La ciencia debe ser crítica, propositiva y capaz de elevar nuestro nivel de desarrollo humano
La ciencia debe ser crítica, propositiva y capaz de elevar nuestro nivel de desarrollo humano
El Salvador celebra cada 20 de septiembre el Día Nacional del Investigador Científico Salvadoreño y, en seguida, el Día Nacional de la Ciencia y la Tecnología. La primera celebración fue establecida por la Asamblea Legislativa en 2024 como reconocimiento a quienes dedican parte de su vida a producir conocimiento científico en el país; pero toda celebración debería permitirnos formular una pregunta más profunda: ¿qué lugar ocupa realmente la ciencia en un proyecto de país?
La pregunta no es menor, El Salvador enfrenta problemas complejos; verbigracia: la calidad de la educación, la transición epidemiológica, cambio climático, productividad, envejecimiento poblacional, desigualdad, transformación tecnológica, migración, urbanización y nuevas formas de organización social. Ninguno de estos puede comprenderse adecuadamente desde una sola disciplina ni resolverse exclusivamente mediante decisiones administrativas.
En ese sentido, es necesario el conocimiento científico, porque hay que preguntarnos qué conocimiento producimos, quién lo produce, para quién y con qué propósito y ahí,comienza el verdadero desafío.
Estamos ante la realidad de un país que necesita ciencia, pero todavía invierte poco en producirla. Esto permite inferir una contradicción significativa. El Salvador necesita cada vez más conocimiento para enfrentar sus problemas, pero continúa teniendo una inversión reducida en investigación y desarrollo. La UNESCO registra actualmente un gasto en I+D equivalente aproximadamente al 0.14 % del PIB.
La comparación regional tampoco resulta alentadora, porque esta misma entidad (UNESCO) señala que Iberoamérica destinaba alrededor del 0.73 % de sus recursos económicos a investigación y desarrollo. Esto significa que nuestro problema científico no consiste únicamente en cuántos investigadores tenemos. Es también un problema de capacidad institucional, financiamiento, infraestructura, formación y continuidad de las políticas científicas.
El sociólogo norteamericano Robert K. Merton, uno de los fundadores de la sociología de la ciencia, ayuda a comprenderlo. Para él, la ciencia no es simplemente un conjunto de conocimientos, es una institución social que necesita determinadas normas, comunidades, mecanismos de reconocimiento y condiciones para funcionar.
Dicho de otra manera, no podemos exigir una ciencia de primer nivel si construimos condiciones de segundo o tercer nivel para quienes investigan; no obstante, sería equivocado decir que no hemos avanzado, pero el diagnóstico crítico tampoco debería convertirse en negación.
El Salvador ha construido institucionalidad científica con mecanismos de registro de investigadores, programas de formación y espacios para reconocer la producción investigativa; para el caso, el CONACYT reporta actualmente 176 investigadores registrados en su directorio de 2025, aunque se advierte que es un registro voluntario y, por tanto, no representa el universo completo de investigadores nacionales.
Hay que mencionar la existencia de señales positivas para valorar la construcción de un ecosistema de la ciencia, entre estas: la formación de investigadores, el estímulo al trabajo científico a través del Premio Nacional a la Investigación, la generación por parte de las universidades y centros de investigación de más productos científicos, una institucionalidad que se ha ido sosteniendo en el tiempo, con un observatorio nacional que registra los indicadores de la actividad científica del país; por tanto, sería faltar a los hechos decir que no existe ciencia salvadoreña; el problema es que todavía no tiene la dimensión, el financiamiento ni la articulación que el país necesita.
Por otra parte, la ciencia también es un campo de poder, por eso la mirada sociológica resulta indispensable. Pierre Bourdieu nos recuerda que la producción científica ocurre dentro de un campo, donde existen posiciones, jerarquías, capitales y relaciones de poder. Esto obliga a formular una pregunta incómoda: ¿quién tiene capacidad real para definir qué problemas merecen ser investigados? Porque no todo aquello que es socialmente importante recibe necesariamente la misma atención científica.
