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El estrecho de Ormuz, ¿próximo territorio de los Estados Unidos?

El estrecho de Ormuz, que abarca unos cincuenta kilómetros en su punto más estrecho, sigue siendo uno de los puntos de tránsito más estratégicos del planeta

El presidente estadounidense Donald Trump sorprendió a los asistentes a un mitin en Garden City, cerca de Nueva York, al declarar que «una vez que terminemos de derrotar a Irán […], pronto declararé el estrecho de Ormuz territorio de los Estados Unidos». Pronunciada con una leve sonrisa ante una multitud entusiasta, la afirmación suscitó de inmediato dudas sobre si hablaba en serio.

La Casa Blanca aclaró al Wall Street Journal que el presidente estaba «bromeando». Sin embargo, dado el contexto de la guerra, en curso desde el 28 de febrero de 2026, librada junto a Israel contra la República Islámica de Irán, estas palabras no parecen una simple ocurrencia. Se enmarcan en una serie de declaraciones en las que Donald Trump ya reivindica un «control total» sobre el estrecho, gracias al bloqueo naval estadounidense de los puertos iraníes, una medida que él describe como un «muro de acero».


El estrecho de Ormuz, que abarca unos cincuenta kilómetros en su punto más estrecho, sigue siendo uno de los puntos de tránsito más estratégicos del planeta. Antes del conflicto, por él transitaban diariamente unos 20 millones de barriles de petróleo, casi una quinta parte del consumo mundial de hidrocarburos líquidos, además de una parte significativa del comercio de gas natural licuado. Desde el estallido de las hostilidades, Irán ha bloqueado este corredor mediante la colocación de minas y amenazas a los buques, mientras Washington impone un bloqueo selectivo. El objetivo oficial de la guerra sigue siendo impedir que Teherán adquiera armas nucleares, una meta que el presidente estadounidense reafirma con insistencia.

La reacción iraní fue inmediata. El viceministro de Asuntos Exteriores, Kazem Gharibabadi, respondió en X afirmando que «el estrecho de Ormuz era iraní, es iraní y seguirá siendo iraní». Según él, esta vía marítima «solo se abrirá o cerrará por orden de Irán» y «no puede ser tomada mediante un tuit, un portaaviones, un decreto presidencial o un discurso de campaña». Teherán mantiene su propio bloqueo hasta que Washington acepte lo que describe como la realidad de su derrota estratégica. Esta guerra de declaraciones refleja una realidad sobre el terreno más compleja: ninguna de las partes ejerce un control exclusivo e indiscutible. Los datos de seguimiento marítimo muestran que el tráfico se ha reducido a una fracción de su promedio histórico, con buques que oscilan entre las rutas iraníes y las omaníes; algunos optan por navegar «a oscuras», apagando sus transpondedores.

¿Es la idea de anexionarse abiertamente un estrecho internacional una provocación jurídica y geopolítica destinada a tranquilizar a los mercados sobre el compromiso de EE. UU., o se trata de una perspectiva realmente deseada por el presidente estadounidense? El derecho del mar, tal como lo codifica la Convención de las Naciones Unidas, garantiza la libertad de paso a través de los estrechos internacionales. Convertir Ormuz en «territorio estadounidense» requeriría no solo una victoria militar total y duradera, sino también reconocimiento internacional, algo que actualmente parece inalcanzable. El pasado mes de julio, Donald Trump ya había planteado la idea de que Estados Unidos actuara como «guardián del estrecho», imponiendo una tasa del 20 % a la carga para «reembolsar» los costes de seguridad. Este enfoque unilateral, basado en peajes y abandonado posteriormente en favor de acuerdos comerciales con los aliados del Golfo, ya demostraba una inclinación a monetizar el control naval.

En el ámbito de la política interna, estas declaraciones se producen en un momento crítico. La guerra, presentada inicialmente como rápida y decisiva, se ha estancado. Los precios de la energía están afectando al poder adquisitivo de los estadounidenses a medida que se acercan las elecciones de mitad de mandato de noviembre.

Mediante el uso frecuente de una retórica provocadora, Donald Trump intenta transformar una carga económica en una demostración de liderazgo: los estadounidenses pagan un poco más por la gasolina para evitar que un «Estado terrorista» adquiera armas nucleares. Por su parte, Irán juega la carta de la resistencia y la soberanía, apostando a que el paso del tiempo y el coste económico erosionarán la determinación estadounidense.

A pesar de las declaraciones del presidente de Estados Unidos, la perspectiva de un estrecho de Ormuz «estadounidense» sigue siendo, en gran medida, hipotética. No obstante, ilustra una evolución en la doctrina de Trump: el control de los flujos energéticos mundiales ya no es solo una cuestión de seguridad, sino una palanca de poder que debe ejercerse abiertamente. Tanto si el comentario se hizo en tono de broma como si fue una amenaza apenas velada, confirma que el estrecho de Ormuz se ha convertido en el escenario central de un enfrentamiento. Su desenlace determinará no solo el destino de la guerra en curso, sino también las nuevas reglas del juego energético mundial para los años venideros.

Politólogo francés y especialista en temas internacionales.

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