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El privilegio de saber agradecer

La vida reclama una medida justa para nuestras decisiones, una escuadra moral que nos permita actuar con rectitud, un compás que nos ayude a conservar el equilibrio y una plomada interior que nos invite a permanecer firmes y coherentes

Edward Wollants. Foto EDH / Francisco Rubio

Las crisis tienen una doble virtud: nos muestran de qué estamos hechos y, sobre todo, nos revelan con quiénes contamos. Cuando la tormenta arrecia, las certezas se desvanecen y los momentos difíciles nublan el panorama, el mundo parece reducirse a lo esencial. Las preocupaciones ocupan todo el espacio, las respuestas escasean y, con frecuencia, sentimos que debemos enfrentar solos aquello que nos desborda.

Sin embargo, es precisamente en esos instantes cuando emerge un grupo especial de personas: aquellas que deciden tender la mano. Algunas llegan con soluciones concretas; otras aportan recursos, contactos o conocimientos. Muchas, simplemente, permanecen cerca. No siempre pueden resolver el problema, pero se niegan a abandonar a quien lo padece. Esa decisión, aparentemente sencilla, puede marcar la diferencia entre sucumbir ante la adversidad o encontrar fuerzas para continuar.

El verdadero cierre de una crisis no ocurre necesariamente cuando se supera la dificultad. Se produce cuando se activa una de las virtudes más escasas y, al mismo tiempo, más poderosas de nuestra sociedad: saber dar las gracias.

Agradecer no es un simple acto de cortesía ni una palabra pronunciada de manera automática. Tampoco debe confundirse con una fórmula social vacía. La gratitud auténtica es un privilegio de la memoria y de la conciencia. Quien sabe agradecer posee la lucidez de mirar atrás, recordar el lodo y reconocer el valor de los brazos que lo ayudaron a salir a flote.

Dar las gracias exige detenerse. En una época marcada por la prisa, la inmediatez y el afán de avanzar sin mirar atrás, recordar a quienes estuvieron presentes requiere una particular disposición del espíritu. Es necesario admitir que no todo lo conseguido fue producto exclusivo del esfuerzo personal. Detrás de muchas victorias hay una conversación oportuna, una puerta que alguien abrió, un consejo que evitó un error, una ayuda económica, una visita, una palabra de confianza o una presencia silenciosa.

Reconocerlo no disminuye nuestros méritos; por el contrario, los ennoblece. La gratitud no convierte a una persona en dependiente ni le resta autonomía. La hace consciente de que la vida humana se construye también mediante vínculos, oportunidades y gestos de solidaridad. Nadie llega completamente solo a los lugares que alcanza.

En el mapa de la gratitud, los auxilios económicos y las soluciones materiales suelen llevarse los primeros aplausos. Es comprensible: cuando una familia enfrenta una enfermedad, una pérdida de empleo, una emergencia o una deuda, cualquier recurso concreto puede representar un alivio inmediato. Pero la realidad de las crisis es más profunda y compleja.

Saber agradecer a quien no pudo cambiar nuestra realidad, pero eligió no dejarnos solos en ella, es una de las formas más puras de gratitud. Es comprender que el tiempo, la empatía y la atención son recursos valiosos. Quien ofrece su tiempo entrega una parte irrecuperable de su vida. Quien escucha con auténtico interés ofrece algo que no puede comprarse: la sensación de ser visto, comprendido y acompañado.

Las crisis también nos recuerdan la importancia de ciertos principios que deberían orientar nuestra conducta cotidiana. La vida reclama una medida justa para nuestras decisiones, una escuadra moral que nos permita actuar con rectitud, un compás que nos ayude a conservar el equilibrio y una plomada interior que nos invite a permanecer firmes y coherentes.

Toda relación humana digna debe sostenerse, además, sobre el nivel de la igualdad y el respeto. Nadie que ayuda es superior a quien recibe ayuda, ni quien atraviesa una dificultad debe sentirse inferior por necesitar apoyo. La fraternidad verdadera no humilla ni presume: acompaña, sostiene y reconoce la dignidad de cada persona.

Lamentablemente, la memoria suele ser frágil cuando el sol vuelve a brillar. Una vez que regresan la estabilidad, la salud, el trabajo o la tranquilidad, aparece la tentación de pensar que todo fue resultado exclusivo de nuestra fortaleza. Entonces, los nombres de quienes ayudaron comienzan a desdibujarse y sus gestos quedan relegados a un pasado que ya no parece urgente.

Por eso, agradecer es un privilegio: porque solo las personas con verdadera calidad humana resisten la tentación del olvido. La gratitud no debe aparecer únicamente mientras necesitamos ayuda. Se demuestra también cuando ya no la necesitamos; cuando podemos acercarnos a quienes estuvieron presentes y reconocer que su apoyo conserva un valor que el tiempo no debe borrar.

Dar las gracias es una declaración de lealtad. Significa decirle al otro que su sacrificio, su tiempo, su palabra de aliento o su compañía quedaron incorporados a nuestra historia. También es una forma de justicia: devolver, mediante el reconocimiento, una parte del bien recibido.

La gratitud, además, construye. Cada gesto de solidaridad es como una herramienta puesta al servicio de una obra común. Una palabra puede reparar una grieta; una mano extendida puede unir lo que parecía separado; una actitud generosa puede convertirse en el punto de apoyo para que otra persona vuelva a levantarse. Así se forma, con discreción y perseverancia, una cadena de unión humana capaz de resistir las dificultades.

Elegir agradecer también fortalece la manera en que tallamos nuestra propia vida. Cada reconocimiento consciente elimina una aspereza del carácter, corrige una inclinación y nos acerca a la persona que aspiramos a ser. No somos obras terminadas, sino seres en permanente construcción. Cuando alguien decide vivir desde la gratitud, su conducta se convierte en ejemplo: demuestra que es posible reconocer el bien recibido, honrar a quienes ayudaron y continuar la obra mediante nuevos actos de solidaridad.

Además, agradecer tiene un efecto multiplicador. Cuando una persona reconoce el bien que recibió, estimula a otros a seguir ayudando. En cambio, cuando la solidaridad es respondida con indiferencia o ingratitud, se debilita la disposición colectiva a tender la mano. Cada gesto de reconocimiento contribuye a construir una cultura de reciprocidad, respeto y humanidad.

En una sociedad que camina de prisa y olvida rápido, detenerse, mirar a los ojos a quien nos dio la mano y decirle “gracias por estar” es un acto de madurez, justicia emocional y responsabilidad humana.

Agradecer no cambia el pasado, pero le otorga sentido. No elimina las heridas, pero reconoce a quienes ayudaron a soportarlas. Sobre todo, nos recuerda una verdad esencial: nadie sale completamente solo de una crisis.

Por eso, saber agradecer no es una debilidad ni una formalidad. Es un privilegio, una forma de memoria y una de las expresiones más nobles de la dignidad humana.

Dr. y Lic. Edward Wollants

Médico nutriólogo y abogado

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