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ENAR 2026: ¿La nueva esclavitud?

El Estado tiene derecho a formar especialistas para atender a los salvadoreños. Pero una política pública legítima no debería confundir formación con dependencia, ni inversión con propiedad sobre el futuro profesional de una persona

Doctor Danilo Arévalo, tesorero del Colegio Médico de El Salvador

En Los juegos del hambre, los habitantes de los distritos aprendieron una lección terrible: no basta con ganar una competencia cuando otros han escrito las reglas. La verdadera pregunta no era quién sobrevivía a la arena, sino quién tenía el poder de construirla.

En El Salvador no mandamos médicos a una arena con arcos y flechas. Les ponemos un examen.


Se llama ENAR.

Para enero de 2027 se han propuesto 674 becas para nuevos residentes: 495 del MINSAL, 157 del ISSS, 10 de COSAM, 4 del ISRI y 8 de la Corte Suprema de Justicia. Es decir, casi el 97 % de las plazas se concentran en MINSAL e ISSS.

Hasta aquí parece razonable. El país necesita especialistas y alguien debe seleccionarlos.

Pero el problema comienza cuando preguntamos qué significa realmente ganar.

La nueva Ley de Creación de la Red Nacional de Hospitales establece que quienes realicen su residencia dentro de esa Red deberán cumplir cinco años de servicio compensatorio obligatorio, en la propia Red o donde esta los designe. Y no se trata solamente de trabajar allí: durante ese período el servicio debe ser exclusivo, de modo que el especialista no puede ejercer particularmente su profesión.

La ley incluso establece que la Red tendrá autonomía para gestionar la formación, especialización y otorgamiento de becas de acuerdo con sus necesidades.

Aquí aparece la pregunta que nadie debería tener miedo de hacer:

¿Estamos formando especialistas para el médico o estamos formando especialistas para el sistema?

La respuesta oficial es que el Estado debe recuperar la inversión realizada en su formación. Es un argumento razonable. El Estado paga infraestructura, docentes, equipos y formación.

Pero hay una parte de la ecuación que rara vez aparece en el discurso: el médico también paga.

Paga con años de estudio. Con turnos. Con noches. Con fines de semana. Con desgaste. Con el tiempo que deja de dedicar a su familia. Y, durante la residencia, también presta atención médica que resulta indispensable para que funcionen los hospitales.

Entonces cabe preguntar: ¿cuánto de esa residencia es formación y cuánto es trabajo?

Porque llamar “becario” a alguien no hace desaparecer el trabajo que realiza.

De hecho, el propio Colegio Médico ha cuestionado que la nueva ley trate como becarios a médicos en formación que realizan extensas jornadas y que, según su planteamiento, durante el residentado ocupan una plaza y reciben un salario.

Y aquí la palabra esclavitud resulta provocadora, pero no debe utilizarse como categoría jurídica. No, un residente no es un esclavo. Tiene derechos y recibe remuneración cuando corresponde.

Pero la pregunta moral sigue siendo válida:

¿Qué tan libre es una decisión cuando rechazar las condiciones significa renunciar a la única oportunidad económicamente viable de convertirse en especialista?

Porque no todos los médicos pueden pagar una especialización en otro país.

Algunos podrán marcharse. Otros tendrán que competir por esas pocas plazas. Y quienes ganen podrán descubrir que la puerta que los llevó a una especialidad también tiene una cadena de cinco años.

El Estado tiene derecho a formar especialistas para atender a los salvadoreños. Pero una política pública legítima no debería confundir formación con dependencia, ni inversión con propiedad sobre el futuro profesional de una persona.

Necesitamos especialistas. Muchos.

Pero si para producirlos necesitamos controlar dónde se forman, dónde trabajan y durante cuánto tiempo deben permanecer, quizá el problema ya no sea solamente cómo seleccionamos a los médicos.

Quizá deberíamos preguntarnos algo mucho más incómodo:

¿Estamos formando médicos o estamos fabricando recurso humano cautivo?

En Los juegos del hambre, los participantes podían luchar por sobrevivir.

Pero nunca fueron ellos quienes escribieron las reglas.

Y quizá ese sea el verdadero problema del ENAR: no quién gana la arena, sino quién decide qué debe entregar el ganador.

Dr. Danilo Alfonso Arévalo Sandoval

Ginecólogo Oncólogo.

Programa de Gerencia de Hospitales e Instituciones de Salud INCAE.

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