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Las mentiras que crecieron con nosotros

Podemos crecer, mudarnos, enamorarnos y aprender a resolver la vida. Frente a nuestros padres, sin embargo, siempre existe una verdad capaz de devolvernos a la infancia

ALEJANDRA GAVIDIA, COLUMNISTA DE EL DIARIO DE HOY thumbnail

Uno puede pagar impuestos, pedir citas médicas, firmar contratos y hasta decir “para efectos legales” sin reírse. Es decir, uno puede ser un adulto funcional. Pero basta con que mamá o papá pregunte “¿te pasa algo?” para volver a tener nueve años, esconder el examen reprobado detrás de la espalda y contestar: “Nada”.

Solo que esta vez no es un examen. A veces es algo terrible que nos ocurrió hace años. Algo que atravesamos solos porque tuvimos miedo, vergüenza o ni siquiera entendíamos qué había pasado. Quizá pensamos que no nos creerían. Quizá temimos un regaño, una recriminación o la investigación parental en la que uno termina declarando como sospechoso de su propia desgracia: dónde estabas, con quién, por qué fuiste, por qué no llamaste, cómo no te diste cuenta.

Primero no lo contamos porque acababa de ocurrir. Después no lo contamos porque había pasado demasiado tiempo.

Así nacen las mentiras más largas de nuestra vida. No mediante una gran conspiración, sino a punta de pequeños “estoy bien”, cambios de tema y versiones editadas de nuestra biografía. Nuestros padres reciben la película apta para todo público. Nosotros conservamos el material que la censura consideró demasiado perturbador, incluso para quienes nos enseñaron a cruzar la calle.

Decimos que callamos para protegerlos. Y puede ser cierto. Conocemos sus culpas, sus miedos y sus maneras de derrumbarse. Sabemos quién se preguntaría cómo no lo vio. Quién querría retroceder veinte años para impedirlo. Quién convertiría nuestra herida en la prueba definitiva de que fracasó como mamá o papá. Y quién, después de escuchar una experiencia traumática, podría tener el refinamiento emocional de responder: “Pero yo te dije”.

Entonces hacemos algo adulto e infantil a la vez: cargamos solos con el dolor para evitarles el dolor de saber que cargamos con él.

Exageramos su fragilidad. Imaginamos infartos, crisis nerviosas, presión arterial disparada y ambulancias llegando antes de haber pronunciado la segunda oración. En nuestra cabeza, contar la verdad no es una conversación: es un episodio final de telenovela, con monitor cardíaco incluido. Así que posponemos la revelación hasta encontrar “el momento adecuado”, que vive junto al unicornio y al grupo familiar de WhatsApp sin conflictos.

Pero no siempre protegemos solamente a nuestros padres. También nos protegemos de su reacción. De tener que responder por qué no hablamos antes. De verlos llorar y terminar consolándolos por algo que nos pasó a nosotros. De escuchar una pregunta torpe que confirme todos nuestros temores. O, quizá peor, de recibir una ternura tan grande que derrumbe la estructura con la que logramos sobrevivir.

Porque el silencio también cumple una función. A veces fue el único cuarto con llave que encontramos cuando no nos sentíamos seguros en ninguna parte. No deberíamos juzgar a la persona que fuimos por haber entrado allí. Hizo lo que pudo con las herramientas que tenía. El problema es que algunos refugios, cuando se permanece demasiado tiempo, comienzan a parecerse a una prisión.

Con los años, ya no hay que confesar solamente lo ocurrido. Hay que explicar cada Navidad, cada sobremesa y cada “todo bien” pronunciado desde entonces. La verdad llega acompañada por una pregunta que pesa casi tanto como ella: “¿Por qué nunca me contaste?”. Y no existe una respuesta elegante. Apenas esta: porque al principio no pude y después ya no supe cómo.

Eso no significa que debamos contarles todo. Hay padres que saben abrazar una verdad y otros que la interrogan, la minimizan o la utilizan después como munición. Hablar requiere seguridad; callar también puede ser un límite legítimo. Nadie le debe una confesión a otra persona solamente porque comparten apellido.

Pero quizá convenga revisar de vez en cuando a quién protege todavía nuestro silencio. Tal vez nuestros padres soportarían saberlo. Tal vez no. Tal vez necesitemos ayuda para encontrar las palabras o decidir que jamás las diremos. Lo importante es reconocer que seguimos tomando esa decisión y que no es el miedo antiguo quien habla por nosotros.

Podemos crecer, mudarnos, enamorarnos y aprender a resolver la vida. Frente a nuestros padres, sin embargo, siempre existe una verdad capaz de devolvernos a la infancia. No porque sigamos siendo niños, sino porque hay dolores que se quedaron esperando a que alguien viniera a buscarnos.

Alejandra Gavidia
Consultora política y Miss Universo El Salvador 2021

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