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Universidad, escuela y maestros

Hace unos meses se dijo que El Salvador apostaría adoptaría el modelo finlandés de educación; Finlandia es uno de los países que destacaba el informe McKinsey, y ese país valora mucho a sus maestros

Carlos Gregorio López Bernal, historiador. Foto EDH / Mauro Arias

El pasado julio el MINED realizó un “Congreso Internacional Modelo Educativo País: Educación Superior 2026” que, según notas de prensa pretendía analizar la forma cómo las universidades están preparando a los futuros profesionales y poner esa formación al día con las tendencias mundiales: inteligencia artificial, automatización y demandas de mercado. Se consideró, además, temáticas como innovación curricular, acreditación internacional, educación STEAM (Ciencia, Tecnología, Ingeniería, Artes y Matemáticas), liderazgo y ética. En el evento participaron representantes de 45 instituciones de educación superior del país.

En esa ocasión la ministra de educación expresó: “Hoy nos reunimos para visibilizar la trayectoria y el propósito común que es construir un modelo de educación superior que responda a las necesidades de nuestro país y a las exigencias del mundo, preparando a las futuras generaciones para desenvolverse con éxito en un entorno de constante evolución”. Siempre es importante que haya una reflexión de alto nivel sobre los retos de la educación superior, sobre todo hoy, que vivimos cambios vertiginosos. Aunque somos un país subdesarrollado, los cambios tecnológicos nos impactan fuertemente y a menudo nos cogen desprevenidos.


En el marco del congreso se desarrolló una ponencia titulada “Cinco modelos educativos innovadores que se podría aplicar en El Salvador”; el finlandés, que tiene entre sus principios: no memorización, aprendizaje por proyectos y evaluación orientada a la mejora. El modelo de Singapur, sobre el cual no se dijo mucho; el de Estonia que apuesta decididamente por la digitalización y que se fundamenta en la autonomía del estudiante; el de “Educación 5.0”, que se supone se centra en la persona humana, pero con fuerte apoyo en la inteligencia artificial y el aprendizaje personalizado. Además, se proponía el “modelo salvadoreño del siglo XXI” basado en cinco pilares: STEAM, ética, productividad, liderazgo y gestión de las ciencias. La presentación finalizaba con una reflexión: “El futuro educativo de El Salvador no consiste en copiar modelos ajenos, sino en construir, con audacia e imaginación, un modelo propio”.

Como complemento aparecen cinco ideas complementarias, de las cuales me llaman la atención dos: formar ciudadanos con pensamiento crítico y rigor científico; y actuar con responsabilidad ética y compromiso social. Paradójicamente, las humanidades y las ciencias sociales que son idóneas para generar esas cualidades, fueron totalmente ignoradas en dicho congreso.

Está bien pensar en grande; ojalá con una visión de largo plazo, porque que educación se siembra para que otros cosechen quince o veinte años después. En política, tradicionalmente se piensa con tiempos electorales, a lo sumo cinco años. No importa que el mismo partido gane las siguientes elecciones, llega otro presidente que pretenderá dejar su huella, a veces borrando lo bueno que hizo su antecesor. Pero los tiempos cambian; pareciera que esta vez, el grupo en el poder piensa a largo plazo, por eso la reelección presidencial y la reelección indefinida. Bueno sería entonces que se pensara la educación a muy largo plazo, tanto a nivel superior como básico. Lastimosamente, muy pocos saben hacia donde se dirige el sistema educativo. Se supone que hay una reforma educativa en marcha desde hace unos años, concebida en el secretismo y la opacidad que ya es característica.

Al margen de hacia dónde se camine, hay dos temas que son importantes y debieran considerarse. El primero tiene que ver con el cuerpo docente, elemento fundamental en cualquier apuesta educativa. El mejor proyecto de escuela tiene como techo las capacidades y el compromiso de los docentes. Situación lógica, porque el hecho educativo se realiza en el aula y mucho del éxito o fracaso dependerá de qué tan capacitado esté el maestro y de qué tan comprometido se sienta con lo que hace.

