Un país envejecido requerirá de mayor presión impositiva a la población joven y al sector productivo, así como una prolongación de los años de cotización y de la edad para pensionarse
Un país envejecido requerirá de mayor presión impositiva a la población joven y al sector productivo, así como una prolongación de los años de cotización y de la edad para pensionarse
Se ha hecho bastante popular argumentar aquello de que “el dato mata al relato” cuando en una discusión se muestran los fríos números en apoyo de un argumento.
Sin embargo… tengo para mí que es más frecuente que sea al revés: es más habitual que el relato mate al dato. Principalmente porque, en los dorados tiempos que corren, hemos sobrevalorado la racionalidad y minusvalorado otros factores antropológicos que a la hora de tomar decisiones (principalmente decisiones personales), nos hagan optar por la alternativa menos racional, paradójicamente.
Y es que no somos solo “cerebro”. Son muchas las ocasiones en las que las narrativas emocionales, las creencias arraigadas, las identidades grupales, la tradición cultural, etc., tienen, a la hora de actuar y a la hora de decidir, mucho más protagonismo que la evidencia empírica objetiva.
A fin de cuentas, la vida misma parece confirmar que nuestro cerebro prefiere la narrativa por encima de la estadística, por múltiples razones. Entre las que no son menores el interés personal y lo arduo que se vuelve encontrar datos “limpios”, objetivos, en la maraña de información disponible.
Para ilustrar, se puede acudir a varios ejemplos: en el ámbito económico prima más la percepción personal de la situación, que los datos e indicadores pertinentes; en el área de la seguridad pública, la propaganda y el discurso más popular lleva a desmentir datos objetivos de criminalidad y a basar todo en percepciones como el miedo o la falsa seguridad; en el campo de la propia salud, siguen pesando más los “tratamientos milagrosos” o populares, que los datos aportados por la ciencia médica; y uno en el que me quisiera detener pues sus consecuencias son importantísimas: la demografía.
El Salvador se encuentra, desde hace años, en una transición demográfica que va marcando la vida de nuestra sociedad. Con poco más de seis millones de habitantes registrados en el Censo 2024, la tasa de crecimiento poblacional muestra un descenso de casi el 50% en los últimos veinticinco años. Así, de un crecimiento del 0.77% anual en el año 2000, hemos pasado a un 0.43% en el año 2025.
Si hacemos un repaso de las teorías de control de natalidad que pretendían hacernos menos para tener una vida mejor, el asunto no parece haber funcionado. Nos hacemos menos, pero persiste un grado de pobreza alto con respecto a la población y la economía del país. Es necesario preparar el camino para lo que se nos viene encima, porque este decrecimiento demográfico parece, por el momento, irreversible.
La situación descrita nos ha traído retos y nos traerá otros, como el acelerado envejecimiento de la población: las personas de 60 años o más representan el 14.9% (2025) y se estima que podrían llegar al 25% o 26.3% hacia 2050. Esta, sin duda, es una de las razones por las que nuestro sistema de seguridad social enfrenta una crisis.
Si no hay población de reemplazo, no importa cuántas reformas futuras se hagan al sistema previsional o de pensiones, mientras su estructura se fundamente en el factor de una base poblacional amplia que sostenga a un pico de pensionados más estrecho.
Un país envejecido requerirá de mayor presión impositiva a la población joven y al sector productivo, así como una prolongación de los años de cotización y de la edad para pensionarse, además de un aumento neto en el aporte mensual de los empleados y, sí o sí, la incorporación del sector informal de la economía en el sistema. Si no logramos a tiempo cambiar las cosas para encontrar soluciones menos radicales, el futuro que nos espera no pinta nada halagüeño.
El elefante en el salón es la necesidad de que nazcan más personas. Y sin embargo… no se mueve. Toda vez que el cerebro humano parece preferir procesar e internalizar historias, que analizar hojas de cálculo.
Ingeniero/@carlosmayorare
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