Solo con la prudencia, la sabiduría y la destreza se logran grandes fines y se superan los obstáculos. Sin estas cualidades nada tiene éxito
Napoleón Bonaparte
Solo con la prudencia, la sabiduría y la destreza se logran grandes fines y se superan los obstáculos. Sin estas cualidades nada tiene éxito
Napoleón Bonaparte
I/III
Napoleón Bonaparte es un personaje tan fascinante que 205 años después de su muerte se siguen publicando biografías, artículos, comentarios, se le analiza en entrevistas, algunas acaloradas, se le critica y se le elogia. Entre las biografías, no hace mucho encontré una particularmente cautivante: Bonaparte, del historiador francés Patrice Gueniffey.
Se trata de una biografía que permite conocer mejor al Emperador y, en mi caso, lo que más aprecié es el análisis de su carácter. El autor cuenta, por ejemplo, que pese a ser corso de familia y de amigos, pues prefería rodearse de corsos al tratar asuntos delicados, ya no entendía el idioma local cuando regresó a Ajaccio porque su cultura ya era francesa y, al no comprender más la cultura local, creó una Córcega idealizada.
Otro rasgo de carácter es que pese a pertenecer a la Revolución francesa, simpatizaba con el Antiguo Régimen y era un hombre pragmático, ni ideólogo ni fanático y, así, el autor afirma que la mejor manera de entenderlo es la moderación con firmeza. Además, en una entrevista el autor ofrece un resumen muy importante al afirmar que la historia es obra únicamente del pueblo, pero que hay ocasiones en que puede ser obra de un hombre con una voluntad superior, siempre que las circunstancias sean favorables y lo permitan.
Finalmente, tenía una concepción moderna del Estado, su organización y su función, y sus habilidades como organizador de un Estado se harían evidentes en Elba, pues durante su exilio transformó la isla en poco tiempo.
De acuerdo con el autor, la cuenta regresiva de esta historia comienza el 18 brumario del año VIII en el calendario revolucionario, equivalente al 9 de noviembre de 1799 en el calendario gregoriano, cuando Napoleón dio el golpe de Estado al Directorio para iniciar el período del Consulado con tres cónsules. Poco después se proclamó primer cónsul y luego emperador. Fue la Revolución que lo hizo posible, si no necesario, según el decir de Friedrich Nietzsche que el autor cita.
Si el 18 brumario es el inicio de la cuenta regresiva para Napoleón, también lo es, en parte, para la independencia de Iberoamérica, pese a que todavía hay algunas resistencias a reconocer este importante papel, indirecto e inintencional, pues no era su objetivo, pero significativo y determinante, en algunos casos por el falso temor a menoscabar la gloria de los héroes locales que son fundamentales para el desarrollo de relatos que dan sentido de nación y de pertenencia.
Los elementos para la independencia de las colonias españolas en América ya venían alineándose desde hacía tiempo: el auge de las ideas de la Ilustración; el malestar por la imposibilidad de comerciar con países distintos a España; la disparidad en las oportunidades administrativas entre criollos y peninsulares; el desarrollo de una identidad propia, no solo como españoles de América, como ya claramente había observado y advertido Alexander von Humboldt durante sus viajes; el ejemplo de la independencia de los Estados Unidos que demostró que era posible romper con el poder colonial; la Revolución francesa, en su primera parte, con sus ideales de libertad, igualdad y fraternidad, pero no la independencia de Haití que atemorizó a las elites criollas, ya que veían con malos ojos que los esclavos pudieran rebelarse y fundar un país, pese al importante apoyo que esos antiguos esclavos brindaron a Simón Bolívar en su gesta libertaria.
En España, la lucha por la independencia no sorprendió a todos, pues había personas como el Conde de Aranda, Pedro Pablo Abarca de Bolea, gran defensor del apoyo de España a la independencia de los Estados Unidos, que habían entendido que la separación de las colonias españolas en América no era más que una cuestión de tiempo. Por esta razón, en 1783 propuso dividir la América española en tres grandes áreas o reinos: Nueva España (que abarcaría México y Guatemala), Costa Firme (con Nicaragua, Costa Rica, Panamá, Nueva Granada y Quito), y Perú (junto con el Río de la Plata y Chile). Cada uno de estos territorios tendría como monarca a un miembro de la familia real española, mientras que el rey de España ostentaría el título de emperador y mantendría bajo su dominio directo a Cuba y Puerto Rico. Bajo este sistema, los reyes de América pagarían un tributo anual a España consistente en barras de plata de México, tabaco y tejidos coloniales de Costa Firme, y oro del Perú.