Es posible investigar inteligencia artificial, biotecnología o nuevas tecnologías —y hay que hacerlo—, pero también necesitamos investigar pobreza, educación pública, salud mental, envejecimiento, desigualdad territorial, violencia, migración, cultura, pueblos indígenas, condiciones laborales y transformaciones familiares.
Una política científica madura no debería preguntarse solamente qué produce resultados económicos, sino también qué problemas afectan la vida de las personas. Aquí aparece una diferencia fundamental entre una ciencia concebida únicamente desde la lógica tecnocrática y una ciencia entendida como patrimonio social.
En esa perspectiva hay que pasar de la ciencia como concepto de “laboratorio” a una ciencia conectada con la realidad y, en ese marco, el sociólogo Bruno Latour nos ayuda a romper otra frontera. La ciencia no ocurre exclusivamente dentro del laboratorio, se construye mediante redes que relacionan investigadores, universidades, gobiernos, empresas, tecnologías, comunidades, instrumentos y ciudadanos. Esta idea es especialmente importante para El Salvador.
Bajo esa orientación, la investigación científica debería conectarse con los territorios donde están los problemas. Si investigamos agua, necesitamos escuchar a las comunidades que viven los problemas del agua. Si investigamos agricultura, necesitamos dialogar con productores. Si investigamos salud, necesitamos escuchar a pacientes y trabajadores sanitarios. Si investigamos educación, necesitamos conocer lo que ocurre en las aulas. Si investigamos inteligencia artificial, debemos preguntarnos también qué efectos tendrá sobre el empleo, la educación, la desigualdad y las relaciones humanas.
La ciencia entonces deja de ser una actividad aislada y se convierte en una red social de producción de conocimientos, pero, ¿qué sucede cuando el conocimiento llega al espacio público? Aquí Jürgen Habermas ofrece otra clave. Una sociedad democrática no necesita solamente producir conocimiento; necesita crear condiciones para discutir públicamente ese conocimiento. La ciencia puede aportar evidencia para una política pública, pero esa evidencia no debería convertirse automáticamente en una orden tecnocrática. Necesitamos ciudadanos capaces de comprenderla, medios capaces de comunicarla y autoridades capaces de escucharla.
La ciencia debe entrar en el debate público sin convertirse en propaganda, y esto supone reconocer algo fundamental: el conocimiento científico también tiene derecho a contradecir al poder. Una ciencia saludable no es aquella que confirma permanentemente las decisiones de quienes gobiernan, sino aquella que puede cuestionar los datos que se muestran y ofrecer evidencias empíricas para sopesar sus posturas. Esta praxis científica Robert Merton la denominó “el escepticismo organizado”, que implica un deber ético de la ciencia encuestionar, verificar y someter cualquier afirmación a contraste antes de admitirla como válida. Y ese principio es esencial para cualquier sociedad que quiera avanzar progresivamente.
A partir de lo anterior, el desafío no es solamente más ciencia, sino otra relación con la ciencia. El Salvador debería visualizar el futuro con una política científica mucho más de avanzada. No solamente aumentando progresivamente la inversión en investigación y desarrollo, sino fortaleciendo las capacidades científicas de la Universidad de El Salvador y centros de investigación públicos y privados, dotándolos de infraestructura científica, potenciando formación doctoralde alto nivel, fomentando la cooperación internacional y mecanismos para evitar la fuga de talentos, ya que hay que apostarle a una masa crítica autóctona capaz de ser competitiva a nivel nacional e internacional, pero que tenga condiciones para hacer ciencia y de esta un modo de vida digno para quien decida dedicarse a desarrollarla en el país.
Por último, la ciencia debe ser crítica, propositiva y capaz de elevar nuestro nivel de desarrollo humano; no podemos aspirar a una sociedad mejor si no se apuesta decididamente en una ciencia no con una mirada solo en lo tecnocrático, sino también en lo transdisciplinario, emancipador y humanista.
Sociólogo e investigador
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