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El retrovisor de la historia

El poder absoluto sirvió para imponer, controlar y acumular más poder, no para resolver lo esencial. No podemos ocultar la realidad que viven miles de familias que aún no reciben respuesta y que exigen salarios y pensiones justos, así como respeto por su contribución a nuestra república.

Mauricio Vargas general

¡Ochenta años después, he llegado hasta aquí siguiendo mis sueños!

Mirar por el retrovisor de la historia nos permite recordar cómo hemos actuado y comprender el presente con mayor lucidez. Conocerla equivale a dialogar con una mente privilegiada, porque sus hechos no dependen de los deseos de nadie. En ella reconocemos los hitos que generaciones enteras levantaron con su esfuerzo. Lo que desconocemos queda fuera de nuestro mundo, pues el universo de cada persona alcanza hasta donde llegan sus conocimientos. No es necesario errar en carne propia: la vida no nos dará tiempo para cometer todos los errores.

Lo vivido deja valiosas experiencias que debemos asumir y analizar para tomar decisiones. Caminante, no hay camino: se hace camino al andar. La ruta surge al recorrerla, sin un mapa que nos permita evitar siempre la misma piedra. Todo pasa y todo queda. Al volver la vista atrás, vemos una senda que ya no podremos transitar: queda como testimonio de lo ocurrido y nos recuerda que no siempre logramos lo que nos propusimos. «No podemos cambiar el viento, pero sí ajustar las velas».

La comunicación política y gubernamental gana terreno con éxito mediante una narrativa que privilegia la mentira. Lo falso se ha convertido en normalidad y ahora la honestidad ofende. Esta estrategia es aplicada por autócratas y populistas, con Trump y sus amigos a la cabeza, porque les ha funcionado.

El populismo se centra en la construcción de líderes que se presentan como protagonistas de una épica contra sus adversarios, quienes supuestamente actúan contra la voluntad popular. Los líderes populistas se atribuyen la representación del pueblo y sitúan fuera de él a quienes consideran sus adversarios. Es ahí donde adquieren formas de comunicación que ya han funcionado en otras épocas.

El ciudadano no se informa o no desea hacerlo; cuando lo hace, suele acudir directamente a quien miente o a fuentes controladas y afines a su causa. Así, la mentira se acepta como verdad, mientras la verdad provoca rechazo y las refutaciones pierden toda eficacia. Basta con mirar por el retrovisor.

La historia no está predeterminada: debemos reconocer los cambios y tomar nuestras propias decisiones. En Mi lucha, Hitler sostiene que la propaganda debe concentrarse en pocas ideas, repetirlas sin descanso y presentarlas desde distintos ángulos, siempre alrededor de un mismo concepto. Según ese planteamiento, el mensaje debe ser popular y adaptarse al nivel de comprensión más básico del público: cuanto mayor sea la masa que se pretende convencer, menor debe ser el esfuerzo mental exigido.

También describe a las masas como receptivas de forma limitada, poco comprensivas y propensas al olvido. Propone reunir a diversos adversarios en una sola categoría, atribuirles los errores propios y responder a cada ataque con otro. Cuando los hechos o las noticias no pueden negarse, recomienda inventar otros que desvíen la atención. Si conocemos al mago, ¿por qué nos sorprende el truco?

Otra huella en el camino: las democracias están asediadas constantemente. La democracia se utiliza para atacarse a sí misma y, en ese proceso, también se arrastra a la república, que arriesga su propia existencia. La política se ejerce de manera distinta. Vimos cómo la justicia se convertía en una máquina de condenas, dejando de ser justicia para transformarse en una administración de venganza.

El derecho penal debe mirar al delincuente, no a los ciudadanos inocentes, y asegurar que el poder del Estado no los aplaste. La huella y el camino muestran que esto sucede cuando los ciudadanos no comprendemos la naturaleza de las instituciones, ni su funcionamiento, y consideramos sus controles, pesos y contrapesos como obstáculos. Así, la república se debilita en nombre de la democracia: pierde valor y llega incluso a ser despreciada. Ambas deben entenderse como un binomio.

La república organiza el Estado y el poder político, que pertenece a los ciudadanos, no a autócratas, monarcas ni regímenes autoritarios. Su esencia radica en la separación de poderes, los pesos y contrapesos, la alternancia en el poder, la transparencia y la rendición de cuentas.

Se debe exigir responsabilidad a quien gobierna, no justificarlo cuando conviene. Esto no es una cuestión de izquierda o derecha, de oposición o de gobierno. Los conceptos de ley, reglas y normas solo tienen sentido cuando se basan en la igualdad.

No tengo el menor asomo de duda de que la democracia es el mejor sistema político, a pesar de sus retrocesos. La hemos vivido como algo normal en épocas de poderes sin límites, y sus consecuencias las hemos pagado muy caro.

La ignorancia y la locura son contagiosas. Otra huella en el camino son las denuncias de corrupción. En cada etapa se prometió erradicarla, pero persiste, aunque se sabe dónde está. Los problemas solo cambian de manos: continúan las desapariciones y la pobreza, mientras las evaluaciones internacionales reflejan un deterioro del desempeño.

La deuda pública crece de forma desmedida y la inversión extranjera se estanca o disminuye. Endeudarse sin prioridades ni controles perjudica a quienes más necesitan los recursos: cada dólar mal utilizado deja de atender a una familia o una necesidad social. Por ello, se requieren transparencia, rendición de cuentas y un gasto responsable, libre de condicionamientos electorales. Quien recibe apoyo tiene derecho a hacerlo sin deber agradecimiento político alguno. Cuando la limosna es grande, hasta el santo desconfía.

El poder absoluto sirvió para imponer, controlar y acumular más poder, no para resolver lo esencial. No podemos ocultar la realidad que viven miles de familias que aún no reciben respuesta y que exigen salarios y pensiones justos, así como respeto por su contribución a nuestra república.

Se protegieron movimientos e intereses particulares en lugar de defender los intereses del Estado. Se mantuvieron privilegios en lugar de desmontarlos. Todo lo vivimos como algo normal en épocas de poderes sin límites. Las consecuencias las hemos pagado caro.

Un loco hace muchos locos; sin embargo, un sabio hace pocos sabios.

Ochenta años después, ¿cuánto tiempo más seguiremos culpando al pasado, si ya formamos parte de él?

«Pareciera que estamos administrando la herencia, en lugar de corregirla».

La cruda realidad: cuando habla el miedo, la verdad se calla; y cuando el miedo habla, todos dan tres pasos hacia atrás.

El silencio es una decisión. Recordemos que creemos que el precio de levantar la voz es muy alto. Esperemos a ver cuál es el precio de quedarnos callados. El nombre de la tolerancia hoy se llama cobardía. La comodidad destruye.

«Los tiempos difíciles forjan hombres fuertes; los hombres fuertes crean tiempos fáciles; los tiempos fáciles forman hombres débiles, y los hombres débiles traen tiempos difíciles».

Mauricio Ernesto Vargas

General (r) de la Fuerza Armada de El Salvador y firmante de los Acuerdos de Paz de 1992.

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