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La agricultura pierde relevo en San Vicente: los jóvenes ya no quieren trabajar la tierra

Mientras las sequías golpean las cosechas, los agricultores de San Esteban Catarina enfrentan otra preocupación: no hay suficientes jóvenes interesados en continuar con el oficio.

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Manuel Calderón es uno de los pequeños productores agrícolas que, a causa de El Niño, perderá hasta un 80% del maíz que ha cultivado en San Esteban Catarina, San Vicente. Foto: EDH / Jessica Orellana.

En San Esteban Catarina, al norte de San Vicente, la preocupación de los agricultores no se limita al factor climático que, desde hace varios meses, ha venido afectando la producción agrícola, sino a otros de índole más social, como el envejecimiento de la población que se dedica a trabajar la tierra y la cada vez más escasa mano de obra joven.

Un ejemplo de ello son Luz Elena Calderón, una productora agrícola que lleva casi toda su vida dedicada a la agricultura y que este año ha perdido hasta un 90% de una milpa que sembró entre el 17 y 18 de junio, mientras su hermano Manuel calcula que de los 30 quintales de maíz que esperaba cosechar apenas logrará unos seis. En la zona, otros productores como Francisco Barahona estiman pérdidas de hasta el 75%, un golpe que se suma a los costos de semillas, fertilizantes, pesticidas, mano de obra y arrendamiento de la tierra.

Pero para Luz Elena, el problema que queda después de la mala cosecha que enfrentará este año va mucho más allá del dinero perdido, ya que la mayoría de quienes siguen cultivando en San Esteban Catarina son adultos mayores y, según explica, el agricultor más joven de la zona ronda los 50 o 55 años, mientras los jóvenes han ido alejándose de un oficio que ya no consideran rentable ni con futuro.

“Los jóvenes ya no le ven nada rentable a la agricultura, no le ven futuro, ellos no sienten que tal vez de esto puedan subsistir”, lamenta la productora, quien además ocupa la secretaría de la Cooperativa de Aprovisionamiento Agropecuario La Esperanza (Acalese de R.L.), que reúne a más de 200 pequeños productores del municipio.

La diferencia con su propia generación es algo que Luz Elena recuerda mientras observa las plantas de maíz que este año apenas lograron desarrollarse. Cuando tenía 13 o 14 años, cuenta, se alegraba cuando llegaba la época de cosecha y se iba a cultivar junto a los demás; ahora, en cambio, ya no encuentra en los jóvenes el mismo interés por aprender el oficio.

“Cuando nos vayamos nosotros, ¿cómo va a haber? Ya no va a haber agricultura porque nadie se motiva”, advierte.

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Las lluvias insuficientes provocaron que gran parte del maíz en San Esteban Catarina no se desarrollara, algo que desmotiva a los productores agrícolas en la zona. Foto: EDH / Jessica Orellana

La sequía que golpeó las milpas durante este año ha hecho todavía más evidente esa falta de relevo. Después de haber invertido cerca de $1,000 por manzana, muchos productores no recuperarán ni siquiera lo suficiente para cubrir el arrendamiento de la tierra, que ronda los $200, por lo que continuar sembrando implica asumir nuevamente un riesgo que cada vez menos personas están dispuestas a correr.

Luz Elena cuenta que algunos agricultores ya están buscando alternativas para reducir las pérdidas y no abandonar completamente la producción. Incluso el muchacho con quien trabaja le ha planteado dejar de sembrar frijoles y probar con maicillo, porque soporta un poco mejor los períodos de sequía. “Ya van viendo qué alternativa hacer para, de veras, no estar perdiendo”, explica.

Otros, sin embargo, piensan en reducir sus cultivos hasta convertirlos prácticamente en una actividad de subsistencia, de acuerdo con la secretaria de Acalese, quien señala que algunos podrían limitarse a sembrar dos o tres “tareítas”, es decir, pequeñas parcelas cultivadas por libras, ya no con la intención de obtener una cosecha para vender, sino apenas para producir el maíz que necesitan para las tortillas.

“La mayoría de agricultores somos de escasos recursos y, aparte de eso, estamos desmotivados porque ya estamos pensando en no sembrar”, dice.

Lo anterior resume una preocupación que trasciende la pérdida de esta cosecha: si quienes aprendieron a trabajar la tierra desde niños dejan de sembrar y los jóvenes no encuentran razones para continuar, el problema no será solamente cuánto maíz se dejó de cosechar en 2026, sino quién quedará para cultivar las próximas milpas.

Esto se suma a los efectos cada vez más devastadores que el clima está ejerciendo sobre distintas áreas, ya no solo de la producción agrícola, pues además de los cultivos, la sequía también ha afectado la generación de energía hidroeléctrica y, en gran parte del oriente salvadoreño, las autoridades han reportado varias semanas seguidas sin lluvias.

Según gremiales como la Asociación Cámara de Pequeños y Medianos Productores Agropecuarios (CAMPO), para este ciclo agrícola se espera un déficit de varios millones de quintales de granos, algo que podría poner en riesgo, aún más, la seguridad alimentaria del país.

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