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El sitio de Sonsonate que resguarda el coraje pipil y una maldición colonial

A orillas del río Ceniza, en Nahulingo, Sonsonate, se erige una tierra cargada de casi tres milenios de historia, resistencia épica e insólitas leyendas del siglo XIX.

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Sitio arqueológico Tacuscalco en Sonsonate Foto EL DIARIO DE HOY/ Archivo

En las entrañas del territorio de Sonsonate, el sitio arqueológico Los Cerritos resguarda casi 3,000 años de memorias que abarcan desde el período Preclásico (el 2500 a. C. hasta el 200 d. C.) hasta los albores de la era republicana.

Sin embargo, más allá de los montículos que albergan estructuras piramidales antiguas, este territorio es una pieza clave para comprender el coraje de los ancestros cuscatlecos y la construcción de la identidad salvadoreña.

Su nombre es sinónimo de polémica: Tacuscalco, vocablo que proviene de la lengua náhuat y significa En la casa de las jabalinas o Arsenal, denominación profética para el escenario donde se libraría una de las batallas más encarnizadas de la Conquista de Mesoamérica.

En junio de 1524, las fuerzas españolas lideradas por Pedro de Alvarado avanzaron hacia Cuscatlán, luego de vencer en Acaxual (hoy Acajutla), la batalla en la que el conquistador resultó herido y quedó cojo de por vida.

 "Batalla de Acaxual", mural del pintor salvadoreño José Mejía Vides (1903-1993), Museo Nacional de Antropología de San Salvador, El Salvador.
«Batalla de Acaxual», mural del pintor salvadoreño José Mejía Vides (1903-1993), Museo Nacional de Antropología de San Salvador, El Salvador. Imagen mejorada con herramientas de IA. Foto / EDH

Advertidos de las crueldades, las armas de fuego y los temibles perros de guerra hispanos, los guerreros nahua-pipiles no se amedrentaron. Por el contrario, armados y ataviados con sus trajes rituales, esperaron al invasor en lo que hoy conocemos como Tacuscalco.

El propio Alvarado dejó constancia en sus Cartas de Relación sobre la determinación de los nativos: los campos estaban cubiertos de combatientes organizados que defendieron su soberanía con una valentía inquebrantable.

La sangre derramada a orillas del río Ceniza convirtió a Tacuscalco en un auténtico altar de la resistencia indígena. Un combate que la iconografía del Manuscrito de Glasgow inmortalizó para la posteridad.

Pero la historia de Tacuscalco guarda también un episodio insólito registrado por el historiador, docente y periodista salvadoreño Jorge Lardé y Larín. Siglos después del colapso demográfico originado por la invasión, la antigua población compartía vida con Nahulingo.

Tacuscalco, batalla Pedro de Alvarado
Tacushcalco en la Lámina 296r-1 del Manuscrito de Glasgow. Foto: imagen de carácter ilustrativo y no comercial / https://www.researchgate.net/figure/Figura-1-Tacushcalco-en-la-Lamina-296r-1-del-Manuscrito-de-Glasgow_fig1_390070067

El 6 de enero de 1823, durante las festividades en honor de los Santos Reyes, en el templo de San Francisco, una riña sangrienta entre dos colonos interrumpió los actos litúrgicos.

Consternado por la profanación dentro de la iglesia colonial, el párroco José Antonio Peña mandó a repicar frenéticamente las campanas y lanzó una maldición sobre el lugar.

Aquel día sepultó espiritualmente al poblado colonial, cuyos cimientos aún permanecen en las cercanías de los vestigios prehispánicos como un mudo testimonio de ese trágico suceso.

Con el paso del tiempo y a pesar de los embates del desarrollo urbano, la mística de Tacuscalco sigue llamando a la conciencia nacional. En el marco del mes cívico, redescubrir este espacio va más allá de recordar batallas o antiguos mitos religiosos; se trata de dignificar el legado indígena y revalorizar los símbolos del patriotismo real.

Sitio arqueológico Tacuscalco, en Sonsonate
Gráfica que muestra la disposición de las estructuras del sitio arqueológico Tacuscalco, en Sonsonate, en donde se puede ver la ubicación del antiguo templo colonial. Foto Juan Miguel Bolaños / Wikipedia

Tacuscalco no es solo un yacimiento arqueológico protegible; es la cuna de un pueblo que prefirió luchar antes que someterse.

Reconocer su valor histórico permite a las generaciones presentes reconectarse con sus raíces profundas y entender que la dignidad salvadoreña se forjó en tierras donde la memoria histórica se rehúsa a desaparecer.

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