Biblia también nos recuerda:

«Los juicios de Jehová son verdad, todos justos» (Salmo 19:9).

No olvidemos que el poder es temporal, pero la responsabilidad de ejercerlo con justicia trasciende cualquier cargo. Y que la grandeza de quien gobierna no solamente se demuestra en su capacidad de proteger a millones, sino también en su disposición de escuchar el clamor de una sola persona que sufre injustamente.

Que los culpables respondan por sus delitos, que las víctimas encuentren justicia y que ningún inocente permanezca encarcelado por indiferencia, por temor a reconocer un error o porque nadie quiso escuchar su historia.

Porque al final, la pregunta no será solamente cuánta seguridad conseguimos, sino también cuánta humanidad conservamos mientras la alcanzábamos.

Y recordemos algo: hoy puede ser el hijo de otra madre quien llora detrás de una prisión. Mañana podría ser el nuestro. La justicia que hoy pedimos para un desconocido es la misma que desearíamos para nuestros propios hijos.

Jaime Ramírez Ortega

Abogado y teólogo.

Legales Obituarios Epaper