Si se hace ejercicio de ucronía, se puede especular sobre cómo todo hubiera sido diferente si se hubiera aceptado su propuesta, pero lo casi seguro es que se hubiera evitado mucha sangre y mucha destrucción.
La invasión napoleónica de la península ibérica significó la detención del Rey de España y su cautiverio en Bayona, pero la familia real portuguesa tuvo la buena idea de refugiarse en Brasil. Y hay una diferencia notable entre la independencia de Brasil y la independencia de las colonias españolas: la violencia. En el caso de Brasil, la propia familia real entendió que las cosas ya no podían seguir como antes y que había llegado la hora de dar la independencia a su colonia, pero en el caso de España se optó por el uso de la fuerza para volver a una realidad que ya no era posible.
Sea como fuere, Napoleón, sin menoscabar en absoluto la importancia de los heroicos hombres y mujeres que lucharon por la independencia de la América hispana, tuvo un papel fundamental, pues una consecuencia de la Alianza entre España y Francia fue la pérdida de las flotas española y francesa en Trafalgar, y su invasión de España destrozó el poder imperial y la autoridad de la Corona.
En todo caso, en las colonias de América, la reacción inicial a la invasión de Napoleón de España fue sumamente favorable al Rey que estaba preso en Bayona. Desde entonces, muchos se han preguntado cómo habría sido la historia si el Rey se hubiera refugiado en una de sus colonias, como lo hizo el Rey de Portugal, pero eso no es más que otro ejercicio de ucronía, entretenido y divertido, pero que no cambia nada. Sea como fuere, la visión de las elites coloniales cambió rápidamente y uno de los detonantes fue La Pepa, la constitución liberal que las Cortes adoptaron el 19 de marzo (día de San José) de 1812. Dos años después, el Rey ya de vuelta en el trono, la derogaría, pero ya era demasiado tarde para rectificar la relación con las colonias y parar la independencia. Además, la flota española se encontraba en el fondo de las aguas frente al cabo Trafalgar, cerca de Cádiz.
Otra influencia de Napoleón en la independencia se encuentra en el impacto que tuvieron personajes que terminarían siendo claves para lograrla. Así, por ejemplo, Rafael Abuchaibe empieza su artículo Qué influencia tuvieron Napoleón y sus tropas en la independencia de los países de América Latina de la siguiente manera: “Mientras el poderoso emperador francés Napoleón Bonaparte pasa revista a sus tropas en una llanura en el norte de Italia, dos jóvenes criollos -hijos de prestantes familias españolas nacidos en las colonias de América- se acercan lo más que pueden a él. Están asombrados por la grandeza del espectáculo, pero sobre todo por la sencillez del hombre al que tienen a pocos metros de distancia. ‘Quizás Napoleón, que nos observa, va a sospechar que somos espías’, comenta uno. Pero el otro está estático, paralizado”. ‘Yo’ le comentaría años más tarde el libertador Simón Bolívar al militar Luis Perú de Lacroix, quien publicó sus testimonios en su libro ‘Diario de Bucaramanga’, ‘ponía toda mi atención en Napoleón, y sólo a él veía entre toda aquella multitud de hombres que había allí reunidos’”.
No obstante, señala también Rafael Abuchaibe, esa admiración no fue para toda la vida, y recuerda que Marie Arana en su libro Bolívar: Libertador de América, menciona que cuando Napoleón se coronó emperador, Bolívar afirmó: “Consideré la corona que Napoleón se puso en la cabeza como una reliquia lamentable y obsoleta. Para mí su grandeza estaba en su aclamación universal, en el interés que su persona podía inspirar”.
En todo caso, en el Museo del Louvre hay un enorme óleo de Jacques-Louis David, pintor oficial de Napoleón, titulado Le Sacre de Napoléon (La consagración de Napoleón), que recuerda su coronación en la Catedral de Nôtre Dame (Nuestra Señora).
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