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Palabras/El amante viajero del adiós

Este emigrante del amor —a quien dedico in memoriam este episodio de mis crónicas— era similar a muchos otros seres humanos que nacen para viajar, amar y decir adiós

Le llamé «el amante viajero» porque nunca quiso echar raíces en ningún lugar ni quedar prisionero de unos brazos de mujer. Desde que le conocí, él ya viajaba por el mundo: llegaba a una ciudad, se quedaba unos días o algunos años. O tal vez solo un instante. Entonces volvía a enamorarse de una mujer hermosa, de algún pueblo o de algún paraje natural. Pero después era la misma historia. Un día de tantos decía adiós y se marchaba. Algunas veces creo que ni decía adiós.

Esta alma emigrante del adiós y de la primavera era Boris —chileno, medio alemán y medio indio mapuche—. Parecido a las solitarias esfinges de piedra de la lejana Isla de Pascua, en el Pacífico Sur. La diferencia es que las estatuas se quedaron inmóviles, mirando al mar, sin ir a ningún lugar.

El amante viajero —en cambio— nunca dejaba de andar en ese anchuroso destino de argonauta. Siempre yendo de sur en sur, de costa en costa, de puerto en puerto, de tiempo en tiempo, de amor en amor, sin cesar su viaje estelar de los caminos. O tal vez hacia sí mismo, como una acariciada meta.

Este emigrante del amor —a quien dedico in memoriam este episodio de mis crónicas— era similar a muchos otros seres humanos que nacen para viajar, amar y decir adiós. Almas solitarias del desierto, tras el oriente de la vida.

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