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La impunidad no es eterna: la verdad y la justicia acaban abriendo las puertas

La justicia no pertenece a un partido, a una ideología ni a un gobierno. Pertenece a las víctimas

La impunidad acaba de recibir un fuerte golpe en El Salvador. Y no es un golpe simbólico: es una sentencia firme.

Cuarenta y cuatro años después del asesinato de los periodistas Koos Koster, Jan Kuiper, Hans ter Laag y Joop Willemsen, la justicia salvadoreña cerró una de las puertas que durante décadas parecieron blindadas para las víctimas: la Sala de lo Penal de la Corte Suprema de Justicia declaró inadmisibles los recursos de casación presentados por las defensas y dejó firme la condena contra los altos mandos militares, general José Guillermo García, coronel Francisco Antonio Morán y el coronel Mario Adalberto Reyes Mena.

Los tres condenados deberán cumplir 30 años de prisión efectiva cada uno por el delito de asesinato. La sentencia también deja abierta la posibilidad de que los familiares de los periodistas neerlandeses reclamen responsabilidad civil contra los condenados ante los juzgados correspondientes.

No fue el tiempo el que hizo justicia. Fueron las víctimas, sus familias, periodistas, organizaciones de derechos humanos y las sociedades neerlandesa y salvadoreña quienes se negaron a aceptar que cuatro vidas pudieran ser enterradas dos veces: primero bajo las balas de una emboscada y después bajo el olvido y la impunidad.

Los cuatro periodistas fueron asesinados el 17 de marzo de 1982 mientras ejercían su profesión. El 3 de junio de 2025, un jurado declaró culpables a los tres antiguos mandos militares de la Fuerza Armada; en abril de 2026, una Cámara de lo Penal confirmó la condena; y ahora la Sala de lo Penal ha rechazado los recursos de casación.

Tres decisiones judiciales. Cuarenta y cuatro años de espera. Finalmente, la verdad y la justicia consiguieron abrirse paso.

Durante demasiado tiempo, la impunidad fue presentada como destino. Se aprobaron leyes de amnistía. Se cerraron expedientes. Se negó justicia a las víctimas. Se pretendió que el paso de los años convertiría los crímenes en asuntos incómodos del pasado.

Pero el pasado no desaparece porque el poder decida no mirarlo. La memoria histórica sobrevivió. La verdad sobrevivió y las víctimas sobrevivieron a la impunidad en El Salvador.

Por eso este caso no debe leerse únicamente como el final de un proceso penal. Es también una pregunta incómoda para el Estado salvadoreño: ¿cuántas víctimas más tendrán que esperar para que la justicia deje de ser una excepción y se convierta en una obligación efectiva?

La condena de estos tres altos mandos militares no salda la deuda histórica. La amplía como responsabilidad pública: si un caso que permaneció décadas atrapado en la impunidad pudo llegar finalmente a una sentencia firme, entonces ya no resulta aceptable utilizar el tiempo como argumento para negar justicia a quienes todavía esperan.

La lección es contundente: la impunidad no puede ser política de Estado. Tampoco puede haber democracia si la verdad se negocia, si los archivos permanecen cerrados, si las víctimas son obligadas a mendigar justicia o si los crímenes del pasado se utilizan para fabricar silencios convenientes en el presente.

La justicia no pertenece a un partido, a una ideología ni a un gobierno. Pertenece a las víctimas. Por eso esta sentencia debe ser defendida como un precedente histórico y valiosa, no convertida en un punto final. Debe abrir camino para investigar otros graves crímenes, escuchar a otras víctimas y asumir las responsabilidades que todavía permanecen pendientes.

Hoy podemos decir algo que durante mucho tiempo parecía imposible: La impunidad no ganó.

Ganaron la memoria histórica y la perseverancia de las víctimas. Ganó la dignidad de quienes nunca aceptaron el silencio. Ganó el derecho de las víctimas a que sus historias fueran escuchadas. Y ganó algo todavía más importante: la esperanza.

Porque cuando la verdad consigue atravesar 44 años de silencio, nadie puede decir que la justicia sea imposible.

El Salvador no necesita olvidar para avanzar. Necesita recordar, reconocer y hacer justicia para poder construir un futuro verdaderamente democrático.

Koos, Jan, Hans y Joop no fueron olvidados. La verdad tampoco.

Y mientras exista una víctima esperando justicia, la lucha contra la impunidad no habrá terminado.

Oscar Pérez, periodista y comunicador salvadoreño.

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