Estando en el desierto de Atacama —vasto, frío y desolado—, el amante viajero tuvo una breve visión del cosmos y de sí mismo. Se vio allá, en medio de aquella anchurosa heredad de nadie, completamente solo. A lo largo de su vida, en efecto, terminaría viviendo siempre solo, después de decir adiós a los amores o pueblos que dejara atrás. Porque —viajeros o sedentarios— los actores del amor siempre se van, cuando cae el telón de un día más. El amante viajero era el mismo hombre del desierto. Amor de nadie como el desolado erial. El desierto, en efecto, no es de nadie. Lo habitan serpientes, ratas, zorros, fantasmas y algunos hombres solitarios. De aquellos que se fueron al despoblado y ya no volvieron, porque no todos vuelven de sus incursiones al arenal. Se van de caza, en busca de la suerte o de las irreales ciudades de espejismo. Tal vez en busca de sí mismos o de lo que quede de su ilusión. Pero al final de la historia, todas esas criaturas del desierto pasan y se borran en la planicie. De la misma forma que el amante viajero —de tanto ir de país en país— aprendió a ver nacer el amor como un día nuevo entre las dunas de arena, o a contemplar su adiós en el infinito. El desierto de Atacama siguió solitario y yermo. Mi amigo Boris, germano-mapuche, siguió su viaje sin final en busca del amor ideal. De vez en cuando me escribía desde donde …








