Hubo un momento en el que pedir paciencia con Hernán Darío “Bolillo” Gómez era lo sensato, pero ahora el tiempo pasó y la afición quiere resultados. ¿Están las condiciones estructurales diferentes para ello?
Hubo un momento en el que pedir paciencia con Hernán Darío “Bolillo” Gómez era lo sensato, pero ahora el tiempo pasó y la afición quiere resultados. ¿Están las condiciones estructurales diferentes para ello?

Era marzo de 2025. El colombiano acababa de llegar, apenas había dirigido un partido y tenía muy pocos entrenamientos con una selección que venía de cambiar constantemente de técnico. En aquel momento, cuestionar el trabajo después de unas cuantas prácticas era apresurado.
De hecho, hace un año y medio escribimos precisamente sobre eso: la Selecta era una olla de presión, pero no parecía justo exigirle al nuevo entrenador una transformación inmediata. Había que darle tiempo para conocer a los jugadores, probarlos, establecer una idea y construir un equipo.
Ese tiempo ya pasó. Y ahora la discusión es otra. La Selecta ya tuvo tiempo para trabajar con Bolillo. Es hora de resultados.
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No se trata de exigirle que convierta a El Salvador en una potencia de Concacaf de la noche a la mañana. Tampoco de ignorar las limitaciones históricas del fútbol nacional, la falta de jugadores en ligas de primer nivel o los problemas estructurales que ningún entrenador puede solucionar por sí solo.
Se trata de algo mucho más sencillo: después de un año y medio, el equipo debe mostrar en la cancha aquello que el cuerpo técnico dice que ha construido.
Ya no es el técnico que acaba de llegar. Bolillo fue anunciado como técnico de la Selecta el 24 de febrero de 2025, en sustitución de David Dóniga. Llegó con experiencia mundialista y con el discurso de construir un proyecto que no se limitara a la selección mayor.
Entonces tenía sentido hablar de procesos. También tenía sentido recordar que los entrenadores necesitan tiempo para transmitir conceptos y conocer al futbolista salvadoreño.
Pero un proceso también necesita indicadores. Y el principal indicador en el fútbol sigue siendo el resultado.
Hasta septiembre de 2026, Gómez ha dirigido 16 partidos frente a selecciones nacionales, con tres victorias, cinco empates y ocho derrotas.
El propio entrenador reconoce que el equipo debería estar mejor que cuando comenzó su gestión. Antes de la Liga de Naciones, aseguró que lleva “un año y medio” al frente de la Selecta y que, por el trabajo realizado, el equipo tiene que estar “en mejor nivel”. También dijo sentirse en mejores condiciones y que los jugadores están más entendidos. Pues bien: llegó el momento de comprobarlo.
La oportunidad está a la vuelta de la esquina. El Salvador debutará el 25 de septiembre contra Martinica, en el estadio Jorge “Mágico” González, en Liga de Naciones. Tres días después, el 28, visitará a Guatemala.
El 2 de octubre volverá a jugar en casa, esta vez contra Jamaica, en el estadio Cuscatlán. Y cerrará esta primera ventana el 5 de octubre, nuevamente ante Martinica, pero como visitante.
Son cuatro partidos en apenas 11 días. Cuatro partidos para demostrar si esa selección que Bolillo dice conocer mejor realmente está en condiciones de competir. Y no hay margen para esconderse detrás del calendario.
El Salvador comparte el Grupo B de la Liga A con Honduras, Jamaica, Guatemala, Surinam y Martinica. Cada selección disputará cuatro partidos y los dos primeros lugares del grupo avanzarán a los cuartos de final. Eso significa que cada punto tendrá un peso enorme.
La Liga de Naciones no es un torneo para llenar fechas FIFA. También es la ruta de clasificación hacia la Copa Oro 2027. Los cuatro ganadores de los cuartos de final de la Liga A clasificarán directamente al torneo. Los equipos que terminen tercero y cuarto en los grupos irán a las preliminares, mientras que los que ocupen los puestos cinco y seis tendrán que buscar otra vía mediante el Play-In.
Por eso, los cuatro partidos de septiembre y octubre representan mucho más que una nueva oportunidad para probar jugadores. Son partidos oficiales. Son puntos. Es clasificación. Y, sobre todo, son una oportunidad para saber dónde está realmente esta Selecta.
Hay que reconocerle al entrenador una parte de su argumento. El fútbol salvadoreño no comenzó sus problemas con Hernán Gómez. La frustración viene de mucho antes. El último Mundial de la selección mayor fue España 1982 y, desde entonces, el país ha cambiado de entrenadores, dirigentes, generaciones de jugadores y proyectos sin conseguir regresar a la máxima cita.
Bolillo no creó esa historia. Tampoco puede resolverla solo. Pero una cosa es responsabilizar a un entrenador por todos los males acumulados durante décadas y otra muy distinta es pedirle cuentas por su propio trabajo. Son dos asuntos diferentes, aunque a veces la afición o el periodismo las mezcle. Y después de un año y medio, ya es legítimo preguntarle al técnico qué resultados concretos ha producido su proceso.
Bolillo ha hablado de evolución individual, de orden, concentración, equilibrio y de jugadores que entienden mejor sus ideas. Su preparador físico, Mauricio Roldán, también ha señalado mejoras en distintos registros y ha resumido el asunto de una manera que vale la pena escuchar: la única forma de demostrar esa mejoría es ganar.
Ahí está el punto. No hace falta que la Selecta gane todos los partidos para demostrar que existe un proceso. Pero sí hace falta que gane partidos. Que compita mejor. Que deje de regalar goles y encuentros. Que muestre una identidad reconocible. Que sea capaz de sostener un resultado. Que el jugador que llega a la selección parezca mejor futbolista y que el equipo, como conjunto, parezca mejor equipo.

Eso es lo que los aficionados tienen derecho a esperar después de un año y medio. Se acabó la etapa de las explicaciones La llegada de Bolillo generó ilusión por su trayectoria. También generó dudas por la situación en la que recibía a la selección. Primero hubo que darle tiempo. Después hubo que esperar la Copa Oro. Luego las eliminatorias. Ahora llega la Liga de Naciones.
Y aquí está la diferencia: ya no estamos hablando del comienzo de un proceso. Estamos hablando de una selección que debe competir por avanzar en un torneo oficial y que tiene cuatro partidos para hacerlo y contra rivales que no son potencia de la región. Serán, sí, rivales difíciles porque para la Selecta no hay ninguno fácil.
El Salvador tendrá a Martinica dos veces, además de Guatemala y Jamaica. No son rivales imposibles ni tampoco partidos que puedan darse por ganados antes de jugarse. Son, simplemente, los partidos que corresponden. Y serán los resultados los que digan cuánto ha avanzado realmente esta selección.
Porque el fútbol permite hablar de proyectos, procesos, metodología y trabajo. Pero llega un momento en que todo eso debe aparecer en el marcador. Ese momento llegó para la Selecta de Bolillo.
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