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Humillaciones, dos muertes y muchas preguntas

En unas cuantas horas, una antigua infidelidad, una relación laboral cargada de resentimientos, dos reprimendas humillantes, una mente absorbida por la ira y una desafortunada coincidencia en una calle terminaron uniendo el destino de dos desconocidos.

Doctora y escritora Mirella de Wollants

Yonatan tenía 43 años. Era un hombre alto y fornido, había concluido el bachillerato y cursado un año de estudios universitarios. Vivía con Yajaira, su nueva compañera, con quien tenía dos hijos pequeños.

Anteriormente había formado un hogar con Kensy. De aquella relación había nacido una hija. La pareja se separó cuando Yonatan descubrió que Kensy mantenía una relación con otro hombre y que el nuevo hijo que esperaba no era suyo, sino de don Israel, un empresario de clase media y propietario de una cadena de establecimientos dedicados a la venta de productos al por mayor y al detalle.

Yonatan abandonó a Kensy, conoció posteriormente a Yajaira e intentó comenzar otra vida. Sin embargo, la relación entre Kensy y don Israel no terminó. Según las personas que conocían la historia, todavía continuaba cuando ocurrió la tragedia.

Por eso resulta difícil comprender la decisión que Yonatan tomó tiempo después: acudió precisamente a la empresa de don Israel para solicitar trabajo.

No llegó allí ignorando quién era el propietario. Sabía que estaba pidiendo empleo al hombre con quien Kensy le había sido infiel, al padre del hijo que ella esperaba cuando se produjo la separación y a quien él consideraba responsable de haber destruido su primer hogar.

¿Por qué lo hizo?

La respuesta inmediata podría ser que necesitaba trabajar y no había encontrado otra oportunidad. Pero quizá existieran motivaciones más complejas. Tal vez creyó que el pasado estaba superado; acaso quiso demostrar que no temía enfrentarse a aquel hombre o que podía trabajar bajo sus órdenes sin sentirse disminuido. También es posible que la necesidad económica pesara más que su orgullo. Nadie puede saber con certeza qué razonamiento lo condujo hasta aquella empresa.

Cuando se presentó a solicitar el empleo, fue conducido ante el propio don Israel. De acuerdo con el relato de la fuente, el empresario lo entrevistó con una ligera sonrisa en el rostro. Mientras le hacía preguntas, introducía comentarios sarcásticos que Yonatan pudo interpretar como humillaciones disimuladas.

Aun así, aceptó el puesto.

Fue asignado a la sucursal de Apopa con un salario mensual de 650 dólares. Su remuneración era superior a la de las vendedoras, quienes recibían el salario mínimo de 406 dólares más comisiones por ventas, pero sus funciones también eran diferentes.

Cada mañana debía sacar la mercadería y colocarla sobre la acera, frente al establecimiento. Después permanecía allí con un parlante, anunciando los productos y las ofertas. También recorría los alrededores de la sucursal a bordo de un vehículo tipo panel, conducido por otro empleado, mientras promocionaba la mercadería por medio del altavoz. Al terminar la jornada, tenía que recoger los productos expuestos y guardarlos antes del cierre.

No existe indignidad en ninguna de esas tareas. Sin embargo, cabe preguntarse qué significado adquirían para Yonatan. No trabajaba para un patrón cualquiera: cargaba, pregonaba y obedecía las órdenes del hombre que él asociaba con la infidelidad de Kensy y con el fracaso de su primer hogar. Cada instrucción podía despertar en él el recuerdo de aquella antigua afrenta.

La situación laboral tampoco estaba exenta de dificultades atribuibles al propio Yonatan. Según sus compañeros, no siempre cumplía las indicaciones ni realizaba sus funciones de la manera esperada. Tal vez fuera un empleado indisciplinado. También es posible que su resistencia a obedecer escondiera un resentimiento que nunca consiguió dominar. Ambas circunstancias podían coexistir: incumplir sus obligaciones y, al mismo tiempo, sentirse degradado por la autoridad a la cual se había sometido voluntariamente.

