Debido a la idiotez, comprendida tal como venimos hablando, parece ser que el mundo se ha ido convirtiendo en un conglomerado de “comarcas” tolkenianas
Debido a la idiotez, comprendida tal como venimos hablando, parece ser que el mundo se ha ido convirtiendo en un conglomerado de “comarcas” tolkenianas
Le tomo el título prestado a un libro de Thomas Erikson, que habla de caracterología, pero esta nota no va por allí.
Bien. Dicho esto, hablaremos un poco acerca de la etimología de la palabra idiota, pues el origen del término nos revela una riqueza insospechada para entender muchas cosas acerca de cómo se mueve hoy día socialmente nuestro mundo.
La palabra idiota tiene raíces griegas. Su componente principal “idios” viene a designar lo propio, lo particular, lo exclusivo de alguien. Así funciona en idiosincrasia: la forma de pensar peculiar de un pueblo o incluso de una persona concreta, que no comparte con las demás; tanto como idiopático, que en medicina designa un mal que tiene causa propia, distinta de cualquier otra.
Idiota, para los griegos, no era el limitado mental sino el que en sí era alguien “muy suyo”, y concretamente, alguien que en una sociedad en la que la política era tan determinante para la vida común, era “tan peculiar” que se aislaba, que no se preocupaba por la vida pública, que a fin de cuentas afecta siempre a todos los moradores de la ciudad.
Con la extensión de la democracia, comprendida como algo mucho más que un sistema de gobierno, y más bien como un sistema de vida en común, la caracterización de alguien como idiota, se cristalizó como algo peyorativo, incluso como un insulto; pues no era de recibo que una persona, viviendo como todos en la ciudad, se aislara de los asuntos públicos, y fuera siempre solo “a lo suyo”, “a lo propio”, desentendiéndose no solo de los debates en boga, sino también de colaborar con trabajos, ideas, proyectos, destinados a mejorar la ciudad.
En último término, para los antiguos griegos en su sistema de vida democrático, mantener solo una vida privada (lo propio del idiota) sin involucrarse en lo público, era interpretado directamente como el abandono de un deber clave, básico, de todo ciudadano.
En latín y en las lenguas derivadas, el idiota pasó a ser una persona carente de educación, hasta llegar al uso común de hoy día, con la que se designa una persona torpe mentalmente. Tanto así que en el diccionario de la RAE sus dos acepciones son “tonto o corto de entendimiento” y “engreído, sin fundamento para ello”.
¿No le parece al lector que ganaríamos bastante si se retomara el significado original del término, no como mero insulto, sino como una manera de designar la epidemia de apatía política que se descubre en muchos ciudadanos en tantas latitudes?
De modo que se lograra llegar a contraponer con naturalidad la mente de un idiota a la de una persona formada, educada, y capaz de tener pensamiento propio, que es lo mismo que tener pensamiento crítico.
Ante la otra epidemia social/política muy extendida: el autoritarismo; la reacción de muchas, casi todas las personas, ha sido la idiotez (la indiferencia ante lo público). Y así, mientras los primeros se frotan las manos ante las perspectivas de poder y manipulación que este hecho encierra, los segundos son incapaces, incluso, de darse cuenta de que son simples piezas de un juego de mesa jugado por unos pocos mediante técnicas de comunicación modernas (internet mediante) y habilidades histriónicas (que no son nuevas, pero ahora son más “populares”) que permiten a la gente vivir sin preocupaciones, ni -por supuesto- ocupaciones en la vida política.
Debido a la idiotez, comprendida tal como venimos hablando, parece ser que el mundo se ha ido convirtiendo en un conglomerado de “comarcas” tolkenianas.
Pequeños poblados -sin importar el tamaño de la ciudad- habitados por hobbits cuya exclusiva preocupación es comer, dormir y pasarlo bien. Profundamente comunitarios, sí, pero solo en las cuatro manzanas que ocupa su pueblo. Que tienen, efectivamente, vida social (amigos, familiares, redes sociales, trabajo, juego…), pero ninguna vida pública. Un mundo, a fin de cuentas, de idiotas.
Ingeniero@carlosmayorare
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