La historia industrial parece repetirse medio siglo después, pero los protagonistas han cambiado
La historia industrial parece repetirse medio siglo después, pero los protagonistas han cambiado
Cuando hablamos de China cometemos con frecuencia el error de observarla como si hubiera sido siempre el mismo país. Geográficamente lo es, pero económica, industrial y tecnológicamente podemos distinguir tres Chinas muy diferentes: la del pasado, la del presente y la que está construyendo su futuro.
Quienes tenemos suficientes años recordamos la imagen de una China asociada a la pobreza, las bicicletas, grandes masas de trabajadores, agricultura y una industria muy alejada de los niveles tecnológicos de Estados Unidos, Alemania o Japón.
Detrás se encontraba una civilización milenaria que durante siglos había desarrollado complejos sistemas administrativos, comerciales y productivos. Sin embargo, mientras Estados Unidos, Europa y Japón protagonizaban el gran desarrollo industrial de la posguerra, centenares de millones de chinos seguían viviendo con muy pocos recursos.
Esa fue la China del pasado. El gran cambio comenzó con las reformas impulsadas por Deng Xiaoping a finales de los años setenta. Su pragmatismo quedó resumido en una frase que se hizo famosa: «No importa que el gato sea blanco o negro; mientras cace ratones, es un buen gato». Más que una simple ocurrencia, aquella frase representaba una nueva manera de pensar. Lo importante no era discutir interminablemente si una medida podía calificarse de capitalista o socialista. Lo importante era que funcionara. China comprendió que para desarrollarse necesitaba producir, exportar, atraer inversiones, aprender tecnología y crear millones de empleos.
Las empresas occidentales encontraron allí una combinación irresistible: abundante mano de obra, costes reducidos y un Gobierno dispuesto a construir infraestructura y facilitar la instalación de fábricas.
Estados Unidos, Alemania, Japón y muchos países europeos trasladaron una parte creciente de su producción a China. Parecía un negocio perfecto. Las empresas occidentales reducían costes y aumentaban beneficios. Los consumidores compraban productos más baratos. China recibía fábricas, empleo, capital, tecnología y conocimientos.
Pero sucedió algo que quizá muchos empresarios occidentales no calcularon suficientemente: los chinos aprendieron. Aprendieron fabricación, calidad, logística, ingeniería, automatización, gestión de proveedores, diseño y desarrollo de productos.
Durante décadas, Occidente llevó a China no solamente máquinas y fábricas. Llevó algo mucho más importante: know-how.
Miles de ingenieros y técnicos occidentales ayudaron a instalar fábricas, capacitar trabajadores, establecer sistemas de calidad y desarrollar proveedores.
China comenzó fabricando productos diseñados por otros. Después aprendió a diseñarlos. Después comenzó a mejorarlos. Y finalmente empezó a competir con quienes le habían enseñado.
El alumno se convirtió en competidor. Esa es la China del presente. Ya no podemos describirla simplemente como la fábrica barata del mundo. Hoy encontramos trenes de alta velocidad, enormes puentes, puertos automatizados, redes de metro modernas, vehículos eléctricos, baterías, paneles solares, drones, telecomunicaciones, inteligencia artificial, robots industriales y humanoides y una industria espacial cada vez más sofisticada.
No se trata solamente de construir mucho. China ha creado la capacidad industrial y tecnológica para construir mucho, rápidamente y con una complejidad cada vez mayor.
Y ahora aparece la tercera China: la del futuro. China ya no parece conformarse con ser el lugar donde se fabrican las ideas de otros. Quiere generar las ideas. Está invirtiendo enormes recursos en inteligencia artificial, robótica, automatización, energía, vehículos eléctricos, baterías, telecomunicaciones, biotecnología, nuevos materiales, semiconductores y exploración espacial.
Por eso la pregunta ya no es solamente: ¿Qué puede fabricar China? Ahora debemos preguntarnos: ¿Qué será capaz de inventar China?
Y eso cambia completamente el escenario para Estados Unidos y Europa.
Durante décadas, muchas empresas occidentales instalaron fábricas en China. Era perfectamente lógico desde la perspectiva empresarial del momento: producían más barato y podían continuar vendiendo productos competitivos internacionalmente.
Pero el proceso terminó funcionando como un bumerán.
El conocimiento transferido ayudó a desarrollar una industria china que ahora compite directamente con quienes contribuyeron a crearla.
Algo parecido ocurrió décadas antes en España. Cuando Ford construyó su fábrica de Almussafes, General Motors levantó la planta de Figueruelas y Volkswagen desarrolló SEAT, España recibió capital, tecnología, sistemas de producción y conocimiento industrial. La industria española tuvo que modernizarse.
Ahora empresas chinas comienzan a recorrer el camino inverso. Ya no quieren solamente enviar automóviles y otros productos desde China. Quieren fabricarlos dentro de Europa.
La historia industrial parece repetirse medio siglo después, pero los protagonistas han cambiado. La respuesta europea no puede consistir simplemente en levantar barreras contra los productos chinos. Puede ser necesario proteger determinados sectores estratégicos y exigir reciprocidad comercial, pero ningún arancel sustituye a la innovación. Europa necesita volver a hacer aquello que la convirtió en una potencia industrial: investigar, desarrollar, fabricar y competir.
Difícilmente podrá competir con China tratando simplemente de fabricar más barato los mismos productos. Tendrá que crear productos y servicios que otros todavía no sepan producir. Europa dispone de universidades, centros tecnológicos, excelentes ingenieros, capital, conocimiento y una extraordinaria tradición industrial. No comienza desde cero. Pero tiene que acelerar.
Las tres Chinas podrían resumirse finalmente en tres frases: La China del pasado necesitaba aprender de nosotros. La China del presente compite con nosotros. La China del futuro quiere que nosotros tengamos que aprender de ella.
Pedro Roque
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