La inteligencia artificial tampoco debería analizarse separada de la responsabilidad humana.
La inteligencia artificial tampoco debería analizarse separada de la responsabilidad humana.
Durante siglos, cada gran innovación ha despertado esperanzas y temores. La máquina de vapor, la electricidad, el automóvil, la energía nuclear, internet y ahora la inteligencia artificial. Siempre aparecen quienes ven principalmente sus beneficios y quienes anuncian consecuencias catastróficas.
Hoy algunos de los propios creadores y grandes conocedores de la inteligencia artificial advierten de riesgos que incluso podrían amenazar a la humanidad. Otros consideran exageradas esas predicciones.
Yo prefiero volver a lo básico y hacerme una pregunta de sentido común: ¿el peligro está en la herramienta o en la forma en que los seres humanos la desarrollamos, controlamos y utilizamos?
Un automóvil puede llevarnos cómodamente de San Salvador a San Vicente, pero también puede matar si quien lo conduce lo hace irresponsablemente. La energía nuclear puede producir electricidad o destruir una ciudad. Cualquier herramienta poderosa exige responsabilidad.
La inteligencia artificial tampoco debería analizarse separada de la responsabilidad humana.
Esta semana, OpenAI, creadora de ChatGPT, hizo públicos varios casos de comportamientos inesperados o preocupantes observados durante el entrenamiento o la evaluación de sus modelos. No significa que la inteligencia artificial haya decidido rebelarse contra la humanidad. Sería irresponsable sacar esa conclusión. Pero sí constituye una advertencia: cuanto más capaces y autónomos sean estos sistemas, mejores tendrán que ser los controles.
Hace muchos años, mientras implantaba mi programa KAIZEN-ISO 9000 en una gran empresa, tres gerentes se quejaban constantemente de las deficiencias de los otros departamentos. Cada uno creía saber lo que los otros dos debían hacer.
Hablé con el presidente y propuse rotarlos durante tres meses, dándoles autoridad para implantar las medidas que anteriormente reclamaban. Cuando tuvieron que sentarse en la silla de la otra área, descubrieron que los problemas eran bastante más complejos de lo que parecían desde fuera.
Todos hacemos algo parecido cuando nos miramos al espejo: procuramos ver nuestro mejor ángulo y fácilmente pasamos por alto nuestras imperfecciones. También quienes desarrollan inteligencia artificial necesitan mirarse al espejo, reconocer errores y corregirlos. Pero no debemos contemplar solamente los riesgos.
Los problemas que enfrenta la humanidad son cada día más complejos: energía, enfermedades, alimentación, movilidad, envejecimiento de la población, productividad, medioambiente y administración de recursos limitados. Muchas decisiones requieren analizar cantidades de información que superan ampliamente nuestra capacidad individual.
A mayor complejidad de las situaciones, más necesaria se vuelve la inteligencia artificial.
Precisamente porque los problemas son más difíciles, necesitamos herramientas más sofisticadas para resolverlos. La inteligencia artificial puede ayudarnos a analizar enormes cantidades de información, descubrir relaciones que nosotros no vemos y encontrar alternativas que tardaríamos años en identificar.
Sería contradictorio desarrollar una herramienta extraordinariamente poderosa y después paralizarla por miedo. El desafío no consiste en escoger entre avanzar o detenernos. Consiste en avanzar con responsabilidad.
Estados Unidos y China compiten aceleradamente por el liderazgo de la inteligencia artificial. Existen diferentes planteamientos sobre cuánto controlar, cuánto abrir y a qué velocidad avanzar. Pero probablemente ningún país podrá resolver por sí solo todos los riesgos de una tecnología que no conoce fronteras.
Hace años pertenecí a Rotary International y siempre me gustó su sencilla Prueba Cuádruple:
¿Es la verdad?
¿Es equitativo para todos los interesados?
¿Creará buena voluntad y mejores amistades?
¿Será beneficioso para todos los interesados?
Cuatro preguntas sencillas que también podrían servir para reflexionar sobre la utilización de la inteligencia artificial.
Y pensando en todo esto, recordé una de las actividades humanas más antiguas: la trashumancia.
Durante siglos, los pastores han conducido grandes rebaños en busca de nuevos pastos, recorriendo a veces cientos de kilómetros. Las ovejas avanzan, pero no van solas.
Está el pastor. Están sus perros. Hay que conocer el terreno, encontrar agua, observar el clima y saber cuándo caminar y cuándo descansar. Conviven el ser humano y los animales con el sol, la lluvia, la luna, el día y la noche.
El pastor no amarra a las ovejas para protegerlas. Si lo hiciera, nunca llegarían a ninguna parte.
Las deja avanzar, pero las acompaña, observa y corrige cuando alguna se desvía.
Quizás algo parecido necesitemos con la inteligencia artificial.
No ponerle cadenas que impidan su desarrollo, pero tampoco dejarla caminar sola. Desarrollarla, aprovecharla y supervisarla.
La humanidad necesitará herramientas cada vez más poderosas para enfrentarse a problemas cada vez más complejos. La inteligencia artificial puede convertirse en una de las mejores que hayamos creado.
Dejemos que avance. Investiguemos. Innovemos. Aprovechemos sus enormes posibilidades. Pero caminemos con ella y mantengamos siempre al ser humano responsable de señalar el rumbo.
Al final, después de hablar de algoritmos, superinteligencia y tecnologías que parecen sacadas de la ciencia ficción, terminamos regresando a una enseñanza antiquísima:
Cuanto más sofisticado se vuelve el mundo, más necesitamos volver a lo básico.
Ningún progreso está exento de riesgos; conozcámoslos y evitémoslos.
Pedro Roque
Todo es más fácil y más sencillo con sentido común.
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