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Milán se viste de azul y blanco con el V Desfile de Bandas de Paz

En esta quinta edición participaron tres bandas de cachiporistas junto a sus músicos, además de las agrupaciones Latinos Music Band, Sabor de Mi Pueblo y Fusión Latin Band, que pusieron ritmo y energía al recorrido

A las seis de la tarde, cuando el centro de Milán, Italia, comenzaba a cambiar el ritmo de su jornada, algo distinto empezó a suceder en sus calles. Desde Plaza San Babila, la música rompió la rutina y una corriente de colores, sonidos y alegría comenzó a avanzar hacia Plaza Duomo.

Era el V Desfile de Bandas de Paz, una celebración que llevó nuevamente las tradiciones latinoamericanas hasta uno de los escenarios más emblemáticos de la ciudad.

Numerosos compatriotas se dieron cita para acompañar el recorrido. Muchos llegaron con la emoción de encontrarse con sus raíces lejos de casa; otros, con el deseo de compartir una tarde de música, identidad y celebración. Las calles se fueron llenando de rostros conocidos, banderas, trajes, sonrisas y el sonido inconfundible de las bandas.

Organizada por Acusalmi, bajo la presidencia de Angela Orellana, en esta quinta edición participaron tres bandas de cachiporistas junto a sus músicos, además de las agrupaciones Latinos Music Band, Sabor de Mi Pueblo y Fusión Latin Band, que pusieron ritmo y energía al recorrido.

El desfile fue encabezado por representantes de la comunidad, portadores de los símbolos patrios, abanderados y autoridades.

En primer lugar marcharon los portadores de los banners de Acusalmi, Karla Pérez y Doris Jovel, seguidos por los portadores del Banner de Independencia, Xavier Alexis Ortiz León y Joaquín Enrique Ortiz.

También tuvo un lugar destacado la Bandera grande, portada por Leonor Ortiz y Yeni Segura.

A continuación participaron los abanderados Yahir Calderón, Alan Calderón y Deydamia Morán.

En el encabezamiento de las autoridades estuvieron presentes la Cónsul General Cecilia Rivera, la Cónsul Susy Ramos, el Vicecónsul Ricardo Avendaño ,Angela Orellana, Leandro Segura, Nicol Ayala,la presidente del Tribunal Supremo Electoral (TSE) y el Director de Diáspora y Movilidad Humana.

Entre ellos también estuvo el artista Carlos Arias, quien tuvo una participación especial en el desfile llevando un escudo de El Salvador elaborado personalmente por él en madera. Su presencia, acompañada de esta pieza artesanal, formó parte de la representación de los símbolos patrios que encabezó el recorrido.

La presencia de autoridades, representantes de la comunidad y participantes del desfile dio inicio a un recorrido en el que la música y la identidad salvadoreña fueron protagonistas.

Pero una de las escenas más significativas de la tarde estuvo en quienes observaban desde las aceras.

Milaneses y visitantes que caminaban por la zona se detuvieron para mirar. Algunos contemplaban con curiosidad; otros, con evidente admiración, seguían el paso de los músicos y cachiporistas. Para muchos, aquel desfile era una imagen inesperada en medio de la habitual dinámica del centro de Milán.

Y entonces ocurrió algo que la música suele conseguir mejor que cualquier discurso: las fronteras comenzaron a desaparecer.

Los ritmos latinoamericanos fueron tan contagiosos que algunos espectadores italianos terminaron moviendo los pies al compás de la música y, en distintos puntos del recorrido, algunos se animaron incluso a bailar, sumándose espontáneamente a la celebración.

Durante el trayecto hacia Plaza Duomo, Milán pareció hablar otro idioma: el de los tambores, las melodías, los aplausos y la alegría compartida.

Para los compatriotas, aquella tarde significó mucho más que un desfile. Fue una oportunidad para llevar consigo un pedazo de sus raíces y hacerlo visible en una ciudad que los ha acogido. Fue también una manera de demostrar que la identidad no desaparece con la distancia; al contrario, puede hacerse más fuerte cuando se comparte.

Frente al Duomo, el momento más solemne

Finalmente, el desfile llegó a uno de los escenarios más imponentes de la ciudad: la Plaza del Duomo.

Frente a la majestuosa catedral milanesa llegó el momento más solemne de la jornada. Como ya es tradición, se cantó el Himno Nacional de El Salvador y se recitó la Oración a la Bandera.

El bullicio de las calles dio paso al respeto y al silencio. Las miradas se concentraron en los símbolos patrios y, por unos instantes, la distancia entre Milán y El Salvador pareció hacerse más pequeña.

Para muchos compatriotas, aquel momento tuvo una carga especial. Escuchar el Himno Nacional en pleno corazón de Milán, rodeados de familiares, amigos y miembros de la comunidad salvadoreña, convirtió la ceremonia en un instante de profunda emoción y orgullo.

Después llegó el momento de los discursos.

La cónsul general Cecilia Rivera dirigió inicialmente unas palabras de agradecimiento a los presentes y a todas las personas que hicieron posible la celebración.

A continuación tomó la palabra Angela Orellana, presidenta de Acusalmi, quien agradeció la participación de la comunidad y destacó el valor de mantener vivas las tradiciones salvadoreñas aun lejos de la tierra natal.

El cierre de las intervenciones estuvo a cargo de Roxana Seledonia Soriano de Viaud, presidenta del Tribunal Supremo Electoral de El Salvador, quien dirigió un mensaje a la comunidad salvadoreña residente en el exterior.

Durante su intervención se destacó la importancia de la participación ciudadana y del ejercicio del derecho al voto, recordando que la ciudadanía salvadoreña residente fuera del país también forma parte de la vida democrática de El Salvador.

Así llegó a su final una jornada que había comenzado horas antes entre música, color, baile y alegría.

Frente al Duomo, bajo las luces de la noche milanesa, quedaron atrás los últimos acordes de las bandas. Pero permaneció algo más profundo: la imagen de una comunidad que, a miles de kilómetros de su tierra, consiguió llevar sus tradiciones al corazón de una de las ciudades más importantes de Europa.

Por unas horas, Milán se vistió de azul y blanco.

Y entre la música, el orgullo, la memoria y el encuentro entre culturas, los salvadoreños volvieron a demostrar que la distancia puede separar los caminos, pero no necesariamente las raíces.

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