La tendencia histórica en el país ha sido no considerar ni valorar debidamente la importancia del docente. Actualmente se está exigiendo mucho más a los maestros, tanto en el trabajo en el aula como en las capacitaciones que deben realizar. Esto agrega un factor de stress adicional en un trabajo de por si estresante. Apoyándose en recursos digitales, el MINED tiene a mano más recursos para controlar el trabajo en aula y los procesos administrativos. Un docente se retrasa en cualquier acción e inmediatamente recibe un reclamo en su celular o computadora. Sin embargo, esas exigencias no son acompañadas por mejoras salariales, ni siquiera con trato digno.

Hay un segundo problema; los actuales requerimientos, tanto en esfuerzo como en capacidades digitales rebasan las posibilidades de los docentes de mayor edad. ¿Cuánto tiempo soportarán esa presión? Muchos de ellos están en edad de retiro, pero siguen trabajando porque si se jubilan recibirían una pensión tan baja que tendrían problemas para sostenerse. En mayo de este año, Bases Magisteriales denunció que más de 500 maestros que se había acogido al retiro voluntario no habían recibido su indemnización de quince salarios y esta se les pagaba por cuotas, lo cual afectaba sus finanzas.

Tenemos entonces un trinomio problemático: formación deficiente, bajos salarios y pensiones bajísimas. En los tres problemas hay mucha responsabilidad estatal y gubernamental. En el marco de la reforma educativa de 1968, el ministro Walter Béneke tomó una decisión audaz: cerró más de sesenta escuelas normales existentes y centralizó la formación docente en la Escuela Normal Alberto Masferrer. Béneke apostaba por una reforma educativa y sabía que para ello necesitaba docentes bien formados. Por unos años el proyecto parecía ir bien, pero terminó siendo una víctima más de la crisis de la década de 1980. La Escuela Normal fue cerrada y en su campus sentó sus reales un batallón de contrainsurgencia de ingrata memoria. Hasta hoy ese local alberga un cuartel, lo cual dice mucho de cuáles son las prioridades del Estado Salvadoreño. A partir de la década de 1980, la formación de docentes de dispersó entre universidades privadas y la UES, con resultados más que discutibles.

Béneke pretendía ampliar la cobertura educativa y para lograrlo creó el “doble turno”; los maestros debían trabajar doble jornada, pero no se les duplicó el sueldo, apenas se les dio un “sobresueldo”. Medida nefasta que subsiste hasta hoy y que muchos maestros asumen, no por vocación, sino por necesidad.

Por último, en el marco de las reformas neoliberales se reformó el sistema de pensiones, aduciendo que el anterior era insostenible. En 2006, el gobierno de Antonio Saca creó el Fideicomiso de obligaciones previsionales y los Certificados de obligación previsional que obligan a las administradoras de pensiones a comprar los títulos de deuda emitidos por el Estado usando los ahorros de los trabajadores, pagando, además, intereses muy por debajo del mercado. En 2022, el gobierno de Bukele hizo otra reforma que agravó el problema porque eliminó los límites de ese mecanismo. De 2006 a hoy, más del 70% del fondo de pensiones ha sido prestado a distintos gobiernos.

En 2007, el famoso informe McKinsey dejó claro que los sistemas educativos más exitosos tenían como principal pilar a los docentes. Maestros cuidadosamente seleccionados y con formación continua son clave para impulsar cualquier proyecto educativo. Hace unos meses se dijo que El Salvador apostaría adoptaría el modelo finlandés de educación; Finlandia es uno de los países que destacaba el informe McKinsey, y ese país valora mucho a sus maestros. Por cierto, El Salvador está apostando a las plataformas digitales; por el contrario, Finlandia vuelve a los cuadernos y los libros. Una pequeña contradicción que nadie en el MINED explica.

Historiador, Universidad de El Salvador

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