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General Francisco Morazán, el militar que desafió al poder

«Declaro que mi amor a Centroamérica muere conmigo, lego mis restos al pueblo salvadoreño como muestra de mi predilección, en reconocimiento por su valor y sacrificio en defensa de la libertad y unidad nacional».

Retrato de Francisco Morazán exhibido en el nuevo mausoleo en su memoria en el Centro Histórico capitalino

El 15 de septiembre de 1842 un hombre que había amado con pasión a Centroamérica, camino a ser fusilado en Costa Rica, se detuvo y expresó:

«Declaro que mi amor a Centroamérica muere conmigo, lego mis restos al pueblo salvadoreño como muestra de mi predilección, en reconocimiento por su valor y sacrificio en defensa de la libertad y unidad nacional».

Y es que Morazán había dedicado 15 años de su vida por convertir a Centroamérica en una sola república federal.

Esos conflictos entre los países de Centroamérica fueron llamadas guerras federales y marcaron el ideario político del pensamiento conservador y liberal.

Francisco Morazán, un año antes, al saber que su destino estaba decidido, había dejado escrito su famoso Testamento de David, nombrado así porque fue escrito en la ciudad de David, hoy Panamá, el 16 de julio de 1841.

Y el testamento iniciaba diciendo:

«¡Hombres que habéis abusado de los derechos más sagrados del pueblo, por un sórdido y mezquino interés. Con vosotros hablo enemigos de la independencia y la libertad!».

Y al referirse al oprobioso poder, les decía:

«En vuestra patria perpetrabais los más atroces delitos, a los que se les daba el nombre de debilidades, para dejarlos sin castigo y nosotros perdíamos la salud en los calabozos».

«Y cuando en nuestra patria ensanchando la escala de los opresores decidíais hasta los infames oficios de cárceles y verdugos, a nosotros se nos exigían los reos y las víctimas.

«Y por último para llenar la medida de vuestro poder y nuestro infortunio aún más allá de la la tumba, en tanto que las almas de nuestros padres vagaban sin consuelo en derredor nuestro para demandarnos los medios de lograr su eterno descanso, vosotros comprabais el cielo que no habíais merecido…».

Por eso, cuando el poder conservador de Guatemala se puso del lado de los invasores de Agustín de Iturbide, Morazán dice en su testamento:

«El pueblo salvadoreño sin armas y abandonado a su propia suerte hizo impotente la negra intriga que se formaba en su seno con innobles miras defendió por largo tiempo la más hermosa de todas las causas, adquirida por digna recompensa de sus grandes hechos, la inmarcesible gloria de dar al mundo el grandioso espectáculo de un pueblo libre obtenido en su propia derrota…».

¡Así le hablaba al poder el General Francisco Morazán!

Es por eso que antes de ser fusilado, Francisco Morazán pidió que sus restos fueran llevados a El Salvador, el pueblo que más lo amó y el pueblo que él más amó, y en cumplimiento a su petición el presidente de Costa Rica, General José María Castro, el 6 de noviembre de 1848 exhumó los restos de Morazán. Los huesos de Morazán fueron cremados y depositados en una cicenaria, luego trasladados al Puerto Puntarenas. La comisión, conformada por el General salvadoreño José María Cañas y el presbítero Ramón González, salió de Costa Rica el 14 de enero de 1849 y llegó a Acajutla el 26 de enero del mismo año, durante la presidencia de Doroteo Vasconcelos.

El 14 de marzo de 1849, Vasconcelos emitió un acuerdo supremo para que las cenizas de Morazán reposaran en Santa Ana, a cuyo lugar llegaron el 6 de abril de 1849. Luego la urna de Morazán sería trasladada después en 1851 hacia Mejicanos y luego a Cojutepeque en 1855, de donde el Capitán General Gerardo Barrios ordenó inhumar las cenizas de Morazán y trasladarlas para la Catedral de San Salvador para reposar después en su mausoleo.

Sin embargo, el mausoleo de Morazán fue profanado por el General guatemalteco Rafael Carreras en el famoso sitio de San Salvador de 1863. Los restos fueron esparcidos y desaparecieron para siempre, tal como lo consignan los historiadores Carlos Cañas Dinarte y doña Lilian Díaz Sol y el mismo Capitán General Gerardo Barrios en carta enviada informando del suceso al Coronel Lasala en 1864.

La voluntad del General Francisco Morazán porque sus restos descansaran en San Salvador ha sufrido todos estos infortunios.

Es por ello que el más grande historiador de Honduras, Antonio Ramón Vallejo, en su obra monumental Compendio de la Historia Social y Política de Honduras escrita en 1882, en la página 350 escribió:

 «En la hermana y vecina República del Salvador también se ha levantado una estatua pedestre de bronce a la memoria del ilustre mártir de la unión centroamericana. Morazán al morir rogó a sus amigos que trasladaran sus restos al pueblo salvadoreño, donde hoy se conserva con el mayor respeto».

El General Morazán amó de todo corazón a los salvadoreños por sus grandes virtudes cívicas. Y en verdad, el pueblo más patriota, más noble y más generoso que tiene el América Central es el del Salvador,  también es el que más ha amado su independencia y libertad y el que más ha sufrido estas novilísimas causas.

Desde el año 1811 ha profesado y profesa odio cordial a todos los tiranos. Por eso se le ve levantarse enérgico en 1811 y 1814 contra el ominoso poder del Capitán General de Guatemala.

Por eso se le ve abrazar decididamente la causa de la independencia, auxiliar a los patriotas de Tegucigalpa y luchar heroicamente contra las huestes mercenarias de México.

Y por eso, en fin, se le ve combatir con pocas intermisiones hasta el año de 1876 contra los tiranos que dentro o fuera del Estado del Salvador ha pretendido subyugarlo para adueñarse enseguida del poder de la nación».

Durante la administración del presidente Elías Antonio Saca, Honduras casi logra que El Salvador entregara los supuestos restos del General Francisco Morazán, pero el mando militar le asesoró para que no lo hiciera.

Descanse en paz, mi General Morazán, que su ejemplo de honestidad y valentía sigue alumbrando la antorcha de Centroamérica…

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