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Cuando el «live» termina en el juzgado

El teléfono graba, pero también los problemas

Jaime Ramírez Ortega

Hay personas que cuando ven acercarse a la Policía guardan el teléfono. Otras sacan el DUI. Algunas preguntan respetuosamente qué sucede. Y después apareció la generación del TikTok Live: sacan el teléfono, encienden la cámara y pareciera que inmediatamente sienten que han sido investidos de inmunidad diplomática. ¡En vivo, papá! Como si aquella transmisión tuviera los mismos efectos jurídicos que una credencial de embajador ante las Naciones Unidas.

El problema es que el teléfono puede tener cámara 4K, tres lentes, reconocimiento facial, inteligencia artificial y hasta borrar al ex de una fotografía, pero todavía no trae incorporada una aplicación que se llame: “Evitar consecuencias de lo que usted acaba de hacer”.

Y precisamente por eso vale la pena reflexionar sobre lo ocurrido con Juan José P. A., conocido en las redes sociales como “Minimix”, quien recientemente permaneció detenido y ahora continuará enfrentando un proceso penal bajo medidas sustitutivas a la detención. Según la información divulgada por el Órgano Judicial, el Juzgado Primero de Paz de San Salvador ordenó que el caso avanzara a instrucción y le impuso, entre otras medidas, una caución económica de TRES MIL DÓLARES ($3,000.00).

Debemos aclarar algo desde el principio: Minimix está siendo procesado, no condenado. Será el tribunal competente, después de recibir y valorar la prueba conforme a derecho, quien determinará si existe responsabilidad penal. La presunción de inocencia no desaparece porque una noticia se vuelva viral ni porque medio TikTok ya haya celebrado audiencia, dictado sentencia y hasta resuelto la apelación desde los comentarios.

Pero dejando que los jueces hagan el trabajo de los jueces, nosotros sí podemos sacar una enseñanza ciudadana de este episodio.

Según la información judicial divulgada, los hechos ocurrieron el 11 de septiembre de 2026, en la comunidad Tutunichapa I, cuando agentes policiales observaron al ahora procesado y posteriormente intentaron realizarle un registro preventivo. El relato fiscal sostiene que hubo cuestionamientos hacia los agentes, expresiones ofensivas contra una agente policial y una grabación realizada con teléfono celular durante el procedimiento. Finalmente llegaron más elementos policiales y aquello que probablemente comenzó como un momento de tensión terminó en una captura.

Aquí aparece una enfermedad moderna que conviene diagnosticar antes de que se vuelva epidemia: creer que estar grabando nos concede derechos adicionales.

No.

Una cámara documenta. No corona.

Usted puede grabar determinados acontecimientos, documentar una actuación, denunciar aquello que considere irregular y ejercer los derechos que la Constitución y las leyes le reconocen. Pero el teléfono no convierte al ciudadano en juez, fiscal, comandante de la Policía ni emperador romano. Mucho menos concede licencia para insultar a una persona.

Porque una cosa es decir: “Señor agente, ¿podría explicarme el motivo del procedimiento?”. Y otra bastante diferente es convertir la calle en una sucursal de WrestleMania mientras uno grita: “¡No sabés quién soy yo!”.

Precisamente esa frase debería preocuparnos. Cuando alguien necesita preguntar “¿usted sabe quién soy yo?”, normalmente la conversación ya comenzó mal. La ley no debería preguntar cuántos seguidores tiene usted antes de aplicarse. Tampoco debería revisar si tiene cien mil vistas, cuenta verificada o si el último video llegó al millón.

Ante la ley somos ciudadanos.

Y hay otro aspecto todavía más delicado: el respeto hacia las mujeres. Ningún desacuerdo con una funcionaria pública justifica convertir su condición de mujer en instrumento para humillarla. Se puede controvertir una actuación policial, cuestionarla por los mecanismos legales correspondientes e incluso denunciarla cuando existan razones para ello. Lo que no necesitamos es transformar una diferencia con una mujer en una colección de expresiones degradantes para conseguir reproducciones.

Eso no es valentía. Y tampoco hace mejor el contenido.

A veces las redes sociales crean una trampa terrible: el creador descubre que mientras más escandaloso es, más gente lo mira. Entonces ayer hizo una broma; hoy necesita gritar; mañana necesita provocar; pasado mañana necesita insultar. El algoritmo tiene hambre y hay quienes terminan alimentándolo con su propia vida.

Hasta que un día el contenido deja de producir “likes” y comienza a producir expedientes.

Y el expediente tiene una característica terrible: no se desliza hacia arriba con el dedo.

La Biblia, escrita muchísimos siglos antes de TikTok, ya había identificado el problema. Proverbios 20:3 dice: “Honra es del hombre dejar la contienda; mas todo insensato se envolverá en ella”.

¡Qué consejo tan barato y cuánto dinero podría ahorrar!

