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Ucrania-Rusia: la guerra de los drones sigue más fuerte que nunca

El verano de 2026 marcó, pues, un punto de inflexión: los drones ya no eran meras herramientas de apoyo, sino el instrumento principal de una guerra total en la que la distancia dejaba de ofrecer una protección absoluta

El almacén de la compañía Wildberries atacado en Podolsk, en la región de Moscú. EFE
El almacén de la compañía Wildberries atacado en Podolsk, en la región de Moscú. EFE

La guerra de drones entre Ucrania y Rusia alcanzó un punto crítico sin precedentes en el verano de 2026, transformando el conflicto en una batalla aérea de alta intensidad dominada por estas armas no tripuladas. A medida que las operaciones terrestres se estancaban en una guerra de desgaste, costosa tanto en términos de efectivos humanos como de equipamiento, ambos bandos intensificaron las operaciones de ataque en profundidad, desplegando cientos y, en ocasiones, miles de drones cada noche para golpear objetivos estratégicos, económicos y simbólicos. Esta escalada está redefiniendo la naturaleza misma de la confrontación, infligiendo un mayor sufrimiento a la población civil de ambos lados.

A finales de junio de 2026, el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, lanzó oficialmente lo que denominó una «operación de influencia de cuarenta días», destinada a obligar a Rusia a sentarse a la mesa de negociaciones mediante ataques masivos contra su maquinaria bélica y su economía. Posteriormente, las fuerzas ucranianas intensificaron sus ataques con drones de largo alcance, lanzando habitualmente entre doscientos y trescientos drones por noche y, a veces, muchos más. Entre los objetivos clave figuraban refinerías de petróleo, depósitos de combustible, almacenes logísticos e infraestructuras críticas.


En las últimas semanas, se han registrado ataques recurrentes contra la refinería de Moscú, situada en Kapotnia. También fueron alcanzadas otras instalaciones importantes en San Petersburgo, Nizhnekamsk (Tartaristán) e incluso en Omsk, Siberia, a más de 2.500 kilómetros de las líneas ucranianas. El alcance y la precisión de los drones ucranianos, ahora capaces de transportar cargas explosivas considerables y de navegar de forma autónoma a pesar de las interferencias electrónicas, supusieron una gran sorpresa.

Incendio en el almacén de la compañía Wildberries en Podolsk, este domingo. EFE

Esta violencia recíproca puso de manifiesto que la guerra con drones ya no era asimétrica: ambos bandos podían ahora atacar en profundidad el territorio enemigo, convirtiendo en ilusoria la propia noción de santuario. La carrera tecnológica se aceleró.

Ucrania desarrolló drones cada vez más sofisticados, capaces de recorrer distancias enormes y operar en enjambres para saturar las defensas. Rusia respondió intensificando la producción de drones FPV para el frente y modernizando sus modelos de largo alcance, al tiempo que experimentaba con sistemas de protección activa y guiado por satélite. Ambas industrias de defensa inundaron los cielos con aparatos económicos pero destructivos, alterando la dinámica del conflicto. Las pérdidas de drones se contaron por decenas de miles, pero su bajo coste unitario permitió mantener un ritmo operativo elevado.

Esta guerra aérea tuvo profundos efectos psicológicos. Para los rusos, las explosiones nocturnas cerca de Moscú y la escasez cotidiana contribuyeron a romper la ilusión de una guerra lejana. Para los ucranianos, los ataques recurrentes servían de recordatorio de su persistente vulnerabilidad, a pesar de las exitosas operaciones de ataque en profundidad. Ni la campaña de cuarenta días ni los contraataques rusos condujeron a un alto el fuego. Moscú se aferró a sus objetivos territoriales, mientras Kiev mantenía su estrategia de presión económica y logística. A mediados de agosto de 2026, el conflicto seguía estancado en un sangriento punto muerto, dominado por el incesante zumbido de los drones que, noche tras noche, redibujaba los contornos de la guerra.

Las consecuencias económicas se sintieron rápidamente. Rusia sufrió escasez de combustible en decenas de regiones, incluida el área circundante a Moscú, lo que provocó interminables filas en las gasolineras y la imposición de medidas de racionamiento. El propio Vladímir Putin tuvo que reconocer una «cierta escasez», aunque restó importancia a su gravedad.

También se produjeron ataques contra almacenes de Wildberries, el gigante ruso del comercio electrónico, a menudo comparado con Amazon local. Varios de estos enormes centros de distribución fueron incendiados —destacando el de Podolsk, cerca de Moscú—, privando a la economía rusa de mercancías valoradas en miles de millones de rublos y perturbando las cadenas de suministro, incluidas aquellas de las que se sospechaba que apoyaban el esfuerzo bélico.

Rusia no permaneció pasiva. Respondió con oleadas masivas de drones Shahed y sus variantes mejoradas, cada vez más equipadas con motores a reacción para lograr mayor velocidad y autonomía. Estos ataques, combinados con impactos de misiles balísticos Iskander, KN-23 norcoreanos y misiles de crucero, golpearon regularmente las ciudades ucranianas.

Daños provocados por los ataques rusos en Kiev. EFE

Julio de 2026 resultó especialmente letal para la población civil ucraniana, con un saldo de unos cuatrocientos fallecidos: la cifra más alta desde los primeros meses de la invasión a gran escala. Kiev, Odesa, Járkov, Krivói Rog y otros núcleos urbanos vivieron noches de terror; si bien las defensas aéreas ucranianas lograron interceptar la mayoría de los drones, tuvieron dificultades para contrarrestar los misiles balísticos.

Los ataques rusos no solo tuvieron como objetivo infraestructuras militares y energéticas, sino también zonas residenciales, mercados y fábricas, provocando incendios y una destrucción masiva. El verano de 2026 estuvo marcado por intercambios de una magnitud histórica.

Durante la noche del 15 al 16 de agosto de 2026, Rusia afirmó haber interceptado 822 drones ucranianos —unos 600 de ellos con rumbo a la región de Moscú— en lo que describió como el mayor ataque del año. Un almacén de Wildberries quedó reducido a cenizas una vez más y al menos seis o siete personas perdieron la vida en Rusia, especialmente en las regiones de Rostov y Bélgorod. Entretanto, los ataques rusos seguían cobrándose vidas en Ucrania.

El verano de 2026 marcó, pues, un punto de inflexión: los drones ya no eran meras herramientas de apoyo, sino el instrumento principal de una guerra total en la que la distancia dejaba de ofrecer una protección absoluta. Refinerías en llamas, almacenes destruidos, ciudades en alerta y civiles alcanzados en ambos bandos ilustraban la intensidad de un conflicto que, lejos de perder ímpetu, se había precipitado hacia una nueva fase de destrucción mutua.

Politólogo francés y especialista en temas internacionales.

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