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¿Dónde se sienta el prójimo?

Las escuelas tienen valores institucionales. Las empresas tienen cultura corporativa. Los políticos hablan de principios. Las familias aseguran haber enseñado respeto desde la cuna. Nos encanta declarar quiénes somos porque declararlo es gratis. La dificultad aparece cuando actuar de acuerdo con esos valores amenaza nuestra comodidad, nuestra pertenencia o nuestra posición dentro del grupo. Ahí la solidaridad pierde encanto

Estudié en un colegio católico, así que durante años recibí instrucciones bastante claras sobre cómo ser una buena persona. Había que amar al prójimo, perdonar, compartir, ser humilde, ayudar al necesitado y tratar a los demás como queríamos ser tratados. La teoría estaba impecable. El recreo, en cambio, parecía regirse por otro evangelio, uno bastante menos preocupado por aquello de amarnos los unos a los otros.

Porque también fue ahí donde conocí algunas de las formas más creativas de crueldad infantil y adolescente: burlas, exclusión, rumores, apodos y esa capacidad de detectar exactamente qué inseguridad te duele y convertirla en entretenimiento colectivo. Todo esto, a veces, después de rezar. Eficiencia pura: podíamos pasar del amor al prójimo al desprecio al compañero antes de que terminara la mañana.


No digo que un colegio católico fabrique acosadores. Sería una conclusión tan torpe como decir que una clase de ética fabrica buenas personas. El bullying existe en colegios religiosos, laicos, caros, baratos y donde juntemos suficientes adolescentes con una jerarquía social que administrar. Lo incómodo es esto: nosotros sí recibíamos educación explícita en valores. Sabíamos perfectamente qué era lo correcto.

Uno podía sacar diez explicando la solidaridad y, horas después, reprobarla al decidir quién podía sentarse en la mesa. Podíamos hacer campañas para ayudar a personas que nunca habíamos visto y ser despiadados con alguien cuyo pupitre estaba a tres metros.

Amar al prójimo también es sencillo mientras el prójimo sea agradable. El examen empieza cuando es raro, cae mal, habla diferente, tiene el cuerpo equivocado, la ropa equivocada o cualquier característica que un grupo haya decidido convertir esa semana en delito. Ahí “todos merecen respeto” deja de ser una frase de cartelera y ahí es donde muchos reprobábamos.

Con los años uno entiende que el bullying rara vez necesita un villano solitario. Es una actividad bastante colaborativa. Uno pone el apodo, otro se ríe, alguien difunde el rumor y varios observan. El bullying tiene esa maravillosa eficiencia de los sistemas bien organizados: reparte la crueldad entre suficientes personas para que casi ninguna tenga que sentirse responsable. Y el resto aprende rápido que defender a la víctima también tiene consecuencias.

Por eso “son cosas de niños” siempre me ha parecido una frase tan cómoda. Claro que son cosas de niños. Precisamente por eso hay adultos alrededor. También estaban el “no les hagas caso”, “tienes que aprender a defenderte” y otras soluciones brillantes que conseguían trasladar la responsabilidad del grupo hacia la persona que ya estaba recibiendo el golpe.

Las escuelas tienen valores institucionales. Las empresas tienen cultura corporativa. Los políticos hablan de principios. Las familias aseguran haber enseñado respeto desde la cuna. Nos encanta declarar quiénes somos porque declararlo es gratis. La dificultad aparece cuando actuar de acuerdo con esos valores amenaza nuestra comodidad, nuestra pertenencia o nuestra posición dentro del grupo. Ahí la solidaridad pierde encanto.

Defender a alguien impopular puede volverte impopular. Contradecir al grupo puede dejarte fuera. Sentarte junto a quien nadie quiere puede hacer que mañana nadie quiera sentarse contigo. Y de repente la moral deja de ser una materia en la que basta memorizar la respuesta correcta.

Por eso, cuando recuerdo aquel colegio, no pienso que nos enseñaran los valores equivocados. Al contrario. El amor al prójimo, la compasión, la humildad y el respeto me siguen pareciendo excelentes ideas. Lo que aprendí después es que conocerlas no garantiza absolutamente nada.

Una pared puede decir “respeto” mientras alguien es humillado debajo. Una institución puede hablar de comunidad mientras una persona aprende a sobrevivir sola escondida en las escaleras del edificio. Y alguien puede saber perfectamente cómo se define la empatía sin haberla practicado jamás cuando hacerlo le costaba algo.

Con los años dejé de impresionarme cuando una institución me dice cuáles son sus valores. Las escuelas los imprimen en las paredes, las empresas los convierten en cinco palabras debajo del logo y los políticos los acomodan según el discurso. El papel lo aguanta todo. Lo interesante empieza cuando cumplirlos cuesta algo.

Porque cualquiera puede amar al prójimo mientras el prójimo sea agradable, popular y no amenace nuestro lugar en la mesa. El verdadero examen siempre fue otro: ¿Dónde se sienta el prójimo cuando nadie quiere sentarse con él? Ahí termina la teoría y empiezan los valores.

Alejandra Gavidia
Consultora política y Miss Universo El Salvador 2021

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