Su jefa inmediata era Silvia, hija de don Israel. Según la fuente, había sido diagnosticada con trastorno bipolar, aunque ese diagnóstico no explica ni justifica el trato que dispensaba a los trabajadores. Entre los empleados era conocida por la intensidad de sus reprimendas y por utilizar expresiones ofensivas. Muchos abandonaban sus puestos porque no soportaban sus humillaciones, lo que habría provocado una elevada rotación de personal.

Hace pocos días, don Israel llegó a la sucursal de Apopa y mandó llamar a Yonatan. La conversación comenzó con algunos reclamos relacionados con su desempeño. Gradualmente, el propietario elevó la voz. Los reproches se convirtieron en gritos y los gritos, según los testigos, en una sucesión de insultos que dejaron al empleado profundamente alterado.

Después de aquella reprimenda, Silvia lo llamó a su oficina. Allí volvió a recriminarlo y lo sometió a otro torrente de gritos y expresiones denigrantes.

Cuando Yonatan salió de la oficina, estaba llorando.

El hombre alto y fornido que cada mañana sacaba la mercadería, la colocaba sobre la acera y recorría las calles anunciándola con un parlante apareció ante sus compañeros completamente quebrado.

«¡Ya no aguanto! ¡Me voy de aquí!», exclamó.

Salió del establecimiento y emprendió el camino hacia La Cima.

Mientras avanzaba, continuaba escuchando dentro de su cabeza las voces de don Israel y de Silvia. Repasaba los reclamos, los sarcasmos y las humillaciones que acababa de sufrir. A las ofensas de aquella mañana se sumaban los recuerdos de Kensy, la infidelidad, el embarazo, la relación que todavía mantenía con don Israel y la conciencia de haberse colocado voluntariamente bajo la autoridad de aquel hombre.

Todo se mezclaba en su mente: el pasado sentimental, la necesidad económica, el orgullo herido, el trabajo que desempeñaba y la vergüenza de haber salido llorando delante de sus compañeros.

Caminaba dominado por aquella tormenta interior. Al atravesar una calle no se percató de que un automóvil se aproximaba. El vehículo lo embistió violentamente. Yonatan sufrió lesiones devastadoras y murió allí mismo, sobre el pavimento.

La conductora, una mujer de la tercera edad, detuvo el automóvil y descendió. Cuando contempló el cuerpo de Yonatan y comprendió la magnitud de lo ocurrido, perdió el conocimiento y cayó sobre la calle.

La ambulancia tardó aproximadamente una hora en llegar.

Cuando finalmente fue auxiliada, la mujer todavía fue trasladada a un hospital, donde murió posteriormente. Se desconoce la causa médica de su fallecimiento y, por lo tanto, no es posible afirmar que hubiera sufrido un infarto ni establecer con precisión la relación fisiológica entre la impresión experimentada y su muerte.

El suceso fue publicado únicamente en una historia de Facebook, que rápidamente desapareció.

En unas cuantas horas, una antigua infidelidad, una relación laboral cargada de resentimientos, dos reprimendas humillantes, una mente absorbida por la ira y una desafortunada coincidencia en una calle terminaron uniendo el destino de dos desconocidos.

Don Israel no conducía el automóvil. Silvia no empujó a Yonatan hacia la calle. Yonatan tampoco deseaba morir, y la conductora nunca imaginó que aquel hombre se atravesaría frente a su vehículo. Sin embargo, cada uno ocupó un lugar dentro de una cadena de decisiones, emociones y acontecimientos que terminó con dos personas muertas y dos familias destruidas.

No fue una ley del destino. Fue una tragedia nacida de la fragilidad humana y de las consecuencias imprevisibles de nuestros actos.

Médica, Nutrióloga y Abogada

Mirellawollants2014@gmail.com

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