Hay problemas que cuestan CERO DÓLARES evitar. Basta con retirarse, guardar silencio, bajar el tono y seguir caminando. En cambio, cuando decidimos entrar en la contienda pueden aparecer abogados, audiencias, cauciones, restricciones migratorias y visitas mensuales al juzgado. Entonces uno descubre tardíamente que aquella discusión que parecía gratuita venía con gastos administrativos incluidos.

Pablo también escribió algo particularmente apropiado para este caso. En Romanos 13:1 enseña: “Sométase toda persona a las autoridades superiores; porque no hay autoridad sino de parte de Dios”. El texto no significa que una autoridad pública sea infalible ni que el ciudadano deba tolerar abusos ni documentarlos con apego a la ley. Las autoridades también están sometidas a la Constitución y a la ley. Pero existe una diferencia enorme entre exigir nuestros derechos y convertir cualquier intervención de la autoridad en una competencia para descubrir quién grita más fuerte.

El cristiano puede reclamar con firmeza sin perder la educación. Puede denunciar una injusticia sin volverse injusto. Puede defender sus derechos sin pisotear la dignidad ajena.

Por eso tampoco quisiera que esta reflexión se convierta en una piedra lanzada contra Minimix. Ya suficientes piedras vuelan diariamente por las redes sociales.

Prefiero pensar en lo que puede ocurrir después.

Ojalá que los días que permaneció detenido hayan sido para él una oportunidad de reflexión. No conozco lo que ocurrió dentro de aquella celda ni sería responsable inventarlo. Pero sí puedo expresar un deseo profundamente cristiano: ojalá que allí lo haya alcanzado el Evangelio de Jesucristo.

Porque Cristo sabe entrar donde nosotros pensamos que todo terminó.

El Evangelio llegó a cárceles mucho antes de que existieran cámaras de seguridad. Pablo y Silas cantaron a Dios desde una prisión. El carcelero de Filipos terminó preguntando qué debía hacer para ser salvo. La historia cristiana está llena de hombres cuya peor noche terminó convirtiéndose en el comienzo de una vida completamente diferente.

Quizá Minimix tenga ahora una extraordinaria oportunidad.

Puede regresar a las redes exactamente igual, buscando la próxima polémica, el próximo enfrentamiento y los próximos miles de comentarios. O puede descubrir que tener audiencia también implica responsabilidad.

Imagínese el impacto de utilizar esa misma creatividad para hacer reír sin humillar, entretener sin insultar, aconsejar a los jóvenes para que no repitan nuestros errores y demostrar que cambiar no significa volverse aburrido.

El buen contenido no necesita destruir a nadie para hacernos reír.

Hay muchachos observando. Algunos probablemente conocen mejor a los tiktokers que a sus maestros. Repiten palabras, gestos, bromas y actitudes. Por eso quien alcanza cierta influencia debería preguntarse alguna vez, antes de presionar el botón de “publicar”: ¿qué estoy sembrando en quienes me siguen?

Efesios 4:29 ofrece una regla editorial extraordinaria: “Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación”.

No dice que dejemos de reír. No dice que perdamos nuestra personalidad. No dice que nunca hagamos crítica. Nos enseña algo mucho más profundo: que nuestra boca puede servir para destruir o para edificar.

Y esa es quizá la gran enseñanza que nos deja este episodio, no solamente para Minimix, sino para todos nosotros.

No busquemos problemas innecesarios. Respetemos a las mujeres. Respetemos a los agentes de autoridad. Y cuando una autoridad se equivoque, reclamemos con firmeza y documentemos, pero utilizando la ley, no el insulto. El ciudadano inteligente conoce sus derechos; el ciudadano sabio también sabe controlar su lengua.

Si alguien le pide identificarse, respire.

Si comienza una discusión, piense.

Si siente ganas de insultar, mejor cállese.

Y si ya sacó el teléfono para transmitir en vivo y documentar un hecho, recuerde algo antes de comenzar el espectáculo: Facebook puede cerrar el live, TikTok puede suspender la cuenta y usted puede borrar el video… pero hay decisiones que no tienen botón de eliminar.

Ojalá Minimix vuelva a las redes. Pero ojalá vuelva diferente. Ojalá vuelva haciendo reír, creando, creciendo y utilizando su influencia para inspirar a quienes vienen detrás. Y, sobre todo, ojalá haya descubierto que Jesucristo puede escribir una historia nueva incluso después de nuestros peores capítulos.

Porque al final no se trata de cuántas personas vieron nuestro último video.

Se trata de qué clase de persona encontraron cuando encendimos la cámara.

Y si alguna vez tiene que escoger entre ganar una discusión en la calle o regresar tranquilo a su casa, recuerde Proverbios: “Honra es del hombre dejar la contienda”.

Créame: hay batallas que se ganan precisamente no peleándolas.

Y además sale muchísimo más barato…

Abogado y teólogo.

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