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¿Esto también viene en el pénsum?

La formación en salud ya tiene suficientes razones para ser rigurosa, difícil y exigente. No necesita demostrar su calidad midiendo cuánto maltrato es capaz de aguantar quien quiere pertenecer a ella

ALEJANDRA GAVIDIA, COLUMNISTA DE EL DIARIO DE HOY thumbnail

Hay algo peculiar en la formación de quienes algún día tendrán que cuidar de nosotros. A un estudiante de salud se le enseña a escuchar al paciente, respetar su dignidad, comunicarse con empatía y no olvidar jamás que frente a él hay una persona. Después entra a ciertas aulas, rondas o prácticas hospitalarias y descubre que esos principios, aparentemente, se reservan el derecho de admisión.

Medicina quizá sea el ejemplo más evidente, pero la conversación alcanza también a Enfermería y otras carreras de salud. Historias de gritos, humillaciones frente a compañeros o pacientes, comentarios degradantes y docentes que utilizan el miedo como herramienta pedagógica siguen circulando con demasiada normalidad. No ocurre en todas partes ni todos los profesores lo hacen. Que tengamos que agradecer esa aclaración ya resulta bastante curioso.


Luego aparece la frase ceremonial: “A mí también me trataron así”. Debe ser uno de los pocos argumentos educativos donde haber sufrido algo se presenta como evidencia de su calidad. Si un tratamiento médico provocara efectos adversos durante generaciones, probablemente intentaríamos mejorarlo. Cuando el efecto adverso es humillar estudiantes, a veces lo llamamos tradición.

También está “así se forma carácter”, ese misterioso objetivo curricular que aparentemente requiere que un adulto con poder haga sentir pequeño a otro que todavía necesita su firma para aprobar. Porque ahí está la parte menos divertida: un estudiante de salud no siempre puede simplemente ponerle sus límites a quien lo maltrata.

El médico que lo ridiculizó durante una ronda puede ser también quien evalúe su desempeño. El docente al que denuncie puede decidir una nota. El responsable de una rotación puede conocer al jefe del servicio donde algún día quiera trabajar. Y en un gremio donde los nombres vuelven a aparecer durante años, convertirse en “el estudiante problemático” puede acompañarlo bastante más tiempo que una materia.

Además, el hospital donde hoy entra con bata de estudiante puede ser el mismo al que mañana quiera entrar con currículum. La persona con la que hoy se enfrenta puede ser una oportunidad futura. Por eso callar a veces significa hacer un cálculo bastante desagradable entre defenderse hoy y proteger su futura carrera profesional.

Desde afuera tenemos una solución impecable: denunciarlo. Perfecto. ¿Y el lunes a qué hora vuelve a rotar con él?

Las universidades y hospitales pueden tener protocolos, comités, códigos de ética y correos para reportar situaciones. Todo eso importa. Pero para un estudiante la pregunta decisiva es si puede utilizarlo sin temer que el precio aparezca después disfrazado de nota, evaluación, oportunidad o reputación.

Y esto no tiene absolutamente nada que ver con pedir una formación fácil.

Formar a alguien que tendrá vidas bajo su responsabilidad debe ser difícil. Un estudiante necesita estudiar cuando está cansado, aceptar correcciones, reconocer que no sabe, aprender bajo presión y entender que un error puede tener consecuencias que van mucho más allá de reprobar un examen. Nadie quiere llegar a urgencias y descubrir que su médico aprobó porque todos quisieron proteger su autoestima. Pero exigencia y humillación no son sinónimos clínicos.

Un docente que pregunta hasta encontrar lo que el estudiante no sabe puede ser extraordinario. Uno que corrige un procedimiento está haciendo su trabajo. Incluso una llamada de atención severa puede ser necesaria cuando existe riesgo para un paciente.

Humillar cumple otra función. Una corrección enseña qué hiciste mal. Una humillación enseña quién manda.

El estudiante aprende rápidamente a quién puede cuestionar, delante de quién conviene callarse y cuánto cuesta admitir “no sé”. Aprende que existe una jerarquía escrita en los organigramas y otra que se entiende observando quién puede hacer sentir miserable a quién sin que ocurra nada.

Y esos estudiantes no se quedan eternamente en una ronda. Se gradúan. Se convierten en médicos, enfermeros y profesionales que algún día atenderán a alguien que queremos. Algunos también se convierten en docentes.

Entonces vuelven los recuerdos de Vietnam y toca decidir qué significa. Puede ser el recuerdo que impida repetir una práctica o la excusa perfecta para heredársela al siguiente.

La formación en salud ya tiene suficientes razones para ser rigurosa, difícil y exigente. No necesita demostrar su calidad midiendo cuánto maltrato es capaz de aguantar quien quiere pertenecer a ella. Porque aprender a dejarse maltratar no tendría por qué ser parte del pénsum.

Alejandra Gavidia
Consultora política y Miss Universo El Salvador 2021

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